

El niño que sirvió de modelo para pintar los ojos del Niño Jesús Arandas, población de la región de "Los Altos" de Jalisco, es una tierra que, como casi todas las de esta nación nuestra que se llama México, tiene un legado histórico interesante. En su tiempo, perteneció a la diócesis de Valladolid, hoy arquidiócesis de Morelia, Michoacán, cuyas tierras pertenecieron a un caballero español de nombre Andrés de Villanueva quien, a mediados del siglo XVII hizo la fundación de la primera comunidad no precisamente indígena, sino más bien mezclada entre naturales, hispanos y algunos franceses. Por esta razón la gente de esta zona de "Los Altos" de Jalisco mantiene rasgos físicos europeos: piel blanca, cabello rubio, estatura alta y ojos de color claro. |


Luis era un niño muy tranquilo. No amaba meterse en pleitos y vagancias, aunque sí
le gustaban los juegos de niños de aquel tiempo: las canicas, el trompo, el balero,
el yoyo, las ramitas. Más tarde se aficionó al juego del béisbol. Ya un poca más grandecito empezó a ayudar a su papá Raymundo en la tenería; con empeño y espíritu de sacrificio se levantaba temprano, e iba a la misa de las 5 a.m. junto con su padre, desayunaba e iba a la escuela. Por la tarde ayudaba en las labores de la curtiduría, rezaba el rosario en familia, cenaba y luego a la cama. Así todos los días, con un horario fijo y disciplinado; dos veces por semana iba al catecismo impartido por una catequista, aprendiendo palabra por palabra las respuestas de libro del padre Ripalda. "Se hizo al estilo de su padre -recuerda Ignacio González López- y fue su brazo derecho en todo, llegando inclusive a quedar al frente de la curtiduría. Luis andaba en el trabajo de los cueros apestosos, siempre con entusiasmo y alegría". Varios testigos afirman que Luis era muy conocido y apreciado por su interés en las cuestiones sociales, impulsado por la lectura de la encíclica Rerum Novarum que el Papa León XIII publicó en 1891. Juan Camarena Vázquez asegura que él pertenecía a la Asociación de Santa María de Guadalupe, que unía a todos los obreros y artesanos. El anciano Sr. Salvador Navarrete Navarro, recuerda que a Luis Magaña le gustaba platicar de los problemas sociales, de la política del gobierno y de las cosas del pueblo. En su casa se tenían las juntas y se planeaban todos los movimientos. Luis se apasionaba de las cosas sociales y ponía en práctica la justicia social en el trato humano y amistoso con sus trabajadores. Una vez al frente de su pequeña empresa, Luis trató generosamente a sus ayudantes y trabajadores. Con facilidad y generosidad prestaba dinero. |
Laico Mártir de Arandas, Jalisco 1902-1928 |
"Luis era fiel a su turno de la noche -afirma su primo hermano, el Sr. José Magaña
López-, Luis sacaba de ahí toda la fuerza y el entusiasmo para la defensa de
la iglesia. Luis se levantaba a las cinco de la mañana para estar en la parroquia
a la primera misa". Todos los testigos de entonces afirman que Luis Magaña
era de misa y comunión diaria. Primero cumplir con Dios y después con todos
los demás. Metido en tantas actividades de la parroquia, era evidente que Luis fuera muy amigo de los párrocos y vicarios de Arandas. El Sr. Ignacio González López, su amigo desde la infancia, dice que: "Luis daba pláticas a los compañeros, era el brazo derecho del párroco don Amando J. de Alba y era muy entregado a las cosas de Dios. ¡Qué bien tenía organizado todo! Juntaba grupos de muchachos para ir a ayudar a la gente más pobre". Pero Luis no descuidaba su trabajo ni su familia. Recuerda don Maximiliano Navarrete Navarro, empleado durante veinte años en el correo de entonces, en el trayecto Arandas-Atotonilco, Jalisco: "Los Magaña iban fuera a vender los cueros curtidos. Yo los llevaba en el correo para Atotonilco y platicaba con don Raymundo y su hijo. Luis fue bueno para vender desde muy chiquillo. Recuerdo que en el camino rezaba. Seguido me platicaba cómo iba el negocio, o de tal y cual trabajador. Pero que me acuerde no le oí que se quejara de alguien o que estuviera inconforme con alguno de ellos. A veces me comentaba, durante el viaje, los sermones que había escuchado el domingo"... "Muy finos y muy sinceros en todo, eran también generosos conmigo. Me pagaban siempre la comida. Ya después Luis se iba solo y nunca regresaba con mercancía, porque era muy buen comerciante. Sin embargo nada de tacaño. Yo lo vi ayudar a los pobres que le pedían dinero". |
Hasta 1768, esas tierras que recibían el nombre de Congregación de Santa María de
Guadalupe de las Arandas, se le declaró capellanía con derecho a sacerdote de
pie fijo, según se decía por entonces, en tanto su religiosidad era evidente, como
en todos Los Altos de Jalisco. En esa ciudad de Arandas, nos vamos a situar el 24 de agosto de 1902, fecha en que nació Luis Magaña Servín, hijo de don Raymundo Magaña Zúñiga y de María Concepción Servín. Luis era el mayor de dos hermanos, Delfino y José Soledad. Luis creció bien, entre la escuela, la casa y la iglesia. Era un muchachito de piel blanca, con ojos muy vivos y tiernos que sirvieron -según cuenta la gente de Arandas- como modelo para los ojos del Niño Jesús. La señora Hildelisa Arce recuerda haber oído contar a su tía, María del Refugio Martínez Camarena, este detalle de Luis Magaña cuando era niño e iba al catecismo. El Señor Cura, don David Ruiz Velazco encargó a David Cardona, pintor de Arandas, un cuadro de la Virgen del Refugio. Cuando trató de pintar los ojos del Niño Dios en brazos de su Madre, el artista buscó un modelo entre los niños del catecismo y escogió a Luis. El cuadro todavía se puede ver en la iglesia parroquial de Arandas, a la entrada, en la capilla de la izquierda. |




Se bañó, se rasuró y salió de su recámara con su flamante traje oscuro, que había
comprado en Guadalajara para su boda y que tenía guardado para el día del triunfo.
Se sentó en la mesa con los suyos y comió tranquilamente. Era la última comida.
Al terminar se levantó, se puso de rodillas delante de sus padres y les pidió
la bendición. Los animó diciéndoles que pronto volvería. Al incorporarse, tendió los brazos para abrazarlos a todos, uno a uno. Al pequeño hijo suyo, Gilberto, de sólo diez meses de edad lo estrechó a su pecho y lo besó; dio otro fuerte abrazo a su esposa Elvira que sollozaba, y se fue. Eran para entonces las tres de la tarde, hora en que Luis tomó la calle Juárez, la que siempre tomaba para bajar a la plaza o a la parroquia. En aquel tiempo la Sra. María Alvizo y sus familiares estaban concentrados en una casa de la calle Juárez. Ella recuerda que vio bajar a Luis, y como eran muy conocidos porque su padre, Benito Alvizo, había sido compadre de matrimonio de Luis, le peguntó a dónde iba así vestido de fiesta. Habiendo sabido de que se trataba, le dijo: -"No vayas, porque te van a fusilar". Y Luis, abriendo los brazos y mirando al cielo respondió: "¡Qué felicidad, dentro de una hora estaré en los brazos de Dios!" Luis fue derecho a la antigua notaria parroquial, en donde estaba la oficina del cuartel militar. Al llegar a la puerta, les preguntó a los soldados que la custodiaban si podría hablar con el general Martínez. De inmediato un oficial lo arrestó y lo condujo escoltado al Hotel Centenario donde se hospedaba el general. -¿Quién eres tú?- le preguntó autoritario el general Zenón Martínez. -"Mi general, yo soy Luis Magaña, a quien usted busca -dijo sin temblar y mirando a la cara al militar- el que ha sido detenido es mi hermano, y él no debe nada. Si me buscan a mí, dejen libre a mi hermano". El general Martínez, al encontrarse de frente a este valiente muchacho, se le quedó mirando. Debe haber sido una escena suprema aquel momento: Luis, un joven delgado, de rostro fino, vestido de fiesta, valiente, generoso, calmado, mirando de frente, con los ojos fijos en el hombre rudo, sin parpadear. El militar se levantó de su sillón, intercambió unas palabras con su teniente y dirigiéndose a Luis le dijo en tono golpeado: -"Bien, jovencito. Vamos a ver si de veras eres tan valiente como pareces." Y volviéndose al oficial, le ordenó: -"Suélteme al otro y fusile a éste de inmediato en el patio de la iglesia". Eran cerca de las cuatro de la tarde. Las calles estaban casi desiertas. Era una hora perezosa para el pueblo que, quizás amodorrado con el peso de la comida, reposadamente dormía la siesta y sólo unas cuantas mujeres colmadas de trabajo y obligaciones, sin considerar el sopor de esa hora, se afanaban en sus labores domésticas. |
El pelotón de ocho soldados y el teniente salieron del hotel detrás de dos presos:
Luis Magaña y "Pancho la Muerte", su fiel mensajero a quien habían arrestado
anteriormente. Cruzaron la plaza chica, entraron en el atrio de la parroquia de
Nuestra Señora de Guadalupe de Arandas y los colocaron a la izquierda del portal.
El teniente intentó vendarle los ojos pero Luis no quiso. El militar le preguntó cuál era su última voluntad. Luis Magaña tenía sus manos atadas por detrás. Levantó sus ojos al cielo y, ante el piquete de soldados y los curiosos que se habían congregado para presenciar la ejecución, Luis expresó sus últimas palabras. La Sra. María Mercedes Torres asegura haber escuchado las palabras de Luis y su solemne declaración: "Yo no he sido nunca ni cristero ni rebelde, como ustedes me acusan. Pero, si de cristiano me acusan, sí lo soy. ¡Soldados que me van a fusilar! Quiero decirles que desde este momento quedan perdonados y les prometo que al llegar ante la presencia de Dios, serán los primeros por los que yo pida. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe!... El padre J. Guadalupe Navarro, entonces seminarista de diez y ocho años, estaba en aquel momento en el puesto de mercería en la esquina del portalito, cerca de la notaría actual y oyó perfectamente las palabras de orden: -"Preparen las armas... Apunten... ¡Fuego!". Resonó por todo el pueblo una fuerte detonación en el silencio trágico de esta tarde. Encerrada en su casa, la madre del mártir, Conchita, se desmayó cuando oyó los disparos, como lo cuenta su nieta, Esperanza Magaña. En el atrio de la iglesia quedaron dos cuerpos inertes. Era la tarde del día 9 de febrero de 1928. |
"Era un muchacho muy simpático, muy apreciado por sus clientes en Atotonilco, quienes
le hacían fiesta cuando él llegaba, y lo invitaban a comer a sus casas. Nunca
me lo traje borracho de regreso, ni le vi hacer nada malo". En el taller de su padre se empeñó con asiduidad para hacer algunos ahorros que Luis prevenía para "el día de mañana", pues pensaba formar una familia. Con esos dineros compró y escrituró una casa a su nombre, el 18 de mayo de 1925, cuando todavía no cumplía los veintitrés años de edad y permanecía soltero. Luis se había hecho novio de la señorita Elvira Camarena Méndez, una muchacha huérfana a la que su tío Margarito Gómez había recogido, vivía a una cuadra de la casa, de modo que eran vecinos y crecieron juntos. Se trataron siempre como hermanos y sólo más tarde se comprometieron como novios. |


"En la tenería me ayudó siempre que acudí a él -recuerda Juan Barba González-. Y
no sólo me daba dinero, sino también buenos consejos. Para Luis Magaña no había
distinción entre pobres y ricos; él trataba a todos como si fueran lo mismo".
Luis seguía el consejo de Mons. José Mora y del Río, obispo de la Ciudad de México:
"Háganse amar de sus obreros y éstos no se les separarán jamás". Grande fue su devoción a la Virgen María. El 27 de noviembre de 1921, Luis estuvo presente en el acto de desagravio que se hizo en Arandas por el ataque dinamitero ante la imagen de la Virgen de Guadalupe en su Basílica de la Villa de Guadalupe de la Ciudad de México. Siendo Arandas centro de innumerables asociaciones religiosas, Luis Magaña desde muy joven se inscribió en la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, siendo uno de los que fundaron la ACJM en la localidad. El 7 de enero de 1922 visitó Arandas el líder de la ACJM (también Siervo de Dios y Mártir) Lic. Anacleto Gonzáles Flores en una gira de propaganda católica. Luis pudo ver, escuchar y admirar de cerca al "Maestro", gran defensor de la libertad religiosa de los católicos, al atleta de Cristo que con la palabra y la pluma quería renovar la sociedad mexicana. Más tarde, el 7 de noviembre del mismo año, Luis Magaña fue uno de los fundadores de la Adoración Nocturna en Arandas, asociación que tiene como objeto hacer guardia y oración ante Jesús Sacramentado durante las horas de la noche. |
Luis Magaña era un hombre pacífico y hogareño. Por lo tanto, cuando estalló el conflicto
cristero en la región alteña, entre el 10 y el 14 de enero de 1927, él
no se alistó en las filas de los beligerantes como muchos de sus contemporáneos
y paisanos, que por cierto fueron mayoría, pero los apoyó incondicionalmente en
cuanto a lo espiritual. De igual manera, si necesitaban ropa, comida o dinero,
Luis veía cómo pero se los enviaba con un mensajero de mucha confianza que tenía
y a quien apodaban "Pancho la Muerte", de oficio lechero. Luis jamás tuvo en
sus manos un arma. El Sr. José Magaña López, primo de Luis, recuerda que Luis Magaña se había quedado en Arandas para organizar el apoyo a los que estaban en el campamento de Cerro Gordo. "Vieran qué bueno era mi primo para convencer a la gente -afirma-... El juntaba de todo, hasta armas y parque, y después nos las mandaba con el correo de Pancho, muy amigo de Luis. Cargaba de costales de pan unos burros que tenía y añadía parque y otras necesidades para los que estábamos armados. Todos los días nos llegaban cosas de alguna u otra forma. Luis sabía a lo que se estaba arriesgando y se la jugó como todos". Gilberto Magaña, hijo de Luis, afirma: "Mi padre estaba muy consciente del peligro que corría, ya que mi abuelo Raymundo lo ayudaba a recolectar las cosas para enviarlas a los cristeros". De los pueblos vecinos llegaban noticias acerca de los primeros mártires. El 15 de agosto de 1926, apenas quince días después de cerrar los templos, habían sido fusilados el sacerdote Luis Batis y tres jóvenes de la ACJM, Salvador Lara, David Roldán y Manuel Morales (los cuatro son ahora Santos Mártires). Sin embargo la noticia que más impactó a Luis, fue la muerte de su gran jefe y maestro, el Lic. Anacleto González Flores, fusilado en Guadalajara el 1 de abril de 1927 con tres jóvenes de la ACJM de Guadalajara: los hermanos Jorge y Ramón Vargas y Luis Padilla Gómez (los cuatros son ahora Beatos). El gobierno del Estado de Jalisco insistía pidiendo a los presidentes municipales de Los Altos una lista de personas que andaban con los cristeros o que les prestaban ayuda. Además, para atemorizar a la gente, los cuerpos de los cristeros fusilados en Arandas eran colgados en los eucaliptos al sur de la villa, a la orilla del río Colorado. Era ésta una forma de atemorizar a la gente. En 1927, para impedir la ayuda que se prestaba a los cristeros, la autoridad militar ordenó que en cuanto terminara la cosecha de maíz, todas las familias que vivían en los pueblos chicos y los ranchos, debían concentrarse en algún centro importante que señalara la autoridad. De este modo cualquier persona que se encontrara fuera, aislada se consideraría rebelde y fuera de la ley, y podía ser fusilada sin más. La reconcentración obligaba a los campesinos pacíficos a abandonar sus siembras y sus casas. |
Dicho instante no tardó en llegar. Luis era muy hábil para esconderse. Por lo tanto,
el general Zenón Martínez no daba con él, pero sí, por desgracia, dio con su
hermano Delfino a quien tomó como rehén. Era la mañana del día 9 de febrero de
1928 cuando unos soldados se presentaron en la casa de don Raymundo Magaña portando
la orden del general para prender a Luis. Al no encontrarlo, fue entonces que detuvieron a su hermano Delfino que era dos años menor que Luis, y le dijeron a don Raymundo que si Luis no se presentaba aquél mismo día, fusilarían a Delfino, quien era soltero. Luis, en cambio, ya estaba casado, con un hijo pequeño y esperando otro. Tal hizo caer en perplejidad a don Raymundo. Cuando Luis llegó a su casa al mediodía, encontró a sus padres y a su esposa llorando. Le contaron lo ocurrido, Luis como siempre tranquilo y sereno, comprendiendo perfectamente el problema de su papá, intervino con sagacidad, diciéndoles: -"Tranquilícense. Voy a hablar con el general Martínez para averiguar lo que pasa, y les prometo traerles aquí a Delfino. A lo más, me enviarán a Guadalajara, donde se arreglará todo". El generoso Luis pensó en las palabras del Evangelio: "Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos". Y decidió entregarse para liberar a su hermano, costara lo que costara. La única pena era la de dejar a su esposa y a sus hijos, pero también tenía en el alma otras palabras muy claras que podían más que su preocupación: "Quien haya dejado casa, mujer, hermanos, padres o hijos por el Reino de Dios, recibirá la vida eterna en el mundo venidero". (Evangelio de San Lucas 18, 29) |
Beatificados, Noviembre 20, 2005 en el Estadio de Jalisco, Guadalajara (México) Cardenal José Saraiva Martins |






Luis y Elvira se casaron el día 6 de enero de 1926 en la iglesia parroquial. Elvira
tenía diez y ocho años y Luis veinticuatro. El 11 de abril de 1927 nació su
primer hijo, Gilberto. Luis tuvo una hija a la que no conoció, pues nació después
de su sacrificio y a quien su madre la llamaría María Luisa en memoria de su
padre. Juan Camarena Vázquez, primo hermano de Elvira, recuerda: "Luis era un hombre extraordinario, un compañero de mucho respeto y consideraciones para con Elvira, y muy cumplido. Yo jamás escuché de ella que le hubiera hecho una de esas, que se acostumbra a hacer a las esposas, de irse por ahí de vago. Jamás. Nada de cigarro ni de licor ni mucho menos de mujeres. De seguro que lo hubiera sabido por mi prima. Además que en el pueblo se sabe todo de todos. Aquí los chismes corren más que los vientos". |


La Sra. Esperanza Magaña, hija de Delfino, hermana de Luis, recuerda que en una reconcentración
de 1927 sus abuelitos Raymundo y Conchita dieron alojamiento a varias
familias de los ranchos. Ella tenía unos cuatro años y recuerda que su tío
Luis una vez la tomó de la mano y le dijo: "A ver, hijita, grita: ¡Viva Cristo
Rey!". El nombre de Luis Magaña Servín apareció en la lista de los sospechosos que el gobierno del Estado de Jalisco había recibido de los presidentes municipales de Los Altos. Se decía también que en Arandas había una mujer a la que le decían "La Pajarera", que trabajaba de soplona para el general Miguel Zenón Martínez, y que éste estaba muy molesto por el "trabajo" que hacía el grupo de la ACJM encabezado por Luis Magaña. Finalmente, decidió el general Martínez mandar detener a Luis Magaña tan sólo por conocerlo como un ferviente y entusiasta defensor de la fe católica. Desde la casa de su padre, Luis construyó -en su momento- un pasadizo secreto y subterráneo hasta su nueva casa que no quedaba lejos, esto lo hizo previniendo algún momento difícil. |






"En el portal de enfrente, llamado de Rafael Orozco -sigue recordando el padre Navarro-,
había gente curiosa que estaba mirando la escena". Después del fusilamiento un soldado puso un letrero pegado al muro del templo con la leyenda: "Así mueren los cristeros". En efecto, el general Miguel Zenón Martínez, con este fusilamiento que nunca había ocurrido en el atrio de una iglesia, quería escarmentar a toda la población de Arandas. Cuenta Rafael Magaña Álvarez: "Mi abuelo Raymundo fue a pedir permiso al general Martínez para llevarse a casa el cuerpo de su hijo. Después fue al templo, agarró el letrero y lo rompió. Envolvieron en una sábana blanca a Luis, lo colocaron en una pequeña escalera y lo llevaron a su casa. La madre y la esposa de Luis le cambiaron la camisa ensangrentada para guardarla religiosamente". Lo velaron toda la noche. Algunas personas recogieron con algodones aquella sangre que -según el testimonio de Esperanza Magaña-, no acababa de coagularse. En las primeras horas de la tarde del día siguiente, los familiares llevaron el cuerpo del mártir al panteón del Carmen. La madre y la esposa de Luis concedieron algunos pedacitos de la camisa ensangrentada a las amigas y mujeres piadosas que se lo solicitaron para conservar una reliquia del mártir. |
En 1980, los restos mortales y gloriosos de Luis Magaña Servín fueron exhumados.
Parte de esa camisa, el sombrero que llevaba en el momento de su fusilamiento,
la sábana en la que se envolvió su cuerpo y sus restos mortales fueron trasladados
a la capilla del Seminario Xaveriano de Misiones que esta congregación tiene
en Arandas, Jalisco, junto con los restos de los también Beatos y Mártires de
Guadalajara, los hermanos Ezequiel y Salvador Huerta, para ser religiosamente depositados al pie del altar, en espera de su canonización. Otro signo de la fama de su martirio es la cruz de madera incrustada en la cantera de la fachada de la iglesia parroquial, que el padre del mártir, don Raymundo, puso como recuerdo de la heroica muerte de su hijo. En la última remodelación de la fachada del templo, se respetó y se mantuvo esa cruz aunque fueron tapados los agujeros de las balas sobre la pared, que mucha gente recuerda haber visto durante años. El 17 de septiembre de 1994, los obispos de la Región Pastoral de Occidente, encabezados por el arzobispo de Guadalajara, Cardenal Juan Sandoval Iñiguez, reconocieron la oportunidad de iniciar la causa de beatificación y canonización de Anacleto González Flores, juntamente con otros siete compañeros mártires, todos ellos jóvenes jaliscienses de la ACJM que derramaron su sangre por Cristo Rey, entre los cuales se encuentra el Laico Mártir Luis Magaña Servín. |

El 17 de septiembre de 1997, concluida la prueba testimonial y documental, en el
templo parroquial del Santuario de Guadalupe de la ciudad de Guadalajara, el padre
postulador, Sr. Cura Ramiro Valdés Sánchez juró hacer llegar a la Congregación
para las Causas de los Santos en Roma las actas y documentos que se levantaron
de los distintos procesos, incluido el del Siervo de Dios Luis Magaña Servín. "Todos los católicos de Jalisco se suman a esta causa. Finalmente uno de los objetivos más anhelados por la ACJM es lograr la beatificación y el reconocimiento de los mártires, para que sirvan de modelo a las generaciones actuales, cuando existe en este momento una gran carencia de imitación en los estilos de vida consagrada a la fe". (Sr. Marco Antonio Alvarado Pineda, presidente de la ACJM) |


