Su vida de seminarista y sacerdote estuvo al amparo de su gran maestro, San Cristóbal Magallanes, quien fuera su primer y único párroco y con quien compartiera la gloria del martirio.
Agustín Caloca Cortés nació el 5 de mayo de 1898, en el rancho de "Las Presitas",  municipio de El Teúl de González Ortega, una pequeña población al Sur del estado de Zacatecas, limítrofe con el Norte del Estado de Jalisco.
Este pequeño pueblo ha recibido una de las más grandes glorias que ninguna otra población en el País; de su seno han salido dos santos, dos modelos de vida cristiana para la Iglesia Católica: San Agustín Caloca Cortés y
San José Isabel Flores Varela.
La vida de un hombre sencillo, humilde y obediente resplandece por sí sola a través de los años, a través de los siglos. San Agustín Caloca fue uno de los sacerdotes más jóvenes sacrificados durante la persecución religiosa que vivió México en la primera mitad del siglo pasado.
Mártir Mexicano 1898 - 1927
Mayo 25
.La voz clara, precisa y serena del Padre Agustín le infundió seguridad y confianza al joven Rafael, tanto que por un momento se olvidó de su condición de fugitivo.

"Ojalá nos aceptara a nosotros" -continuó el Padre Caloca.
"Y no supe qué decirle; me reconocí pequeño y miserable para volar tan alto".


El Padre Agustín advirtió los titubeos del muchacho y quiso mostrarse comprensivo al agregar:

-"Es natural que se sienta miedo, pero si Jesús sufrió angustia, tristeza y pavor en el Huerto, sabe infundir ciertamente alegría y valor para morir por Él".

"El padre se dio cuenta del miedo que seguramente traducía en mis monosílabos, en mi semblante desencajado, en la carrera precipitada entre el pedregal del camino".
Este fue el único trabajo pastoral que desarrolló en los tres años y casi diez meses de su sacerdocio ministerial.

En el mes de enero de 1927, porque había orden de aprehender a los sacerdotes de Totatiche, el Padre Agustín y los doce seminaristas de quinto año se fueron a vivir al rancho de Cocoazco, perteneciente a  la parroquia de Chimaltitán, Jalisco, y en ese lugar estuvieron cuatro meses desarrollando su vida de seminario.

El Padre Agustín tuvo que regresar a Totatiche para ver a los demás alumnos que habían permanecido allí. El día 21 de mayo de 1927, como a las diez de la mañana, estando todos en clase, llegó hasta el Seminario Auxiliar de Nuestra Señora de Guadalupe la noticia de que soldados federales se encontraban casi a la entrada de Totatiche, lo que provocó naturalmente gran alarma.
Cumplidos catorce años de edad ingresó en el Seminario Conciliar de Guadalajara, donde cursó dos años de latín, pero este plantel fue cerrado con motivo del anticlericalismo de las autoridades civiles y por el avance de las tropas revolucionarias de Carranza sobre Guadalajara en mayo de 1914. Los alumnos del Seminario quedaron dispersos, Agustín decidió regresar a El Teúl, donde permaneció un año con su familia.

En 1915, al abrir sus puertas el Seminario Auxiliar de Nuestra Señora de Guadalupe, a invitación del párroco de Totatiche, Cristóbal Magallanes, el joven Agustín fue recibido entre los primeros alumnos y allí hizo sus estudios de Latín y Filosofía en cuatro cursos.

Los estudios de Teología los hizo en el Seminario de Guadalajara en los años de 1919 a 1923. Durante su estancia en el Seminario, Agustín siempre obtuvo excelentes calificaciones en conducta y estudios porque fue un alumno modelo por el fiel cumplimiento de sus obligaciones y por la práctica de las virtudes, sobre todo la humildad, la obediencia, la modestia y la piedad.

El 5 de agosto de 1923 fue ordenado sacerdote en la Catedral de Guadalajara por el Sr. Arzobispo Francisco Orozco y Jiménez, quien a petición del Sr. Cura Cristóbal Magallanes, lo destinó a Totatiche como ministro de la parroquia y maestro del Seminario Auxiliar.
Sus padres fueron el señor J. Edwiges, de apellido Sánchez por su padre adoptivo, Caloca por su padre natural, y de la señora María Plutarca Cortés. De este matrimonio nacieron diez hijos, entre ellos sobresalió Agustín.

Conoció el niño Agustín el sufrimiento y dolor muy pequeño. A la edad de cinco años sufrió la enfermedad de viruela que le dejó como secuela el que los brazos no le crecieran normalmente, sino que se le quedaran muy cortos y parecieran como encogidos. No obstante tal defecto, practicaba el deporte y era alegre y sociable con todos sus compañeros, que mucho lo estimaron.

Su educación primaria la recibió bajo el cuidado del Sr. Cura don Luis Gómez, quien con paciencia y cariño le enseñó las primeras letras y los misterios de la religión. Poco más grande, el propio Sr. Cura, viendo señales de vocación sacerdotal en el chico, con el permiso de los padres, lo encaminó hacia Guadalajara.
El Padre Agustín Caloca, Prefecto del Seminario, dio la orden de que los alumnos abandonaran rápidamente las instalaciones del  plantel, se dispersaran para pasar como vecinos ordinarios del pueblo y que se ocultaran en casas de gente amiga o conocidos. El se quedó al último para evitar hasta donde fuera posible la apariencia de una casa de estudios para seminaristas.

Los siguientes hechos fueron relatados por un testigo de la captura del Padre Caloca, el Presbítero Rafael Haro Llamas, quien era, en esa fecha, apenas seminarista:

-"Me dijo a mí que le esperara, que enseguida saldríamos él y yo; me correspondía acompañarlo, tanto en mi calidad de seminarista, alumno entonces del cuarto año, como por estar hospedado en su casa y todavía más, en mi calidad de coterráneo".

Cuando el Padre Agustín y el joven seminarista Rafael Haro salieron del lugar, ambos llevaban muchos libros bajo el brazo y tomaron con rumbo al rancho de Santa María. En la ruta,  el tema de conversación dejó sentir una fuerza volcánica contenida en el pecho del Padre Agustín, y le dijo al seminarista:

-"Jesús, víctima inocente, quiere víctimas voluntarias para que se dé gloria a Dios y se pague por tantos sacrilegios y tanta maldad".
"Al ir a esconderlos, -continúa el Presbítero Haro con su relato-
en esos momentos se empezaron a oír gritos dispersos allá abajo, en el valle, y entre los árboles se veía la federación que pasaba en precipitada carrera persiguiendo a los soldados de Cristo Rey. En el instinto de ocultarme busqué el tronco de una pobre encina, raquítica y chaparra, mientras pasaron los soldados; luego subí deprisa para reunirme con el padre, pero al subir no vi ya a nadie; el camino había quedado solo; busqué para un lado y para otro, lleno de ansiedad y amargura, llamé, recorrí todas las cercanías del sitio pero no encontré al Padre Agustín".

Aprendido por órdenes del General Francisco Goñi, en calidad de prisionero, el Padre Agustín fue trasladado a Totatiche. Ese mismo día, dos horas después, también aprehendieron al
Sr. Cura Cristóbal Magallanes y lo llevaron a la misma cárcel, donde ya se encontraban el joven sacerdote Caloca y cuatro cristeros.

Por su juventud, se le ofreció al Padre Caloca dejarlo en libertad, pero declinó la propuesta a menos que también liberaran al señor
Cura Magallanes.
Muchos vecinos del pueblo, mujeres y hombres, entrevistaron al General Francisco Goñi para pedirle la libertad de los sacerdotes, porque eran pacíficos y bienhechores del pueblo. El General Goñi contestó que no podía dejarlos libres, pero se comprometió, bajo palabra de honor, a remitirlos a la Ciudad de México, donde no tendrían peligro sus vidas.

Esa fue su palabra, pero los hechos fueron distintos. El día 23, a media mañana, los dos sacerdotes fueron conducidos a Colotlán, Jalisco. Ese día pudieron llegar en sus bestias hasta Momáx, Zacatecas.

Al día siguiente arribaron a Colotlán y el 25, sin juicio previo de alguna clase, luego de haberse dado una orden de partir; se suponía que hacia México, como había prometido el General Goñi en Totatiche, pero resultó que la orden militar era para fusilarlos.

Ante la inminencia de la muerte, el Padre Agustín pidió permiso para hablar y le fue negado. Sin embargo, sólo se limitó a decir:
-"Nosotros, por Dios vivimos y por Él morimos".
Los restos de los mártires fueron exhumados el 23 de agosto de 1933, con motivo de su traslado a Totatiche, y se comprobó un detalle inesperado, el corazón del Padre Caloca estaba incorrupto. La tumba estaba llena de agua y, luego de seis años de sepultura, sólo quedaban los huesos; en el fondo del viejo sepulcro apareció el corazón, íntegro, sin corromperse, y con un fragmento de bala incrustado, lo cual fue tomado como una señal del veredicto de Dios en favor del martirio de sus siervo Agustín.

El Siervo de Dios Agustín Caloca Cortés fue beatificado el 22 de noviembre de 1992, por el Papa Juan Pablo II, junto con sus veinticuatro compañeros mártires mexicanos.

El Beato Agustín Caloca Cortés fue canonizado por el mismo Papa, Juan Pablo II, el 21 de mayo del Año Jubilar 2000, en compañía de otros 24 mártires, cuya lista encabezaba quien fuera su párroco,
Cristóbal Magallanes.
Actualmente sus restos se conservan en una urna al costado izquierdo del templo parroquial de San Juan Bautista de El Teúl, Zacatecas, su tierra natal, donde reciben particulares muestras de respeto y veneración.
Ahí mismo, está un relicario con el corazón del mártir en el que se puede percibir un pequeño fragmento de la bala que seguramente le arrebató la vida.
Un cartel en la parroquia invita a los fieles a visitar el Museo de los Mártires de esta tierra. En él se conservan muchos de los objetos del Padre Caloca que recuerdan su estancia como vicario en el pueblo de Totatiche o como formador en el Seminario del que también fue alumno; hay fotos de sus padres y sus hermanos, cartas, manuscritos y numerosos recuerdos que completan un retablo de lo que fue su vida.
San Agustín Caloca fue el hombre sencillo, obediente siempre a las peticiones de su párroco y de su Obispo, modelo de santidad para todos los cristianos y modelo auténtico de vida sacerdotal.
La caridad y humildad de San Agustín Caloca está escrita en la historia, pero todavía hay quien la puede comentar de viva voz, porque la experimentó e incluso la aprendió: el Padre Rafael Haro Llamas, el cual vivió con el Padre Agustín y lo acompañó en su huida al llegar los federales a Totatiche.
Mientras que el Padre Agustín, a pesar de la fatiga por la carga y el camino, mostraba un rostro firme y sereno, iluminado vivamente por el sol, quiso animar a Rafael con estas palabras:

-"No te preocupes, a ti no te pasará nada".

"Recuerdo aquella tranquilizadora afirmación del Padre y pienso que la protección que me alcanzó de Dios tuvo un valor casi milagroso. ¿Por qué si íbamos los dos por el mismo camino, la tropa de soldados sólo lo vio a él?".


Ambos continuaban por el camino al Rancho de Santa María, aprovechando una pendiente, el Padre Agustín Caloca le dijo al joven Haro:

-"Baja, busca alguna piedra grande para que escondas los libros, pues no conviene que nos encuentren con ellos".
El calvario del Padre Caloca se prolongó después de estas palabras, pues al contemplar apuntando hacia él la boca de los rifles, sus nervios destrozados le hicieron dar unos pasos al frente, en ademán de esquivar la descarga. El jefe del pelotón le salió al encuentro, golpeándole el rostro con una pistola.

El Sr. Cura Magallanes intervino diciéndole:

-"Tranquilízate, Padre, Dios necesita mártires; solo un momento y estaremos en el Cielo".

Ya tranquilizado, vino la explosión de las armas. Los dos sacerdotes cayeron fusilados. Sus cadáveres fueron arrastrados por los militares hasta el zaguán y la gente espantada y llorando acudió con algodones a recoger su sangre. Eufrasio Valenzuela suplicó le permitieran depositar los cuerpos en cajas, lo cual le fue concedido de muy mala gana.

Ese mismo día, entre cuatro y cinco de la tarde, los soldados y los sepultureros, los enterraron en el panteón de Guadalupe en Colotlán, sin permitir que el pueblo los acompañara.
El entonces joven Rafael fue con su papá, que era arriero, a llevar a algunos muchachos de El Teúl al Seminario de Totatiche, donde fueron recibidos por el Sr. Cura Magallanes, quien le dijo a su padre:
-"Óyeme, déjame también a este muchacho; yo seré su tutor".
Por ser su coterráneo, el Padre Caloca llevó a Rafael, que tenía 14 años de edad, a vivir a su casa; jugaban frontón juntos; también lo llevó a la presa Candelaria para enseñarlo a nadar, recuerda el Padre Haro, que ahora cuenta con 92 años de edad recién cumplidos.
Postrado en su cama, con muchos problemas de salud, el Padre Rafael se pone feliz al recordar a su maestro, benefactor, y hoy Santo, y por un momento detiene su plática para contener las lágrimas.
Cuando el Padre Caloca cantó su primera Misa en El Teúl, un 15 de agosto, el arreglo de las calles y del templo estaba precioso.
Al concluir la Misa "me tocó la cabeza y me dijo: ¿Te gustó?
-Sí, padre. -¿Quisieras ser como yo? -Claro que sí, padre".
Al Padre Rafael se le cumplió su deseo de ser como su maestro, sacerdote, pero además también el Santo cumplió con su promesa: "no te preocupes, nunca te va a pasar nada", asegura el sacerdote emérito.
La muerte del Padre Agustín Caloca fue muy triste para el Padre Haro porque lo estimaba y admiraba mucho, al verlo rezar su breviario todo el tiempo derechito, y ahora dice:

"En cierto modo siento nostalgia de volverlo a ver".