San Arístides Marciano, confesor Un creyente es aquella persona que ensancha su corazón y el espíritu bajo el soplo de Dios. Si esto no se da, difícilmente se logra la santidad a la que estamos llamados. Este joven debió vivir allá por los años 130 y tantos al ciento sesenta y tantos. La lectura meditada de la Biblia fue el camino derecho para que encontrase su conversión a Dios y dejase atrás todos los restos de paganismo que había a su derredor. Siendo cristiano, se dedicó con ahínco al estudio de la filosofía; un estudio que lleva a la admiración de todo cuanto ha creado Dios. Las persecuciones contra los cristianos fueron el motivo que le impulsó a escribir uno de los tratados apologéticos más célebres en la historia de la Iglesia. Tanta era su fama que incluso tuvo que presentar sus escritos al emperador Adriano. Para llegar a Roma tuvo que atravesar muchos países. Se detuvo en Atenas, en donde tuvo ocasión para escribir y atacar el fundamentalismo religioso de los paganos. |








El emperador, al leer sus argumentaciones y defensas de los cristianos, se conmovió
y ya no dejaría que los creyentes en Cristo fueran perseguidos ni en Occidente
ni en Oriente. Comenzaron por sentir admiración por su Apología el propio san Jerónimo y Eusebio de Cesarea. Los monasterios se daban tortas por tener en su biblioteca esta obra monumental de aquel tiempo. Se han llevado a cabo muchas investigaciones y se han encontrado su obra esparcida por aquí y por allá. La Apología son 17 capítulos en los que expone las cuatro religiones: la bárbara, la griega, la judía y la cristiana. |