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-San Alberto, obispo. En Montecorvino, en la Apulia, san Alberto, obispo, que dedicó su vida a la oración continua y a buscar el bien de los pobres (†1127). El padre de San Alberto se estableció con su hijito en Montecorvino de Apulia, cuando el pueblo empezaba a transformarse en ciudad. La gran estima que la población profesaba a Alberto le mereció ser elegido obispo de Montecorvino. Poco después, el santo perdió la vista; pero el cielo le concedió una gran penetración interior y el don de profecía. La fama de San Alberto creció mucho a raíz de los milagros. En un ardiente día de verano, el santo pidió a uno de sus criados fuese a traerle agua de la fuente. "Hijo mío", le dijo el obispo después de beber un sorbo, "yo te pedí agua y me has traído vino". El criado declaró que le había llevado agua de la fuente y fue de nuevo a llenar el vaso; pero el agua se convirtió otra vez en vino. Poco después, un habitante de Montecorvino, que había sido hecho prisionero, invocó el nombre del obispo; al punto un ángel le sacó de su prisión en los Abruzos y le trasladó a los alrededores de Montecorvino. El hombre fue a ver a San Alberto al día siguiente, y éste le dijo: "No me gradezcas a mí, sino a Dios, hijo mío; es El quien, con su gran poder, consuela a los afligidos y liberta a los cautivos."
Cuando el santo era ya muy anciano, se le dio como ayudante a un sacerdote llamado Crescencio. Era éste un hombre poco escrupuloso, que deseaba que San Alberto muriese cuanto antes para sucederle en el cargo. En vez de ayudar al obispo, Crescencio y sus amigos le dificultaban la tarea y se burlaban de él cruelmente. El siervo de Dios lo soportó todo con gran paciencia, pero predijo a Crescencio que no disfrutaría mucho tiempo de la sede que codiciaba. El pueblo de Montecorvino amó a su obispo hasta el fin. Cuando corrió la noticia de que había entrado en agonía, los hombres, las mujeres y los niños se reunieron llorando a las puertas de su casa. El santo les dio la bendición y los exhortó a vivir piadosa y rectamenle. Después se quedó dormido y murió apaciblemente. La única biografía antigua de San Alberto fue escrita trescientos o cuatrocientos años después de su muerte, por uno de sus sucesores en la sede de Montecorvino y Vulturaria. Se trata de Alejandro Gerardino, autor muy fecundo, como lo ha demostrado Ughelli. Según parece, Gerardino se limitó simplemente a readaptar la biografía escrita por Ricardo, uno de los sucesores inmediatos de San Alberto. La obra se encuentra en Acta Sanctorum, abril, vol. I y en Ughelli, Italia sacra, vol. VIII (1662), cc. 469-474.

-Santa Catalina de Palma, Virgen. Catalina Tomás, (1664 †1735) agustina, que nació Septiembre 4, 1664, en el pueblecito de Valdemuzza en la isla de Mallorca, en España, y murió Enero 18, 1735 en Palma pasó toda su vida en la isla de Mayorca. Sus padres murieron cuando la niña, que era la séptima hija, sólo tenía siete años, sin dejarle nada de herencia. Se cuentan cosas muy tristes de los malos tratos que sufrió Catalina en la casa del tío paterno a cuyo cuidado había quedado; era prácticamente una esclava, a la que los mismos criados podían sobrecargar el trabajo y maltratar a su gusto. Catalina soportó esos sufrimientos con invencible paciencia y mansedumbre. Cuando tenía unos quince años de edad, las apariciones de San Antonio y su patrona Santa Catalina despertaron en ella la vocación religiosa. La joven confió sus deseos a un santo ermitaño, el P. Antonio Castañeda. Para probar su vocación, el ermitaño le dijo que continuase encomendando el asunto a Dios y que él lo haría también hasta obtener la respuesta del cielo. Catalina obedeció, pero tuvo que esperar largo tiempo; la espera resultó tanto más larga, cuanto que el temor de verse privado de sus servicios hizo que su tío la maltratase aun más que antes. Sin embargo, el P. Antonio no la olvidó, a pesar de lo difícil que era encontrar sitio en un convento para una joven sin dote. Para empezar, el P. Antonio arregló que Catalina fuese a servir a una familia de Palma, donde su vida espiritual no encontraría ninguna oposición. La hija de la casa le enseñó a leer y a escribir; pero, en cuestiones de vida espiritual, se convirtió en discípula de Catalina, pues ésta, había ya avanzado mucho en el camino de  la perfección. Varios conventos abrieron sus puertas a Catalina, casi al mismo tiempo, la joven decidió ingresar en el de Santa María Magdalena de Palma, de las Canonesas de San Agustín. Tenía entonces veinte años. Desde el primer momento, se ganó el respeto de todos por su santidad, su humildad y su deseo de ser útil a los demás. Durante algún tiempo, Catalina no se distinguía en nada de sus fervorosas connovicias; pero pronto fue objeto de una serie de extraordinarios fenómenos, que se cuentan detalladamente en su vida. Todos los años, desde un par de semanas antes de la fiesta de Santa Catalina de Alejandría, entraba en un profundo trance. Inmediatamente después de comulgar, le sobrevenía una especie de éxtasis, que duraba buena parte del día, cuando no varios días y aun dos semanas. Algunas veces era como un estado cataléptico en el que desaparecía toda señal de vida; otras veces, la santa avanzaba con los pies juntos y los ojos cerrados, conversando con los espíritus celestiales y totalmente abstraída del mundo exterior. Sólo en algunos casos podía responder a las preguntas que se le hacían. También poseía el don de profecía. La santa se vio además sujeta a tremendas pruebas y asaltos del enemigo. No sólo tuvo que sufrir los malos pensamientos que  le sugería el demonio, sino también alarmantes alucinaciones y aun ataques materiales del espíritu del mal. En tales ocasiones, sus hermanas oían terribles gritos y ruidos y observaban los efectos de los ataques en la santa, pero no veían al enemigo y tenían que cotentarse con tratar de aliviar los sufrimientos de Catalina. La santa trató siempre evitar que esto le impidiese el puntual cumplimiento de sus deberes. Su muerte, que ella misma había predicho, ocurrió cuando no tenía más que cuarenta años de edad. Fue beatificada en 1792 y canonizada en 1930.

-San Gerardo de Sauve-Majeure, Abad, Abad (†1095) nació en Corbie de Picardía. En la abadía de Corbie hizo sus estudios y llegó a ser abad. Súbitamente le sobrevino una dolorosa enfermedad que, por los síntomas que describe su biógrafo, debió ser una meningitis. Los dolores le impedían pegar los ojos y casi le hacían perder la razón. Los doctores le sangraron y medicinaron, sin conseguir ningún resultado. Naturalmente, el santo no podía ni siquiera orar. Al recuperar la salud, comprendió que lo mejor que podía hacer era servir a Dios en el prójimo y se dedicó a cuidar a tres enfermos, en honor de la Santísima Trinidad. Su abad le llevó consigo a Roma, con la esperanza de que ahí obtendría la salud. Juntos visitaron la tumba de los Apóstoles, y San León IX confirió a Gerardo la ordenación sacerdotal. Sin embarco, las terribles jaquecas recrudecían de cuando en cuando, hasta que, por la intercesión de San Adelardo, cuya vida había escrito San Gerardo, desaparcieron del todo tan súbitamente como habían aparecido. Lleno de agradecimiento, el santo redobló sus penitencias y mortificaciones. Tuvo una visión de Cristo que descendía de la cruz, posaba la mano sobre su cabeza y le decía: "Hijo mío, ten confianza en Dios y en el poder de su brazo". Una peregrinación a Jerusalén fue para San Gerardo otra fuente de inspiración y consuelo. Poco después de siu vuelta, los monjes le elidieron abad de San Vicente de Laon. Pero se trataba de una abadía en la que reinaban la indisciplina y la relajación. Incapaz de reformar a los monjes, San Gerardo renunció al cargo y partió con algunos compañeros hacia el sur, en busca de un sitio apto para una nueva fundación. En Aquitania, no lejos de la actual ciudad de Burdeos, Guillermo VII, conde de Poitou, les regaló unos bosques; ahí fundaron en 1079 la abadía de Sauve-Majeure (Silva Major), de la que San Gerardo fue el primer abad. Los monjes trabajaban la tierra y misionaban en los alrededores; San Gerardo se distinguió entre todos como predicador y confesor. Introdujo la costumbre de celebrar la misa y rezar el oficio de difuntos, durante treinta días después la muerte de los miembros de la comunidad y la práctica de poner pan y vino en el sitio que el difunto ocupaba en la mesa, para darlos después a los pobres. La costumbre se popularizó en otros monasterios y hasta en algunas parroquias; pero al cabo de un tiempo, las ofrendas que se depositaban sobre las tumbas empezaron a destinarse a los sacerdotes en vez de darse a los pobres. Gerardo fue canonizado en 1197. Nuestras fuentes principales son dos biografías medievales, una escrita por un temporáneo anónimo y otra, un poco posterior por el monje Cristian. Pueden leerse en Acta Sanctorum, abril, vol. I. Ver también Cirot de la Ville, Histoire de Saint Gérard (1869), y F. Moniquet, Un fondateur de Ville... (1895).

-Santa Etelburga, Abadesa de Lyminge, Abadesa de Lyminge, (†647) era hija de uno de los convertidos de San Agustín, el rey Etelberto de Kent y de su esposa Berta. Etelburga, llamada también Tata, se casó con el rey Edwino de Nortumbría, que era pagano. Uno de los compañeros San Agustín partió con ella como capellán. Edwino se inclinaba a abrazar el cristianismo, sin decidirse a ello. El Papa Bonifacio V escribió expresamente a Etelburga, urgiéndole a trabajar por la conversión de su marido. Finalmente, Edwino recibió el bautismo en 627. El cristianismo progresó mucho en Nortumbría durante el resto de su reinado, con el ejemplo de la real pareja; pero, después de la muerte de Edwino en Hatfield Chase, los paganos invadieron el reino, la reina y San Paulino tuvieron que volver a Kent, donde Santa Etelburga fundó la abadía de Lyminge y la gobernó hasta su muerte. Lo único que sabemos sobre Santa Etelburga es lo que nos dicen Beda, Historia Ecclesiástica vol. II, ce. 9 ss. y Thomas of Elmham pp. 176-177.

-Santa Irene, (Con Santa Ágape) Virgen y Mártir. Hermana de Santa Agape y San Chionia Rápido. Culpable de posesión de las Escrituras, a pesar de una prohibición emitida en el 303 por el emperador Diocleciano. Tras el martirio de sus hermanas, Irene recibió la orden de negar la fe, también, se negó.  Ella fue enviada a una casa de prostitución, y cuando estaba sin haber estado expuestas desnuda y encadenada, ella fue ejecutada. Fue martirizada al igual que sus hermanas por no negar la fe cristiana. En algunas obras se dice que fue quemada viva y en otras se cuenta que murió al atravesarle la garganta una flecha.
Santa Irene es más venerada en la Iglesia Ortodoxa y su día es el 3 de abril en el santoral católico.
Como reliquia se venera su supuesta mano en una iglesia ortodoxa griega en Astoria, Nueva York. El nombre de la isla griega de Santorini procede de esta santa.

-Santas Ferbuta y compañera, mártires. En Seleucia, en Persia, santa Ferbuta, viuda, hermana de san Simeón, obispo, que, junto con su acompañante, fue martirizada en tiempo del rey Sapor II (c.† 342).

-Santos Mártres de Seleucia, mártires. También en Seleucia, conmemoración de ciento once varones y nueve mujeres, mártires, que, procedentes de varias ciudades regias, por haber rehusado firmemente renegar de Cristo y adorar el fuego, por mandato del mismo rey fueron quemados vivos (†344).

-Santos Mártires de Mauritania, mártires. En Regie, de Mauritania, pasión de los santos mártires que, en la persecución bajo Genserico, rey arriano, recibieron la muerte en la iglesia el día de Pascua, y entre ellos, el lector fue traspasado con una saeta en la garganta, mientras en el púlpito cantaba el "Aleluya" (s. V).

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Santa María Crescencia Höss. Monja, de la Tercera Orden Regular de San Francisco. Nació el 20 de octubre de 1682. Era hija de un modesto tejedor de lana en la ciudad de Kaufbeuren, que en aquel tiempo contaba sólo con dos mil quinientos habitantes, en su mayoría protestantes. En la escuela se distinguió por su inteligencia y su devoción. Se hizo tejedora, para ayudar a su padre, pero su mayor aspiración era entrar en el monasterio de las Franciscanas de Kaufbeuren. Sin embargo, su familia era demasiado pobre para pagar la dote requerida y sólo con la ayuda decisiva del alcalde protestante pudo entrar finalmente en el convento.
Su vida consagrada estuvo siempre impregnada de amor alegre a Dios, con la preocupación fundamental de cumplir en todo su santísima voluntad. Vivía una gozosa y profunda relación con Dios.
Su intensa oración, mediante fervorosos coloquios con la Trinidad, con la Virgen María y con los santos, desembocó muchas veces en visiones místicas, de las que sólo hablaba por obediencia ante sus superiores eclesiásticos.
Desde su infancia oraba mucho y con fervor al Espíritu Santo, devoción que cultivó durante toda su vida. Deseaba que las personas vieran en él un camino más fácil de vida espiritual.
Se la suele representar sosteniendo la cruz con la mano derecha, mientras con la izquierda se dirige al Salvador crucificado, pues durante toda su vida predominó en ella la contemplación y devoción a Cristo en su agonía, que la llevaba a un gran espíritu de sacrificio personal, siguiendo el ejemplo del Salvador.
Siempre buscó hacerlo todo por amor a Dios, a quien deseaba glorificar por la fe, con obediencia y humildad.
Sus experiencias místicas no la alejaban del mundo real; al contrario, sus ojos se hallaban abiertos de par en par a las necesidades del prójimo. Ciertamente, dedicaba largos ratos a la oración y a la contemplación, pero durante gran parte de su jornada se entregaba a socorrer a los necesitados, en los que veía a Cristo mismo.
Durante muchos años fue portera del convento, cargo que aprovechó para aconsejar a mucha gente y realizar una generosa labor de caridad. Más tarde, nombrada maestra de novicias, se entregó a la formación espiritual de las hermanas jóvenes para la vida monástica. En 1741 fue elegida superiora. Desempeñando ese cargo dirigió de modo sabio y prudente el monasterio, tanto en el campo espiritual como en sus intereses seculares, mejorando hasta tal punto la posición económica que, por mérito suyo, el monasterio pudo ayudar a mucha gente con sus limosnas.
Solía subrayar que sin amor a los demás no podía haber amor a Dios y que "todo el bien que se hacía al prójimo era tributado a Dios, que se escondía en los andrajos de los pobres".
Consideraba importante que también las mujeres se realizaran en la vida religiosa. De modo constante y consciente se esforzó siempre por aumentar la fe en todos aquellos con quienes entraba en contacto, haciéndoles comprender cuál era el camino que debían seguir. Por eso, para numerosas personas, tanto consagradas como laicas, fue guía espiritual y consejera decisiva. Tenía la rara capacidad de reconocer rápidamente los problemas y ofrecerles la solución adecuada y razonable.
El príncipe heredero y arzobispo de Colonia Clemente Augusto la consideraba una guía de almas sabia y muy comprensiva; quedó tan prendado de su santidad que llegó a pedir al Papa que la canonizara inmediatamente después de su muerte.
Numerosas personas iban a consultarla en su monasterio y con tal de mantener una conversación con ella estaban dispuestas a esperar varios días. Eran miles los que le escribían desde las regiones de Europa de lengua alemana, pidiéndole consejo y ayuda, y recibiendo siempre una respuesta adecuada. Gracias a ella, el pequeño monasterio de Kaufbeuren desempeñó un sorprendente e importante apostolado epistolar.
Inmediatamente después de su muerte, que aconteció el 5 de abril de 1744, domingo de Pascua, la gente acudió en gran número a visitar su tumba en la iglesia del monasterio, convencida de encontrarse ante una santa. Kaufbeuren se convirtió en un lugar famoso de peregrinaciones en Europa. Ese fenómeno se verificó ininterrumpidamente desde su muerte, y se intensificó después de su beatificación, llevada a cabo por el Papa León XIII el 7 de octubre de 1900. Esa veneración ha seguido viva hasta hoy de modo sorprendente, no sólo entre los católicos sino también entre las comunidades surgidas de la Reforma. La canonizó Juan Pablo II el 25 de noviembre del 2001.

-Cinco mártires que sufrieron en la isla de Lesbos durante la última persecución romana.

-Santos mártires, degollados por Genserico, rey arriano de Cartago, cuando celebraban en la iglesia la solemnidad de la Pascua. Uno de ellos, lector, fue herido por una flecha en la  garganta mientras cantaba el Alleluia, †559.

-San Jorge, mártir. (†1801) Este Jorge de hoy no es el mismo del 23 de abril. El santo de hoy era originario del Asia Menor. Murió mártir en el año 1801. La primera parte de su vida fue un desastre para él mismo y para su mujer e hijos. Se emborrachaba un día y otro también. Era un verdadero desastre de padre y de esposo.
Fue justamente por el efecto de una borrachera, por lo que renegó de Cristo y se hizo musulmán.
Las cosas empezaron a irle peor todavía. Las dudas interiores, la culpabilidad que sentía en su corazón no le dejaban vivir.
Entonces decidió volver de nuevo a Cristo. Para seguirlo más de cerca, se fue a la isla de Samos.
Sin embargo, los musulmanes no le dejaron tranquilo. El, para indicarles que no estaba de acuerdo con que lo arrestaran, se echó de nuevo a la bebida e incluso se dejó circuncidar.
Los árabes lo pusieron como guardián de una mezquita. Aguantó solamente un año. Atormentado de nuevo por lo que había hecho, les dijo que él confesaba a Cristo. Al ver que no estaba bebido ni loco, el juez mandó que le ataran los pies con estacas. Le pedían que renunciara de Cristo. El se negó en rotundo. Y por esta causa lo decapitaron.

-Beata Juliana de Monte Cornillon. (1193 †1258) Monja nacida en Retinnes, cerca de Lieja, Bélgica, en 1193; murió en Fosses el 5 de abril de 1258. A la edad de cinco años perdió a sus padres y fue colocada en el convento de Mont-Cornillon, cerca de Lieja. Hizo rápidos progresos, y leyó con placer los escritos de San Agustín y San Bernardo. También cultivó un ardiente amor por la Santísima Virgen, la Sagrada Pasión, y especialmente el Santísimo Sacramento. En 1206 recibió el velo y se dedicó a los enfermos en el hospital a cargo del convento.
Desde muy temprano empleó toda su energía para introducir la fiesta del Corpus Christi. Este deseo se dice haberse intensificado por una visión que ella tuvo de la Iglesia bajo la apariencia de luna llena con una mancha negra, que significaba la ausencia de esta solemnidad. Ella comunicó esta visión a Roberto de Thorete, el entonces obispos de Liège, también al docto Dominico Hugh, más tarde cardenal legado de los Países Bajos; a Jacques Pantaleón, en ese tiempo archidiácono de Liège, después obispo de Verdun, Patriarca de Jerusalén y finalmente al Papa Urbano IV.
El obispo Roberto se impresionó favorablemente y como en ese tiempo los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración se tuviera el año entrante; también el Papa ordenó, que un monje de nombre Juan debía escribir el oficio para esa ocasión.
En 1230 fue elegida superiora por el voto unánime de la comunidad. Pero pronto Dios le envió pruebas pesadas. Su convento estaba bajo la supervisión de un superior general, Roger, un hombre de hábitos viciosos y escandalosos; él aseguró esta posición en 1233 mediante intrigas y sobornos.
Disgustado por las virtudes y la piedad de Juliana, y mucho más por sus súplicas y reproches, incitó a la multitud contra ella.
Ella escapó a la celda de Beata Eva de Lieja, y luego a una casa que le fue dada por John, un canónigo de Lausana. Reivindicada en las cortes mediante la influencia de Roberto de Thorate, Obispo de Lieja, ella fue restaurada a su posición en la comunidad, y Roger fue desposeído.
Pero en 1247 Roger estaba otra vez en el poder, y consiguió de nuevo expulsar a la beata. Juliana encontró refugio en Namur y después en Fosses, donde pasó los últimos años de su vida en reclusión. Por petición propia fue enterrada en Villiers. Después de su muerte, un número de milagros ocurrieron por su intercesión (Acta SS., April, I, 435 sq.). En 1869 Pío IX confirmó el culto y permitió el oficio y Misa en su honor.

-Beato Antonio Blasi, arzobispo de Atene.

-Beato Corrado de Sassonia y Estefano de Hungría Martires †1288.

-Beato Mariano de la Mata Aparicio. Sagerdote Agustino. (1905 †1983) Nació el 31 de diciembre de 1905 en Barrio de la Puebla (Palencia, España), en el seno de una familia profundamente cristiana. Sus padres se llamaban Manuel y Martina. Siguiendo el ejemplo de tres hermanos suyos ?Leovigildo, Tomás y Baltasar?, después de los estudios humanísticos, el 9 de septiembre de 1921, ingresó en la Orden de San Agustín. Un año más tarde, el 10 de septiembre de 1922, terminado el tiempo de noviciado, emitió la profesión temporal, depositándola en manos del prior de la casa, Anselmo Polanco, futuro obispo de Teruel, mártir de la fe de Cristo, beatificado por el Papa Juan Pablo II en 1995.
Con los estudios filosóficos iniciados en la capital del Pisuerga, en 1926 se trasladó al monasterio de "Santa María" de La Vid (Burgos), en el cual realizó los teológicos, formando parte de la provincia agustiniana de España. Se consagró definitivamente a Dios con los votos solemnes el 23 de enero de 1927 y recibió la ordenación sacerdotal el 25 de julio de 1930.
Tras una fugaz estancia en el colegio de la Encarnación de Llanes (Asturias) como profesor, en julio de 1931 fue destinado a la viceprovincia de Brasil, primero a Taquaritinga, donde desempeñó durante dos años el ministerio sacerdotal, y posteriormente a Santo Agostinho, donde conjugó la labor educativa con los cargos de administrador (1942-1945) y secretario. Durante el trienio (1945-1948) fue prior viceprovincial, y más tarde (1948-1951 y 1960-1963) asesoró a sus sucesores en ese cargo como consejero. Finalizada la tarea de comisario, se incorporó al colegio Engenheiro Schmitt como ecónomo (1951), director (1957) y profesor. En 1961 regresó de nuevo a São Paulo, en cuyo centro simultaneó la tarea docente y el cargo de viceprior del colegio San Agustín (1973-1977), con el trabajo de coadjutor parroquial.
Físicamente el padre Mariano fue una persona alta y bien proporcionada, con gruesas gafas y abundante calvicie. Era un hombre activo y emprendedor, generoso, abierto y comunicativo, lleno de simpatía, sencillez y bondad, con la sonrisa siempre en los labios. Aunque tenía un temperamento fuerte, era incapaz de ocultar los sentimientos y las lágrimas. Sus hermanos de Brasil recuerdan con emoción el momento en el que, tras haber sido operado de cataratas en Belo Horizonte y llevar varios días con los ojos cerrados, al volver a abrirlos y contemplar un cuadro de la Virgen de la Consolación, comenzó a llorar como un niño.
El padre Mariano nació para ayudar humana y espiritualmente a las personas que estaban a su lado, que no eran otras que las hambrientas de pan humano y divino. Era un mensajero de la caridad: amigo de los niños y los mayores, un cirineo de los enfermos y necesitados, consolador y limosnero de los pobres, sacerdote celoso de sus obligaciones ministeriales.
Por las tardes era frecuente verlo recorrer las calles de São Paulo, visitando los 200 Talleres de Caridad de Santa Rita, de los que fue muchos años asesor religioso, y llevando ayuda material y espiritual a los sedientos de salud humana y religiosa. La muerte ?solía decir? no espera.
¡Cuántas veces volvió tarde al colegio, porque la atención al prójimo le había impedido llegar a tiempo! Para él siempre existían otras prioridades más importantes que la hora comunitaria. Una de sus grandes pasiones la constituían las plantas. Hablaba con ellas, acariciaba sus hojas, le emocionaba su colorido. Sus pétalos le recordaban la grandeza del Creador. La terraza del colegio San Agustín de São Paulo sabe mucho de este su mimo por las flores y los pájaros. Tampoco le eran ajenas las colecciones de sellos y estampas religiosas.
La edad y el esfuerzo que había desplegado en todas sus actividades terminaron haciendo mella en su naturaleza física. En los últimos días de enero de 1983 comenzó a sentir un extraño dolor en el vientre, como si un "gatinho", según sus palabras, lo estuviera arañando. Era el principio del fin.
Desde hacía tiempo venía enseñando una herida en la sien derecha, que a pesar de las atenciones médicas, no logró restañar. Sin duda alguna era la terrible enfermedad del cáncer que se estaba insinuando y de la que moriría el 5 de abril de 1983. Contaba 77 años de edad y 60 de vida religiosa. Sus restos descansan en la iglesia agustiniana de São Paulo.
Su trayectoria humana y religiosa fuera de lo común ?era un gran devoto de la Eucaristía y de la Santísima Virgen? hizo que el pueblo de Dios y sus hermanos de la Orden acudieran a las autoridades eclesiásticas pidiendo el reconocimiento de sus virtudes con vistas a una próxima beatificación, ceremonia que se llevó a cabo en São Paulo el 31 de mayo de 1997 con la presencia del cardenal Paulo Evaristo Arns, o.f.m. La Orden agustiniana le tiene dedicadas en esa ciudad una guardería, un centro de juventud y un colegio profesional; y la alcaldía, una calle. Igualmente el Gobierno español, a través de su consulado general en Brasil, le concedió la gran cruz de Isabel la Católica.

-Beata María Assunta o Asunción Pallota, Virgen (1905) Nació el 20 de agosto de 1878 en Farce (Ancona, Italia). Después de llevar una vida de duro trabajo y sacrificio en su ciudad natal, en donde ayunaba tres veces por semana, llevaba cilicios y hacía grandes mortificaciones, ingresó en las Misioneras Franciscanas de María, el día 5 de mayo de 1898, distinguiéndose por su amor al trabajo sencillo y humilde. En el año 1904, fue enviada como misionera a China, a Chan-Si, cumpliéndose así su deseo manifestado a los superiores. Aquí fue probada con durísimas tribulaciones interiores, llegando al extremo de creerse ella misma que era infiel a su vocación. Contagiada por la enfermedad del tifo y tras de grandes sufrimientos murió el día 7 de abril de 1905, repitiendo las palabras: "Eucaristía. Eucaristía." Su muerte fue acompañada de un misterioso perfume, aroma de incienso, de rosas y violetas. En 1915 su tumba fue abierta y su cuerpo estaba incorrupto. Fue beatificada por Su Santidad San Pío XII, el día 7 de noviembre de 1954.

-Beato Raimundo de Monteolivo, mercedario.

-San Vicente Ferrer, religioso presbítero. (1350 †1419) presbítero de la Orden de Predicadores, que, de origen español, recorrió incansablemente ciudades y caminos de Occidente, solícito por la paz y la unidad de la Iglesia, predicando a pueblos innumerables el Evangelio de la penitencia y la venida del Señor, hasta que en Vannes, de la Bretaña Menor, en Francia, entregó su espíritu a Dios (1419). Desde la altura del púlpito un fraile dominico predica a la multitud sujetando con la mano izquierda un rollo de pergamino mientras con la derecha traza en el aire como una bendición que en realidad es un ademán persuasivo que subraya su oratoria. Es fray Vicente, catedrático de teología, pero conocido sobre todo como predicador a quien no se resisten las almas. Vicente Ferrer nació en Valencia el 23 de enero de 1350. Su padre, Guillermo Ferrer, era notario y la casa natalicia de Vicente, a quien le fue impuesto ese nombre por haber nacido el día de San Vicente Mártir, estaba cerca del convento de los Padres Dominicos.
A los diecisiete años ingresó en el convento de los dominicos de su ciudad. Se entregó de lleno a los estudios en los que sobresalió por su nada común inteligencia y, sobre todo, por su arrebatadora elocuencia que arrastraba a cuantos le oían. Hechos los estudios, fue nombrado catedrático en varios Conventos de Estudios Generales de su Orden: Valencia, Barcelona, Lérida y en universidades de diferentes poblaciones llamando a todos la atención por su enseñanza, por su elocuencia y, sobre todo, por la santidad de su vida. Sus discípulos aumentaban cada día y querían seguirle a todas partes para enriquecerse con sus enseñanzas y con sus ejemplos.
Ejerce su apostolado en la enseñanza y en la predicación hasta 1390. Entonces iba a dar comienzo a una vida de predicador que le llevaría en un principio al lado del papa de Avignon y luego a partir de 1399, a recorrer el Mediodía de Francia, Lombardía Piamonte, Suiza y Saboya. Recorre la mayor parte de Europa como Legado del Papa Benedicto Xlll - el Papa Luna - y predica incansablemente el amor de Jesucristo y la vivencia de los preceptos del Señor. Sólo le interesa una cosa: Llevar las almas a Cristo. Y esta sociedad desgarrada y materialista, en. que le ha tocado vivir, que vuelva a Jesucristo para que se viva de acuerdo con el Evangelio.
Volvió a Valencia en 1408, mas, al cabo de pocos años, retornó a Francia, recorriéndola en todas direcciones antes de llegar a Bretaña, donde falleció al final de una Cuaresma predicada en Vannes (1419). Vicente llevaba como espina en su corazón la guerra que no concluía entre Inglaterra Francia, y, en especial, el cisma que dividía a la Iglesia de occidente entre dos y luego tres obediencias a otros tantos pontífices. Creía ver en ellos otros tantos signos del fin de los tiempos.
Y ésta es sólo una de las vertientes de su actividad, porque está también la de consejero político. Fue uno de los grandes defensores de Benedicto XIII, el Papa Luna (a quien poco antes de morir retiró su apoyo para poner fin al cisma de Occidente), y en 1412 es uno de los protagonistas del compromiso de Caspe. Es patrono de Valencia.

-San Zenón, mártir, desollado vivo, cubierto de pez y quemado.
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San Alberto, obispo. En Montecorvino
Santa Catalina de Palma, Virgen. Catalina Tomás
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Beata Juliana de Gornillón o de Lieja
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Santa Etelburga, Abadesa de Lyminge