En la primitiva Iglesia de Acapulco, durante la época del Virreinato de la Nueva España recibió los sacramentos de la iniciación cristiana. Poco se conoce de la vida de Bartolomé Laurel.

Sólo sabemos que desde muy joven resolvió trabajar por su propia santificación, ejercitándose en la humildad, la mortificación y el amor de Dios y para mejor hacerlo, pidió el hábito de San Francisco, en calidad de hermano lego. En el Convento de Nuestra Señora de Guía, en Acapulco, surgió su vocación religiosa.

A pesar de ser indígena, Bartolomé Laurel consiguió entrar como hermano lego con los franciscanos en la Provincia del Santo Evangelio de México y después de años de probación fue admitido en el convento grande de San Francisco, en la Ciudad de México.

Esta reflexión es importante si tomamos en cuenta que San Martín de Porres, en Perú, a causa del color de su piel le impusieron un tiempo excesivamente largo de espera que se prolongó hasta 1603. Entonces le dieron únicamente la opción de ser aceptado como hermano lego, sin la posibilidad de llegar al Orden Sacerdotal.
Bartolomé Laurel, de acuerdo con estudios profesionales de El Vaticano, nació en lo que hoy es el barrio "El Pozo de la Nación", del Puerto de Acapulco, Guerrero, México, aproximadamente en 1599. Otras biografías sitúan su nacimiento en la Ciudad de México, sin precisar el año, lo señalan en la segunda mitad del siglo XVI.
Mártir en Japón, 1599 - 1627
Agosto 17
En estos ejercicios piadosos se hallaba ocupado Fray Bartolomé Laurel cuando vino de España a México, el bienaventurado Padre, Fray Francisco de Santa María, franciscano descalzo de la provincia de San José, que había logrado la gracia de pasar a las Filipinas a dedicarse a la evangelización de los infieles. Aquí se conocieron y trataron los dos religiosos; sin duda las conversaciones de Fray Francisco excitaron el celo del humilde lego Bartolomé, y puestos de acuerdo, obtuvo Fray Bartolomé la licencia de pasar también a las Filipinas con Fray Francisco.

Es posible que su decisión o la de sus superiores se debiera a la creciente demanda de misioneros que exigía Asia, tras la muerte de San Felipe de Jesús en 1597, noticia que llegó a la Nueva España un año después. El galeón entre Acapulco y Filipinas dio servicio regular desde 1571.

En 1620, Fray Bartolomé Laurel partió para Filipinas donde permaneció casi cuatro años al servicio de los enfermos y promoviendo la fe católica en el archipiélago Filipino.

Al cabo de ese tiempo, llegó a las Filipinas la noticia de que en el Japón había estallado una de las crueles persecuciones que en ese período dieron tantos santos para el cielo, y que con ese motivo los religiosos que allí trabajaban no tenían medicinas, ni enfermero que las administrara.
¿Cuál era el panorama sanitario de aquellos días? Los médicos no desplazaron a los curanderos y los indios eran los más expuestos a las epidemias; los europeos, padecían enfermedades gastrointestinales. Desde 1524, Hernán Cortés ordenó la creación del Hospital de Jesús. El propio Virrey Antonio de Mendoza, primero de la Nueva España, enfermo, viajó a Oaxtepec, Morelos, donde Moctezuma II tenía un jardín botánico, para que lo atendieran entre sabios españoles y curanderos indios.

Fray Bartolomé Laurel, como enfermero, debió ir de hospital en hospital. En Tlaxpana se abrió uno para leprosos; en Santa Fe, Tacubaya, la primera Casa de Cuna, en 1532; Fray Bernardino Álvarez, en 1567, fundó San Hipólito, el primer manicomio de América, y el doctor Pedro López el primer leprocomio en el Hospital de San Lázaro, en 1571.
Bartolomé Laurel ingresa para su formación al Noviciado del Convento de San Buenaventura, en Valladolid (hoy Morelia, Michoacán) donde recibió el hábito por vez primera el 13 de mayo de 1615 y por segunda ocasión el 17 de octubre de 1616. Pasado el año del noviciado de la manera más edificante, fue admitido a los votos; profesó como hermano lego el 18 de octubre de 1617.

Desde que era joven, Fray Bartolomé se había dedicado a la medicina, por lo que inmediatamente fue destinado a servir en la enfermería; su ciencia estaría más apegada al conocimiento de las hierbas que a las fórmulas importadas aplicadas en la botica.

De 1617 a 1619, Fray Bartolomé Laurel fue misionero, catequista y enfermero en la Ciudad de México, donde ciertamente ejercitó con sus hermanos la paciencia, la humildad, la caridad y otras virtudes cristianas.
Sintiéndose movido Fray Bartolomé en deseos de caridad para con sus hermanos y de compartir con ellos los trabajos de la persecución y tal vez la palma del martirio, pidió y obtuvo la licencia de pasar al Japón en calidad de enfermero, para asistir en primer lugar a los religiosos enfermos, y también para ayudarlos en sus tareas evangelizadoras hacia las misiones del Japón.

En 1623, Fray Bartolomé viajó como misionero al Japón, el Imperio del Sol Naciente, en donde prestó notables servicios y dio ejemplares muestras de edificación en el humilde estado de Lego de la Orden Seráfica.

Su fama de médico atraía muchos clientes y la aprovechaba, sobre todo con los niños recién nacidos, a los cuales, cuando los veía en peligro de muerte, decía que les iba a administrar una medicina y no le administraba sino el bautismo, que les abría las puertas del cielo.

No faltó quien se diera cuenta de que Fray Bartolomé era un religioso y de que utilizaba sus servicios de médico de los cuerpos para convertirse también en médico de las almas y como tal, fue denunciado y apresado en Nagasaki el 25 de Mayo de 1627, junto con el Padre Francisco de Santa María, un catequista japonés y el laico Gaspar Vaz.

Después de sufrir durísima cárcel y sujetado a duros y crueles tormentos, murió quemado vivo, a fuego lento, el 17 de agosto de 1627, en la colina de Nishizaka, en Nagasaki, Japón.

Este país se encontraba en ese tiempo bajo el poder del cruel y sanguinario Daifusama, Shogun del Japón, quien desató una cruenta persecución contra la fe católica.

Fray Bartolomé Laurel sufrió el martirio en grupo; junto con él murieron otros 14, entre laicos y un presbítero. Algunos de sus compañeros mártires eran religiosos dominicos y franciscanos.

El Mártir Mexicano Fray Bartolomé Laurel fue Beatificado, el 7 de julio de 1867, por el Papa Pío IX en la Patriarcal Basílica de San Pedro en Roma, junto con 204 mártires del Japón sacrificados en distintos períodos y encabezados por el dominico Alfonso Navarrete.
El Arzobispo de Acapulco, Felipe Aguirre Franco, encabezó el 17 de agosto de 2002 la conmemoración del aniversario del martirio del Beato acapulqueño Bartolomé Días-Laurel, cuya canonización impulsa desde hace tiempo la Arquidiócesis de Acapulco, acompañado de los párrocos Juan Carlos Flores Rivas, Coordinador Diocesano para promover la canonización del Beato; Rogaciano Zárate Brito, Capellán del Beato; Serafín Casiano, Coordinador Diocesano de la Pastoral Afroamericana, y Silvino Moreno, Capellán de San Felipe de Jesús.
La ceremonia litúrgica se desarrolló en el barrio de Petaquillas, en el centro de la ciudad, en la calle donde se ubica una capilla en honor al misionero Fray Bartolomé Días-Laurel, y congregó a un centenar de fieles católicos. El acto se llevó a cabo con la presencia de la Virgen de los Mares, que fue llevada a Petaquillas expresamente con ese fin.
La responsabilidad heredada de Hipócrates y Galeno se complicó en el Nuevo Mundo, donde los españoles carecían de remedios y desconocían las propiedades de la flora y fauna americanas. A pesar de la demanda de médicos, desde 1527 el virreinato expidió la primera Ordenanza de Médicos y con ella, la prohibición a quienes ejercían sin título. Esto les tenía sin cuidado a los indios rurales.

No obstante, de 1576 a 1579, Nueva España se vio azotada por una epidemia de tifo, el "matlazáhuatl", que mató a miles de personas. Los españoles la conocían como "tabardillo". En 1544 el "cocoliztli" mató a 12 000 personas y el mal sólo cedió con una peregrinación a cuyo frente iba la Virgen de Guadalupe.
El arzobispo Aguirre Franco planteó la necesidad de edificar en ese barrio un templo más grande en honor a este misionero, quien fue beatificado por el Papa Pío IX el 7 de julio de 1867, tras reconocer la veracidad de la historia del mártir acapulqueño, quien murió a raíz de la persecución del emperador japonés contra los promotores de la fe católica.
El Arzobispo Aguirre Franco señaló en su homilía dijo que la Iglesia tiene la certeza probada por la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, que sustentó que el beato es originario del puerto de Acapulco, donde desarrolló su vida en el barrio El Pozo de la Nación, en una hospedería de misioneros franciscanos, en el convento de Nuestra Señora de Guía.
En el templo denominado San José "El Ranchito", en Toluca, se conserva un óleo del pintor N. Dictarelli, llevado de Italia, que representa al Beato Fray Bartolomé Laurel y al Beato Bartolomé Gutiérrez, Sacerdote Agustino, a los lados de San Felipe de Jesús. La glorificación de los tres Mártires Mexicanos en el Lejano Oriente se indica con un hacha, una tea y un alfanje. (Enciclopedia de México, SEP, México 1987; Tomo VIII, Pág. 4629)

En el libro "Mártires Mexicanos",  al hablar del Beato Fray Bartolomé Laurel, nos dice el Padre José Armando Espinoza, M.G.:
La misión universal de la Iglesia estaba en las mentes de todos los cristianos y sacerdotes del siglo XVI.
En México se hacía la "Primera Evangelización" pero se pensaba ya en los continentes súper poblados no-cristianos. Por eso el Beato Fray Bartolomé Laurel ejerció la "Actividad Misionera" en el extremo oriente, Japón.

Después de cuatro siglos, la Encíclica "Redemptoris Missio" acentúa el compromiso misionero que ya habían cumplido. También los Obispos Latinoamericanos reunidos en Santo Domingo, en la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, nos comunicaron:

"Renovamos este último sentido de la misión sabiendo que no puede haber Nueva Evangelización sin proyección hacia el mundo no cristiano, pues como anota el Papa":

"La Nueva Evangelización de los pueblos cristianos hallará inspiración y apoyo en el compromiso por la misión universal".


Esto quiere decir que la Iglesia en América Latina y en concreto en México, desde los 1500 ha tenido este espíritu MISIONERO de la Iglesia Universal, emanado del mandato de Cristo:

"Vayan por todo el mundo..."
(Mt 28, 19-20)