
-¿Qué se le ofrece? -preguntó el jefe que estaba custodiando a Ezequiel. -¿Está la señora de la casa? -preguntó María, tratando de engañarlo. Mintiendo, el policía contestó: -Sí, pase usted. Nada más al entrar, Carmen le gritó: -Mamá, mamá, unos hombres están revolviendo toda la casa y quieren matar a papá. -Ah, ¿con qué usted es la señora de la casa, eh? -dijo sarcásticamente el jefe. La señora María, quitándose el chal, dijo con fuerza: -Sí, señor, yo soy la señora de la casa. ¿Qué quieren ustedes aquí? ¿Qué buscan? ¿Con qué derecho se han metido ustedes en mi casa? -Venimos a catear. -Pero éste es un saqueo, ¿con qué derecho? -Mire señora, llevamos a su esposo para una declaración, luego se lo traemos. -¿No es posible que haga aquí la declaración? -insistió la señora María. -No es posible, señora. Solamente la puede hacer en la comisaría. Es pura formalidad. Ezequiel y María se miraron y las lágrimas bañaron sus rostros. Las dos niñas pequeñas corrieron hacia el papá y consiguieron darle un beso. La señora María trató de acercársele para despedirse, pero fue groseramente alejada por un policía, y sólo consiguió decirle: -No te apures, Ezequiel, si no nos volvemos a ver en esta vida nos veremos en el cielo. Aquella misma mañana, el 2 de abril, a las ocho, Salvador Huerta fue como siempre a su taller. A eso de las diez, llegaron unos señores de la policía secreta y le dijeron: -Maestro, dice el jefe que vaya usted a arreglar un carro a la comandancia de policía. A Salvador enseguida le vino un triste pensamiento: "Tal vez ha llegado mi hora". Sin descubrir su emoción, les contestó: -Tráiganlo aquí, por favor, donde tengo todas las herramientas. -No es posible, maestro. Es necesario que venga usted. Sin perder su habitual serenidad, recogió sus herramientas y se encaminaron hacia la comisaría. Nada más pasó la puerta y lo empujaron hacia la oficina del jefe. Le preguntaron sobre sus dos hermanos curas, el paradero del Arzobispo Orozco y Jiménez, a quien varias veces Salvador había tenido la dicha de convidar a su casa y sobre el movimiento cristero. La única respuesta fue el silencio. Salvador fue torturado. Mientras tanto, en la misma comisaría, el sargento Felipe Vázquez interrogaba por separado a Ezequiel sobre el paradero de sus dos hermanos sacerdotes, sobre sus dos hijos mayores y el movimiento cristero. Ezequiel tampoco abrió la boca. El sargento mandó que lo golpearan, la sangre empezó a correr por su rostro. -Si a tu hermano Salvador lo colgamos de los pulgares, a ti, si no hablas, te colgaremos de las patas -gritó furioso el sargento. Por toda respuesta, Ezequiel empezó a cantar con todas las fuerzas de su alma: -¡Que viva mi Cristo, que viva mi Rey! Otra embestida de golpes y patadas interrumpieron su canto y Ezequiel no supo más; dos hombres lo llevaron al calabozo. El joven Bernal que estaba encerrado en el calabozo en espera del interrogatorio, oyó un ruido como de un fardo que caía pesado en el suelo. Se le acercó y lo reconoció. -¿Qué le pasa, don Ezequiel? Con un hilo de voz el torturado pudo decirle: -Nada, muchacho. Oye, cuando lleven mi cadáver a mi casa, dile a María que en la bolsita debajo de mi fajo (cinturón) tengo una moneda de cien pesos de oro, es lo único que le puedo dejar. Lupita, de dieciséis años, hija de Salvador que estaba entonces al frente de la familia, preparó una canasta con comida y mandó a su hermano Gabriel, de catorce años, a llevársela a su papá. Sin embargo, al llegar a la comandancia de la policía le quitaron la canasta y lo tuvieron encerrado hasta la noche, sin darle razón de su padre. |
Aquella noche del sábado 2 de abril, una celda húmeda y maloliente hospedó a los
dos hermanos Huerta. Un sudor frío invadía los cuerpos torturados. De improviso, entraron dos guardias que los invitaron a levantarse y a seguirlos. Era la madrugada del día 3 de abril de 1927, Domingo de Ramos, cuando los dos hermanos Ezequiel y Salvador, sobreponiéndose a sus heridas salieron de la comandancia y fueron obligados a subir a una "julia" que arrancó rumbo al panteón de Mezquitán. Bajaron de la camioneta, entraron al panteón y fueron llevados a la derecha, donde estaba un paredón. Ezequiel, volteándose a su hermano, le dijo: -Les perdonamos, ¿verdad? -y su hermosa voz fue apagada por la descarga de los fusiles. Salvador, entonces, descubriéndose e inclinándose ante Ezequiel ya caído, dijo con solemnidad: -Me descubro ante ti, hermano, porque eres ya un mártir. Luego, tomando la vela de la mano del sepulturero que era la única que iluminaba esa escena de infierno y paraíso, e iluminando con ella su rostro, se descubrió el pecho y con voz firme dijo al pelotón: -Les pongo esta vela en mi pecho para que no fallen ante este corazón, dispuesto a morir por Cristo. Una descarga apagó sus últimas palabras. Los dos cuerpos no pudieron ser rescatados por sus familiares porque el general Ferreira quería 6 mil pesos que en aquel tiempo eran una enormidad, y por eso fueron echados en una sola fosa. El lunes 4 de abril, el periódico Excelsior presentó la noticia del fusilamiento de los hermanos Huerta, protestando porque "sin juicio alguno, sin investigación, sin derecho de defensa, se había eliminado a dos ciudadanos ejemplares, muertos sólo por la orden de quien soberbiamente ejerce el poder". La Providencia Divina se derramó espléndidamente sobre los numerosos huérfanos. Muchas personas fueron a visitar a las dos familias Huerta, no sólo para darles el pésame y las felicitaciones por los dos mártires, sino también para llevarles alimento y ropa, mientras que diferentes órdenes religiosas, como los jesuitas, los salesianos y las salesianas, al terminar la guerra cristera les brindaron a los huérfanos becas de estudios en sus colegios. Los hijos y los nietos de las familias Huerta García y Huerta Jiménez crecieron y se situaron muy bien en la vida con espléndidas carreras de medicina, ingeniería, contaduría, música, sin contar las vocaciones de religiosos y religiosas. Tiempo después se exhumaron los restos y se compusieron en la tumba de la familia en el mismo panteón, hasta que fueron trasladados, por orden del Sr. Arzobispo de Guadalajara, José Garibi Rivera, a la parroquia del Dulce nombre de Jesús, en el columbario a la izquierda del presbiterio. Finalmente, con permiso del Cardenal José Salazar López, el 20 de noviembre de 1980 se trasladaron a la capilla del seminario de los Misioneros Xaverianos en la colonia del Carmen de la población de Arandas, Jalisco, donde permanecen hasta la fecha. |
Después de la consagración, en el momento más profundo de silencio y recogimiento,
se oyeron fuertes toques en la puerta de la calle. Un muchacho entró precipitadamente
avisando que afuera estaba la policía. El sacerdote consumió el Santísimo,
saltó la barda del jardín y se puso a salvo. Entre el desconcierto de aquellas palomas espantadas, la señora María se acercó a la pequeña mesa que hacía de altar, tomó el cáliz y lo ocultó debajo del chalecito de la pequeña Teresa, diciéndole: -¡Aunque te peguen no lo sueltes! Entrégalo sólo a papá. La niña cruzó los bracitos sobre el pecho y se acurrucó en un rincón. La policía detuvo una decena de personas, entre ellas a dos monjitas y a doña María. "Cuando yo llegué a la puerta -recuerda María del Carmen- un policía gritó: <Aquí no pasa nadie>, y levantó la pierna apoyándola a la pared y cerrando el paso. Yo corrí y pasé por debajo de la pierna del soldado, y alcancé a ver subir a la <julia> (vehículo de la policía) a mi mamá y a otras mujeres. Corrí a casa para decir a papá que mamá había sido detenida". Inmediatamente Ezequiel avisó a un amigo suyo, licenciado, que fuera a la comisaría para que soltaran a su esposa y a las demás personas detenidas. Luego fue a recoger a la pequeña Teresa de la que nadie había hecho caso y se había quedado en su rinconcito, custodiando su tesoro. El general Ferreira, jefe de las operaciones militares contra los cristeros en Jalisco, habiendo sido amonestado por sus superiores de la Ciudad de México por su incapacidad de pacificar la zona buscaba chivos expiatorios a como diera lugar. Las primeras víctimas que cayeron bajo el odio del general Ferreira fueron el Maestro Anacleto González, los dos hermanos Jorge y Ramón Vargas y Luis Padilla. La tarde del 1° de abril de 1927, Ezequiel fue a la casa de su hermano Salvador para comentar el fusilamiento del amigo Anacleto. Ezequiel, más emotivo que Salvador, parecía un poco preocupado por la situación. "No te apures -le dijo Salvador-, si nos quieren matar, pues que nos maten". |
Salvador 1880 - 1927 |

El árbol genealógico de los dos hermanos mártires, Ezequiel y Salvador Huerta Gutiérrez,
se remonta a fines del siglo XVIII, cuando un grupo de españoles, expertos
en minería, llegó a México con el fin de trabajar y mejorar las minas ya famosas
en todo el mundo por su oro y plata. En este grupo de recién llegados se encontraba José de Jesús de Dios Huerta, originario de Andalucía, quien se empleó en las minas de Ameca, Jalisco, como asesor técnico y administrador de minas. En 1811 contrajo matrimonio con Dorotea Méndez, hija de un hacendado de la región. Su hijo mayor, Francisco Javier Huerta, se casó con Felipa Thomé. El primer hijo de éstos, Isaac, siguió la profesión de su padre: transportaba el mineral que compraba en las minas para venderlo en el mercado de Guadalajara. Poseía un tiro de mulas y siempre andaba en la carretera, cambiando los animales de carga, pasando por Hostotipaquillo, Magdalena, Tequila, Ahualulco, Ameca hasta Guadalajara donde colocaba el mineral. Allí compraba mercancías para venderlas a su regreso. |
En Tequila, en uno de sus viajes de negocios, conoció a Florencia Gutiérrez Oliva, se casaron y se establecieron en Magdalena. Doña Florencia era una mujer de carácter
fuerte, hacendosa, casi dominante, siempre presente en el hogar, en la tienda
de su esposo y en las actividades de la parroquia. Tuvieron cinco hijos, José
Refugio (1874), Ezequiel (1876), Eduardo (1878), Salvador (1880) y María del Carmen. A Ezequiel, nacido el 7 de enero de 1876, lo bautizó en la iglesia parroquial de Magdalena, el presbítero José María Rojas; el 21 de diciembre de 1877, lo confirmó Mons. Pedro Loza, Arzobispo de Guadalajara. Era un muchacho idealista, simpático, generoso y muy sociable. Desde pequeño soñaba con visitar Guadalajara que su padre tanto elogiaba. Por fin llegó la tan deseada ocasión. Al muchacho no le parecía cierto que estaba subiendo a la carreta de su padre, rumbo a la ciudad tapatía. Llevaban un flete de barriles de tequila. Ya en el camino, su papá Isaac, como lo acostumbraba, invitó a todos a rezar el rosario. Uno de los mozos se negó refunfuñando. Después de una cuantas leguas, una rueda de la carreta se desprendió de su eje y todos, hombres y barriles, rodaron a la zanja. Isaac fue el primero en levantarse, y, angustiado, comenzó a llamar a Ezequiel: -Hijo mío, ¿dónde estás? -Aquí estoy papá. No me pasó nada. En efecto, cuando Isaac, con mucho cuidado y con la ayuda de un mozo, sacó a su muchacho, el hijo ni siquiera tenía un rasguño. En cambio el mozo refunfuñón estaba sangrando y medio muerto de miedo. "Desde entonces -escribe Carmen, hija de Ezequiel- entró en nuestras familias la costumbre de rezar el rosario siempre que salimos, y aunque hemos tenido accidentes, nunca nos ha pasado nada grave". |
Salvador nació el 18 de marzo de 1880 en Magdalena, Jalisco. Lo bautizó el 22 de marzo, en
la iglesia ferrocarril, el presbítero José María Rojas. Fue siempre un muchacho
serio, obediente y cariñoso con sus padres. Aunque las travesuras eran de los
cuatro hermanos, mamá Florencia le cargaba más la mano a Salvador, tal vez porque
era el que aguantaba más o porque ella esperaba más de él. "Supo siempre dominarse -afirma la hija Isabel- aun cuando su madre lo corregía y lo trataba más duramente que a los demás hermanos. El nunca demostraba dolor ni se quejaba". Los hijos de don Isaac y de doña Florencia, después de haber cursado la primaria en el pueblo, uno tras otro se fueron a proseguir sus estudios a Guadalajara. Ezequiel y Salvador se matricularon en el Liceo de Varones. (Que se ubicaba en el actual Museo de Guadalajara, al lado de catedral). Con cada hijo que se iba para la ciudad, se afianzaba siempre más en los padres la idea de trasladarse también ellos allá. Una vez más, el espíritu práctico y dinámico de doña Florencia convenció a su esposo de vender la casa y la tienda e irse a vivir todos a Guadalajara. José Refugio y Eduardo, muy pronto ingresaron en el seminario diocesano de Guadalajara hasta ordenarse sacerdotes. Por su inteligencia y buena preparación merecieron ser enviados a Roma para perfeccionar sus estudios teológicos. A su regreso desarrollaron en Guadalajara su apostolado en diversas parroquias. Los primeros ministerios estables del recién ordenado sacerdote, el joven Padre José María Robles Hurtado empezaron en Guadalajara precisamente al lado del Padre José Refugio Huerta, como lo atestigua en una de sus cartas fechada el 8 de junio de 1913: |


Ezequiel 1876 - 1927 |
Mártires Laicos de Jalisco, México |
"¡Bendigo a nuestro Señor y a Él sea dada toda gloria! Mi amado prelado (el Arzobispo
Orozco y Jiménez) me está dispensando una confianza suma... Me ha encomendado
la organización del catecismo en toda la arquidiócesis, juntamente con el Padre
José Refugio Huerta... Nuestro Señor me abre un campo extensísimo para que
trabaje y le dé mucha gloria..." Por ese tiempo, el Padre José María Robles ya no vivía en el seminario ubicado en la calle de Santa Mónica, sino en una casa, ubicada en el número 184 de la misma calle, en el domicilio del Padre José Refugio Huerta. Ezequiel cursó la secundaria y la preparatoria y además recibió clases particulares de música y canto, ya que tenía una voz excepcional de tenor. "Dios le dio a mi papá una bella voz -escribe su hija María del Carmen-. Me tocó conocer a su maestro de canto, un italiano que se llamaba Polanco. Pronto mi papá aprendió las partes principales de varias óperas clásicas. Formó coros hasta de cuarenta voces blancas y con ellos cantaba en las fiestas religiosas de los templos de Guadalajara. Las iglesias se llenaban cuando se sabía que mi padre Ezequiel iba a cantar, porque lo hacía con gran sentimiento y fervor". "Nos contaba mi madre -sigue recordando María del Carmen- que una vez un compañero que le tenía envidia a mi papá, lo quiso matar cuando estaba cantando en el templo de Santa Teresa de Jesús, a donde casi todos los días iba a cantar. Pero, gracias a Dios, el puñal no le penetró mucho en el abdomen y se salvó. Mi padre no quiso demandarlo porque -dijo- el culpable era un pobre padre de familia". |


Tanto más era callado y condescendiente don Isaac, cuanto más severa y enérgica la
señora Florencia. Ezequiel y Salvador, a veces se aprovechaban de la confianza
del padre para irse a la ópera que tanto les gustaba. Sin embargo, una vez los
descubrió su madre y les preguntó por la noche de dónde venían. Los muchachos,
aunque temerosos, dijeron la verdad y por aquella vez los perdonó. Salvador no quiso hacer la preparatoria y prefirió ponerse a trabajar enseguida en la mecánica. Empezó en el taller de unos alemanes, de los cuales aprendió mucho. En una ocasión se tenía que probar una pala mecánica. Salvador estaba ya listo para echarla a andar, pero el jefe quiso hacerlo él mismo y mandó a Salvador que bajara. Cuando el jefe maniobró la palanca aventó una piedra que cayó en su cabeza y lo mató al instante. Más tarde Salvador se trasladó a Zacatecas como técnico de bombas en una mina. Se distinguió por su sentido de responsabilidad y competencia. También allí tuvo sus percances. Un día se inundó la mina y una decena de hombres intentaron salvarse en el elevador. Desgraciadamente se rompió el cable y todos cayeron al vacío. Salvador salió milagrosamente ileso. "Mi padre -recuerda su hija Guadalupe- estuvo varias veces en peligro de muerte; en la mina de Zacatecas se salvó de milagro, en Aguascalientes una polea lo agarró por un tirante y lo aventó; en Guadalajara un automóvil lo atropelló, en el taller un torno le arrancó un dedo. Se ve que el Señor lo reservaba para otra forma de muerte. Pero eso sí, nunca se quejaba de nada, hasta tomaba los percances con buen humor". El 17 de septiembre de 1904, en el templo de Capuchinas, Ezequiel contrajo matrimonio con María Eugenia García, de dieciséis años de edad. Los casó su hermano sacerdote el Padre José Refugio y celebró la misa su hermano Eduardo. Les nacieron diez hijos. Ezequiel amó entrañablemente a su esposa y a sus hijos. Los familiares de María Eugenia le decían: "María, ¡otro hombre como Ezequiel, no lo encuentras ni con el cirio pascual!" Salvador contrajo matrimonio el día 20 de abril de 1907 en la capilla del Calvario de Atotonilco el Alto, Jalisco, en donde su hermano, el Padre José Refugio, se encontraba ejerciendo su ministerio sacerdotal. Se casó con Adelina Jiménez, hija única de una familia acomodada de Atotonilco. Contra todos los pronósticos y los temores de la familia Jiménez, que decían que ese obrero, ocho años mayor que ella, no le podía dar la buena vida a la que ella siempre había estado acostumbrada. A los pocos años la nueva familia se trasladó a Guadalajara. Salvador prefirió ganar menos, pero estar cerca y ayudar a sus padres. Amaba mucho a su esposa; en sus cartas de novio le llamaba "mi ángel". Salvador y Adelina tuvieron un óptimo matrimonio del cual nacieron doce hijos. Salvador abrió en la calle de Madero un taller para la reparación de coches, y se dio a conocer en todo Guadalajara como el mejor mecánico de la ciudad. En las casas de los hermanos Huerta la vida transcurría tranquila y feliz, en una paz armoniosa, cuando de improviso se turbó la serenidad de aquellos hogares felices. El 31 de julio de 1926 se cerraron los templos por la persecución religiosa, y Ezequiel quedó sin trabajo y se convirtió en custodio del templo de San Felipe Neri. Sus dos hijos mayores, Manuel y José de Jesús, que ya se habían inscrito en la Unión Popular, se incorporaron a la resistencia. Manuel participó en varios combates en el sur de Jalisco bajo las órdenes del general Jesús Ibarra, mientras que José de Jesús actuó en Los Altos de Jalisco, Guanajuato y Michoacán hasta fines de 1927 cuando tuvo que refugiarse a Estados Unidos. Tal vez el blanco de la persecución del general Ferreira se centraba más bien en los dos sacerdotes Huerta, José Refugio y Eduardo, por considerarlos instigadores de la rebelión cristera. También cristera se consideraba María Eugenia, la esposa de Ezequiel. Cuando en un combate su hijo Manuel fue herido, ella se vistió de falda larga, rebozo y huaraches, como mujer de rancho, y se fue al sur de Jalisco a buscar a su hijo y, no habiendo encontrado a Manuel, se puso a curar a algunos cristeros heridos. El sábado 21 de marzo de 1927 a la señora María Eugenia se le ocurrió, acompañada de sus dos hijas, María del Carmen de 16 años y Teresa de 9, asistir a una de las celebraciones clandestinas en una casa de la calle Moro (hoy desaparecida por la ampliación de la Avenida del Federalismo). Eran las siete de la mañana, tocaron la puerta, dieron la contraseña y se unieron a los fieles que se disponían a oír misa. El celebrante explicó el evangelio del día, subrayando la necesidad de tener fe y la disposición de defenderla con su propia sangre. María pensó enseguida con sus dos hijos, Manuel y Jesús, que estaban en el frente y en su esposo Ezequiel, que seguía arriesgando su vida como guardián de la iglesia de San Felipe. |














Beatificados, Noviembre 20, 2005 en el Estadio de Jalisco, Guadalajara (México) Cardenal José Saraiva Martins |



La noche del 1° de abril de 1927, Ezequiel, fue a velar a su inolvidable maestro y amigo Anacleto. Volviendo por la mañana
le dijo a su esposa: "María, ¿No quieres ir a velar al Maestro Cleto? Yo cuido a los niños". La señora María tomó su chal y salió. Por prudencia, los dos hermanos Huerta decidieron que por lo pronto lo más importante era poner a salvo a sus muchachos, Manuel y Salvador, que acababan de llegar del frente cristero para una visita a la familia. En efecto, en la madrugada del sábado 2 de abril, la señora Adelina con su hijo Salvador y su sobrino Manuel, la hija mayor María y el niño Eduardo de apenas once meses, salieron rumbo a Magdalena, Jalisco, para que los dos muchachos tomaran en La Quemada el tren del Pacífico rumbo a Estados Unidos. "Me acuerdo -cuenta el hijo Salvador- que se le insistió mucho a mi padre para que fuera él quien nos llevara en automóvil para que él también se salvara, pues sabíamos que lo buscaban. Sin embargo mi padre no quiso ponerse a salvo, porque decía que los caminos estaban muy vigilados y viendo puros hombres en el carro, peligrarían todos; por eso, como hombre prudente, prefirió mandar a dos mujeres y a un niño de once meses". Como a las nueve de la mañana, tocaron a la puerta de la casa de Ezequiel Huerta y Carmen, su hija, fue corriendo a ver quién era. -Venimos a revisar la llave del agua -dijeron. Ezequiel fue al cancel y les preguntó: -Díganme, señores ¿qué se les ofrece? -Venimos a catear la casa porque hay denuncia de que aquí tienen a curas cristeros escondidos -le dijeron. Ezequiel los hizo pasar. -¿Dónde están los curas? ¿Dónde se esconden? -Dijo uno de ellos, apuntando la pistola a Ezequiel. Los demás se metieron a buscar dentro de la casa. En aquel momento llegó un muchacho de nombre Juan Bernal, amigo de la familia, y lo hicieron entrar. (Era seminarista, y dio testimonio de las últimas horas de vida de los mártires). Lo que efectuaron no fue un cateo sino un saqueo, porque esculcaron el ropero, los muebles y todas las cosas, dejando todo en desorden. En ese momento llegó la señora María. Enseguida captó la situación en que se encontraba su casa y su familia. |



