Una bella tradición: la historia de santo Domingo y la Virgen María. Existen relatos interesantes que pertenecen a la tradición de la Iglesia; han pasado de generación en generación para enseñarnos cómo Dios se vale de diferentes medios para hacer que crezca en los hombres el fervor y como consecuencia, el deseo de hacer siempre su voluntad. A cerca del Rosario, se cuenta la siguiente historia: Viendo Santo Domingo que los crímenes de los hombres obstaculizaban la conversión de los albigenses, entró en un bosque y pasó en él tres días y tres noches en continua oración y penitencia. Un día, se le apareció la Santísima Virgen acompañada de tres princesas del cielo y le dijo: "¿Sabes tú, mi querido Domingo, de qué arma se ha servido la Santísima Trinidad para reformar el mundo? - Oh, Señora, respondió él, vos lo sabéis mejor que yo, porque después de vuestro Hijo Jesucristo fuisteis el principal instrumento de nuestra salvación". |
En los tiempos del Padre Domingo de Guzmán se vivía un importante conflicto de orden
religioso: los protagonistas eran un grupo herético llamado "albigenses" (originarios
de Albi, al sur de Francia); pretendían difundir una doctrina que afirmaba
que existían dos dioses: uno del bien y otro del mal. El Dios bueno fue
quien creó todo lo espiritual, mientras que el dios malo fue quien creó todo lo
material. En consecuencia, para los albigenses todo lo material era malo, incluyendo
el cuerpo. Esto significaba que Jesús, al hacerse hombre y tener un cuerpo,
no podía ser bueno y por consiguiente no podía ser Dios. Además, los albigenses
también negaban los sacramentos y la verdad de que María es la Madre de Dios;
se rehusaban a reconocer al Papa y establecieron sus propias normas y creencias. |
En busca de las ovejas perdidas. Nació en Caleruega (España), en 1170. Eligió la vocación del sacerdocio y fundó la orden de Frailes Predicadores o Dominicos en 1217. Murió en Bolonia en 1221 y fue canonizado por Gregorio IX en 1234. |
Santo Domingo contaba que veía a la Virgen sosteniendo en su mano un rosario y que
le enseñó a recitarlo; dijo que lo predicara por todo el mundo, prometiéndole
que muchos pecadores se convertirían y obtendrían abundantes gracias. El Santo
se levantó muy consolado y abrazado de celo por el bien de estos pueblos, entró
en la Catedral y en ese momento sonaron las campanas (por intervención de los
ángeles) para reunir a los habitantes. Al principio de la predicación se levantó una espantosa tormenta, la tierra tembló, el sol se nubló y los repetidos truenos y relámpagos hicieron estremecer y palidecer a los oyentes. |



En esos tiempos (siglo XII), los problemas trataban de solucionarse por medio de
la guerra, pues se pretendía obligar a todos a pensar de determinada manera, los
cristianos para defender su fe, participaban en ella, eran las batallas conocidas
como "cruzadas". Santo Domingo evitó asociarse a la cruzada contra los albigenses, prefiriendo la acción pacífica a los horrores de la guerra, por lo que se dio a la tarea de ir a Francia para convertir a los que se habían apartado de la Iglesia por la herejía albigense. Trabajó por años en medio de estas personas y por medio de sus predicaciones, oraciones y sacrificios, logró convertir a unos pocos; pero muy a menudo estas personas se retractaban debido al temor de ser ridiculizados, a pasar trabajos forzados o recibir algún tipo de represalia. Domingo dio inicio también a una orden religiosa para las mujeres jóvenes convertidas en un convento que se encontraba en Prouille, junto a una capilla dedicada a la Santísima Virgen. |
La tormenta cesó al fin por las oraciones de Santo Domingo. Continúo su discurso
y explicó con tanto fervor y entusiasmo la excelencia del Santo Rosario, que los
moradores le abrazaron casi todos, renunciando a sus errores, viéndose en poco
tiempo, un gran cambio en la vida y costumbres de la ciudad. |
Oh Dios, que te dignaste iluminar a la Santa Iglesia con los méritos y doctrina de
Nuestro Bienaventurado Padre Domingo, haz que por su intercesión nunca le falten
los auxilios temporales, y reciba siempre espirituales incrementos. Por Cristo
Señor nuestro. Amén. |