Pasar al Santoral...
-San Bernardo, abad de Claraval, y doctor de la Iglesia 1091-1153.
La figura de San Bernardo emerge sobre el ambiente de su tiempo, imponiéndose tanto a los papas y grandes de este mundo como a las multitudes, a las que subyugaba. «Inflamado por el celo de la casa de Dios», fue, al igual que Juan Bautista, «lámpara ardiente y luminosa en medio de la Iglesia». El joven señor de Fontaines-lez-Dijon que, a sus veintidós años, llamaba a las puertas del Císter, pertenecía a la raza de los buscadores de Dios: lo había abandonado todo por seguir a Cristo bajo la regla de San Benito. Promovido enseguida a abad de Claraval (1115), se convertiría a su vez en un incomparable guía para enseñar a «crecer en el amor del Verbo encarnado». A pesar de sus ansias de soledad, en la que poder consagrarse a la oración y a la penitencia, se vio siempre impelido por el Señor a unirse a los hombres, a recorrer los caminos de Francia, Alemania e Italia hablándoles de paz y unidad y tratando de conquistarlos para la Cruzada (Vezclay, 1146). Era el amor el que le impulsaba hacia los hombres. Si llevó a cabo alguna obra entre los mejor dispuestos, fue ante todo la de conducirlos junto consigo mismo hacia esa soledad en la que su cántico de amor subía hasta Dios con la misma intensidad con que lo haría un día el de Juan de la Cruz: «Cuando Dios ama, no quiere más que una cosa: ser amado; y no ama sino para que uno le ame a él, sabiendo que el amor convertirá en bienaventurados a cuantos le amen.
El amor es algo maravilloso.» El amor de Dios, encarnado en Jesucristo, hizo nacer en Bernardo el amor a María, la Madre de Jesús: María no sólo es pureza, humildad, dulzura y delicadeza, sino que «es voluntad de Dios que obtengamos todo por María».
Cuando San Bernardo de Clairvaux se unió al monasterio fundado por San Esteban Harding, la norma era la de un estricto silencio. Sin embargo, pese a estar enclaustrado, Bernardo era constantemente consultado, tanto en persona como por carta. Con frustración, dijo: «¿Y dónde, pregunto yo, está el ocio, dónde la tranquilidad del silencio cuando uno está pensando, componiendo y escribiendo?...
A menudo, cuando tratamos de escribir algo importante, experimentamos el mismo clamor y los mismos empujones de que habla San Bernardo.
Bernardo fue el verdadero reformador de la vida religiosa y hasta cristiana de la Edad Media. La acción de Bernardo no se limitó a sus conventos, sino que llamó la atención a reyes, príncipes y Papas cuando vio que no iban por buen camino. Estos mismos jerarcas acudían a él sabedores de que siempre les diría la verdad.
Bernardo supo hermanar como pocos a María y Marta del Evangelio en sí mismo. Era contemplativo donde los haya y celoso apóstol como ninguno: predicó Cruzadas, dirigió batallas, pasó largas horas en oración. Amaba a Jesús con toda su alma: "Jesús es miel en la boca, melodía al oído y júbilo en el corazón". Amó tiernamente a María como pocos lo hayan hecho: El Acordaos, el final de la Salve, el "En las angustias invoco a María"... Cantor como pocos de las glorias de la Madre del cielo. Moría el 1153. Había nacido el 1090.

-San Samuel, profeta. Vivió en los reinados de Saúl y David. Ungió a estos dos monarcas. Su vida la cuenta la Sagrada Biblia en los libros de los Reyes. Se le atribuyen los dos libros sagrados de los Jueces, el de Ruth y los veinticuatro primeros capítulos del libro 1 de los Reyes. Murió muy anciano, el año 1043 a. de J. C. Su cuerpo fue trasladado a Constantinopla en el reinado de Arcadio, siglo V, según refiere San Jerónimo.

-San Lucio, mártir y senador. Se complacía en ver martirizar a los cristianos; pero tocado de la gracia cierto día, al ser testigo de la paciencia de San Teodoro, obispo de Cirene, que moría en los tormentos por Jesucristo, se convirtió repentinamente y se ofreció al martirio, Chipre, s. IV.

-Santos Severo y Memnón, mártires. Centurión; los cuales volaron victoriosos al cielo. Severo era un cristiano de Sida, en Panfilia, que recorría los pueblos predicando el Evangelio. En la ciudad de Filipópolis en Tracia vio treinta y siete cristianos que caminaban al martirio: encendiéndose en santo celo, confesó a voces a Jesucristo; al momento fue preso y atormentado con los demás. Y como en este martio obrase el Señor muchos milagros, abrazó  la  fe el centurión Memnon, que estaba ahí presente, el cual fue igualmente participante de la corona del martirio, muriendo juntos en el año 302.

-Beato Burcardo, monje y abad de Lobbes, Bélgica. Uno de los obispos más celosos de su tiempo y compilador de las leyes de la Iglesia, que resumió en una obra utilísima, Colección de los cánones y decretos, de la que dice un autor que supone la lectura de casi todas las obras de teología dogmática y moral y del derecho de todos los tiempos y países. Worms, 1026.

-Santa María de Mattias, Virgen y Fundadora. Nació el 4 de febrero de 1805 en Vallecorsa (Italia) en una familia acomodada y de profunda fe cristiana. Ya desde niña se familiarizó con la Sagrada Escritura, y sintió un gran amor a Jesús, Cordero inmolado por la salvación de la humanidad. Tuvo especial devoción por la Sangre de Cristo, derramada por amor a los hombres. Por las costumbres de la época, vivió su niñez y adolescencia relativamente aislada, con pocos contactos y relaciones exteriores. En su interior, sin embargo, buscaba el sentido de su vida, que esperaba encontrar en un amor sin confines.
  Se encomendó a la Virgen María para que la iluminara y Dios la hizo experimentar la belleza de su amor, que se manifestó con plenitud en Cristo crucificado, en Cristo que derramó su preciosísima sangre por nuestra salvación. Esta experiencia fue la fuente, la fuerza y la motivación que la llevó a difundir por doquier el amor misericordioso del Padre celestial, y el amor de Jesús crucificado. Estaba convencida de que la reforma de la sociedad nace del corazón de las personas y que los hombres se transforman cuando llegan a comprender cuán valiosos son a los ojos de Dios, cuando caen en la cuenta del inmenso amor de que han sido objeto:  Jesús dio toda su sangre para rescatarlos.
   Cuando tenía 17 años, san Gaspar del Búfalo predicó en Vallecorsa una misión popular y María vio cómo se transformaba el pueblo, con la conversión de muchas personas. En su interior surgió el deseo de contribuir, como ese santo, a la transformación espiritual de las personas. Bajo la guía de un compañero de san Gaspar, el venerable don Giovanni Merlini, el 4 de marzo de 1834 fundó la congregación de las Religiosas Adoratrices de la Sangre de Cristo.
   Además de promover la educación de las niñas, reunía a las madres y a las jóvenes para catequizarlas, para hacer que se enamoraran de Jesús, impulsándolas a vivir cristianamente, según su estado de vida. Muchos hombres, a los que no podía hablar, a causa de las costumbres de la época, acudían espontáneamente a escucharla. A pesar de su carácter tímido e introvertido, el celo por la causa de Cristo la convirtió en una gran predicadora, que convencía tanto a las personas sencillas como a las cultas, tanto a los laicos como a los sacerdotes, porque cuando hablaba de los misterios de la fe daba la impresión de que había experimentado personalmente esas realidades. Su gran deseo era que no se perdiera ni siquiera una gota de la Sangre de Cristo, sino que llegara a todos los pecadores para purificarlos y para que, lavados en aquel río de misericordia, volvieran al buen camino.
   Este celo arrastró a muchas jóvenes. Así, pudo fundar cerca de setenta casas religiosas, principalmente en Italia, pero también en Alemania e Inglaterra. Casi todas sus casas se abrían en pequeñas aldeas abandonadas del centro de Italia, a excepción de Roma, a donde fue llamada por el Papa Pío IX para dirigir el Hospicio de San Luis y una escuela en Civitavecchia. Vivió toda su vida con el único deseo de agradar a Jesús, que le había robado el corazón desde su juventud, y con el compromiso gozoso de difundir al máximo el conocimiento del amor de Dios por la humanidad. Para ello no escatimó esfuerzos, ni se dejó abatir por las dificultades. Siempre actuó en profunda comunión con la Iglesia universal y particular, y por amor a ella. Murió en Roma el 20 de agosto de 1866.

-San Felipe de Heraclea, Cuando le preguntaron a alguien qué era orar, respondió así:"Dejar que el Espíritu transmita, a través de nuestros instintos de vida y de muerte, los sueños más locos del Reino: el Evangelio vivido y la paz establecida para siempre".
Tenía razón esta persona cuyo nombre queda en el anonimato. Y no importa.
Los eslavos conmemoran hoy la fiesta de san Felipe y sus compañeros que, con coraje y poseídos por el Espíritu de Dios, supieron dar lecciones de humildad y de fortaleza ante las dificultades que se le echaron encima.
Tuvieron que pasar siete meses en la cárcel en la ciudad de Andrinopla de Tracia.
Los trataron tal mal que incluso los dejaron desnudos para, de esta forma, hacerles más daño con los castigos que les infligían.
La sangre corría por su cuerpo.
Y con toda paciencia y calma decían:"Es hora de renunciar a las caricias del mundo para soñar más elegantemente en las alegría del cielo que nos aguarda. No nos importa dejar las cosas de aquí abajo".
San Felipe, que era el jefe de los chicos que iban a sufrir el martirio, se dirigió al tribunal con paciencia y con serenidad. "No tenemos miedo a lo que nos pueda ocurrir. Sabemos que nuestro Señor nos premiará en el cielo por todo lo que hacemos por defender nuestra fe en él".
Os aguarda una muerte mala, replicó el juez. No nos importa el medio que hayáis pensado para quitarnos la vida del cuerpo. La del alma, jamás podréis arrebatárnosla.
Los enviaron a que los quemaran vivos. Y mientras iban a la hoguera cantaban cánticos de alabanza a Dios. Era el siglo IV.

-San Filiberto, abad, Rebais, Gascuña, 687, nació en la Gasconia, Francia, y murió en Noirmountier en el año 684.
Bajo la influencia de san Ouen, Filiberto decidió entrar en el monasterio de Rabais.
No sabía lo que le esperaba. Cuando llevaba ya algún tiempo en el lugar sagrado, desarrolló todas sus cualidades para el bien de la comunidad.
Por eso, no fue nada extraño que lo eligieran superior. Los monjes no sospechaban que iba a ser tan cumplidor y exigente en su mandato.
Desde luego, lo primero que hay que decir, es que los monjes eran poco observantes.
Tuvo que actuar con firmeza para que todos siguieran las reglas que libremente habían abrazado.
Viendo que sus esfuerzos eran inútiles por mejorar aquella difícil comunidad, dejó el monasterio para irse a otros.
En el año 654 se estableció en el de Rouen. Aquí mismo fundó el de Jumières.
También en éste le tocó sufrir lo suyo porque recibió una denuncia del mayordomo del palacio. Esto le costó la cárcel.
Pero su alma no se dejaba abatir por la contrariedad. Guiado por Dios, fundó otro monasterio, el de Normountier, en una islita cerca del Loira
Y a éste le siguieron otros más, tanto para monjes como para monjas. Llevó la vida monástica a gran altura en todos los sentidos.

-Santos Leovigildo y Cristóbal, mártires. San Cristóbal fue monje de San Martín de la Rojana, no lejos de Córdoba, discípulo y emparentado con San Eulogio. Habiendo oído hablar del martirio de San Aurelio, se presentó espontáneamente al cadí de la ciudad, quien le mandó arrojar en una oscura cárcel. A los pocos días encerraron en ella a San Leovigildo, otro monje del monasterio de San Justo y Pástor, Córdoba, y juntos fueron sacados a la plaza unos días después para ser decapitados, 852.

-San Oswin Rey de Deira, Northumbria, + 20 agosto 651.

-San Porfirio, maestro del mártir San Agapito, Roma, s. III.

-San Amador de Luca, Mártir,

-San Máximo de Chinon, obispo, discípulo de San Martin, 450.

-San Maneto, confesor, servita, Montesenario (Italia), 1268.

-Treinta y siete mártires en Tracia (Grecia).
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San Bernardo, abad de Claraval, y doctor de la Iglesia 1091-1153.
San Bernardo, abad de Claraval, y doctor de la Iglesia 1091-1153
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