Florentino abrió la puerta y enseguida la casa se llenó de policías.
Al ruido del tumulto, Anacleto despierta y se viste rápidamente su overol, pero en las prisas se lo pone con la espalda al pecho. Y sale para escapar por la azotea, como lo tenía preparado, para cualquier alarma. Pero la soldadesca no sólo ha rodeado la casa y cuidado las puertas de todas las salidas, sino que ha invadido la azotea ¡Imposible escapar!, entonces, todavía algún tanto amodorrado, pues le han despertado en lo mejor de su sueño, vuelve a la habitación, y como era reconocido por su valor, quiere fingir todavía que no es él al que buscan.
Está pálido, lívido, y tontamente cree que podrá despistar a los que amenazaban con pistolas y que se ríen de su facha con el traje al revés, corriendo a esconderse debajo de una mesa en la misma habitación.
-¡Este barbón, tal por cual es al que buscamos...! ¡Salga de allí...! Usted se ha escondido en tal y tal casa, hijo de perra y ahora aquí. ¿Es usted Anacleto González Flores?...
Anacleto ha recobrado su serenidad:
-Sí, yo lo soy ¿Qué con eso?
-¿Dónde se esconde Orozco y Jiménez? (el Señor Arzobispo)...
-No me pregunten más... No sé nada. -Y dirige una mirada de perdón y súplica a la dueña de la casa, que con un gesto le indica no tenga pena ninguna por lo sucedido en su morada-. Todo estaba previsto... y con gusto.
Los dos jóvenes Jorge y Ramón, también han sido encontrados y del mismo modo todos los papeles, mapas e instrucciones a los combatientes que se encontraban en su mesa...
-¡Hala! tales por cuales... ahora las van a pagar todas... ¡A la inspección!...

Los agentes tomaron presos a Anacleto y a los tres jóvenes Vargas: Jorge, Ramón y Florentino, bajo el cargo de haber dado albergue al Maestro. En vano Anacleto intentó interceder por ellos, su ruego no fue escuchado.
Jorge Várgas González
Ramón 1905-1927
Jorge y Ramón Várgas González fueron hijos del doctor Antonio M. Vargas y de doña Elvira González de Vargas. Nacieron en Ahualulco de Mercado, Jalisco; Jorge el 28 de septiembre de 1899 y Ramón el 22 de enero de 1905.

En 1914 la familia Vargas González llegó a radicar a Guadalajara, aunque, por su profesión, el doctor tuvo que quedarse en Ahualulco; el fue quien, en la defensa del Santuario de Guadalupe de la ciudad de Guadalajara, el 3 de agosto de 1926, se había encargado de atender gratuitamente a los defensores heridos.
El matrimonio Vargas tuvo once hijos: seis varones y cinco mujeres. Se debe a la última de las hijas, María Luisa, muchos de los recuerdos de sus dos hermanos mártires.

Con el tiempo todos entraron a estudiar a las universidades establecidas en la ciudad. Jorge, después de sus estudios, entró a trabajar a la Compañía Hidroeléctrica, mientras que Ramón se empeñó en estudiar medicina para ser médico como su padre. Cuando murió, cursaba el cuarto año de la carrera.
Tanto ellos como su hermano Florencio pertenecían a la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) y eran muy amigos de Anacleto González Flores, a quien consideraban su jefe y maestro.

La familia Vargas vivía en la calle de Mezquitán 405, y en el tiempo de la persecución religiosa daba asilo a los sacerdotes y seminaristas que iban huyendo aquí y allá, perseguidos por la policía.

Un día llegó a la casa de Mezquitán el Padre Lino Aguirre, quien fuera mas tarde obispo de Culiacán, Sinaloa. El joven Jorge Vargas fue por un tiempo su compañero de cuarto y también de apostolado.
"No está bien, Padre Lino -le decía- que se vaya usted solo, le puede pasar algo; desde hoy yo seré su guardaespaldas".

"Y desde entonces -platica su hermana María Luisa-  mi hermano se venía pronto del trabajo, se alistaba rápidamente y para las cuatro de la tarde en overol y mangas de camisa, salía en su poderosa bicicleta custodiando al Padre Lino".

Una tarde, entró a aquella casa también el jefe de los cristeros, el hombre que todos admiraban pero que nadie quería tener la responsabilidad de hospedar, puesto que se le buscaba como jefe importante que era
Anacleto Gonzáles Flores.

Así describe María Luisa Vargas la entrada del "Maestro Cleto" a su casa:

"Por la noche, cuando nos reunimos a cenar, nos dimos cuenta de lo acontecido: Anacleto estaba en nuestra casa y se iba a quedar con nosotros. Ya habíamos tenido en la casa a varios sacerdotes y a grupos pequeños de seminaristas, pero nunca al jefe de los cristeros. La responsabilidad de alojarlo era enorme, pero imposible cerrarle las puertas, ¡eso nunca! Nadie protestó, la reunión fue breve, no hubo discusiones. Todos conocíamos al Maestro, así fue que aceptamos gustosos la acogida que nuestra madre le brindaba".
A Ramón, el estudiante de medicina, le llamaban "El Colorado" por tener el cabello completamente rojo. Al Maestro Anacleto le gustaba platicar con este muchacho sano y lleno de idealismo. Un día le soltó lo que tenía dentro:

-Oye, Colorado, ¿en qué año vas de medicina?

-En cuarto, ya para entrar a quinto.

-Oye, y ¿por qué no vas al cerro a curar a nuestros heridos? Mira, te la doy de capitán, nos ayudarías muchísimo, servirías a Dios y a la patria.
Ramón Várgas González
Jorge 1899-1927
Jóvenes Laicos y
Mártires Mexicanos
Todas las mujeres de la casa abordaron el camión de la policía, mientras que los hombres, Anacleto, los tres hermanos Vargas, Feliciano Estrada, un amigo de la familia y Bernardino Vega, un mozo de la familia, fueron llevados al Cuartel Colorado.

María Luisa, la hermana de los tres muchachos, que tenía entonces once años, recuerda muy bien y lo relata en su libro "Yo fui testigo", que su hermano Ramón hubiera podido bien escaparse.

"Ramón salió de la casa a despedirnos hasta afuera -escribe María Luisa-, y, como era alto, diferente a los demás miembros de la familia, se confundió entre la bola y llegó hasta la esquina de la casa".

Una vez en el calabozo su hermano Florentino le dijo:

-Ramón, tú te hubieras podido escapar.

-Sí, pero me dije: mi madre y mis hermanas quedan presas y ¿Yo me voy?"

Doña Elvira se despidió de sus hijos como la mujer fuerte de la Escritura, imitando a la madre de los macabeos:

-Hijos míos, ¡Hasta el cielo!

En el Cuartel Colorado los cuatro presos se encontraron con
Luis Padilla que en aquella misma mañana había sido preso en su casa; también su madre y su hermana estaban presas en la presidencia municipal junto a la madre y hermanas de los Vargas.

Entraron los cinco prisioneros,
Anacleto, Jorge, Ramón, Florentino y Luis, a un mismo salón y dio comienzo el interrogatorio. Anacleto aceptó la responsabilidad de sus actos, pero se negó a revelar los secretos que poseía la organización del movimiento cristero. Había destruido en mil pedacitos una carta, en el momento de ser preso en la casa de los Vargas, para no comprometer a los suyos.

Para obligar a Anacleto a delatar a sus jefes y compañeros, los verdugos comenzaron a golpearlo, pero sin resultado alguno. El interrogatorio y los golpes continuaron con los demás, pero éstos, siguiendo el ejemplo del Maestro, callaron igualmente. Se suspendieron los tormentos y el general Ferreira ordenó que ahí mismo se hiciera un consejo de guerra sumarísimo. Cuatro de los cinco prisioneros,
Anacleto, Jorge, Ramón y Luis, fueron condenados a muerte por estar de acuerdo con los rebeldes, mientras que Florentino Vargas fue dejado en libertad, por creer, erróneamente, que no tenía mayoría de edad.

El general ordenó que se formara el cuadro de ejecución, pero Anacleto pidió que se fusilara primero a los
hermanos Vargas y Luis Padilla, para poder confortarlos hasta el último momento. Los cuatro rezaron en voz alta el acto de contrición.

Eran las tres de la tarde del primer viernes de abril de 1927, dedicado al Corazón de Jesús. Apenas terminaron el acto de contrición una descarga cerrada cortó la vida de
Jorge y Ramón Vargas y de Luis Padilla. Por último, gritando ¡Viva Cristo Rey! cayó también el Maestro Anacleto. En una ambulancia, desde el Cuartel Colorado, los cuerpos de los mártires fueron trasladados a la inspección de policía y arrojados en el patio.

Poco antes, hacia las dos de la tarde, el licenciado Pancho González Núñez, primo de los Vargas se había presentado a la inspección de la policía para hablar con las autoridades y tramitar un amparo. Don Pancho, por lo conocido que era, entró sin dificultades al interior del edificio, y, sin hacer antesala, se presentó con el jefe, y habló agitadamente para conseguir el amparo. Saliendo del edificio, muy satisfecho, dijo: "Conseguí el amparo". Pero fue un engaño, ya los habían fusilado.

A las cinco de esa misma tarde fueron liberadas las madres y las hermanas de los Vargas y Padilla.

Más tarde corrió la voz que iban a llevar a la Ciudad de México a algunos jóvenes para fusilarlos allá. Las hermanas Vargas, recién liberadas, se consultaron y decidieron, tres de ellas, María, Lupe y Nacha, tomar un carro e ir hasta Las Juntas, cruce de ferrocarriles, por donde pasaría el tren hacia México.
Al llegar a Las Juntas, el tren acababa de detenerse, y las muchachas, acercándose a las ventanillas, empezaron a gritar:

-¡Jorge, Ramón, Florentino, asómense, aquí estamos!

Vanas esperanzas, por las ventanillas se asomaron varias personas y algunos soldados, pero ninguno de sus hermanos. El tren emprendió su carrera. En aquel momento llegaba en carro el primo Pancho González con su hermana Carolina.

-¿Qué paso, primos? -preguntaron las hermanas Vargas- ¿Ya los mataron, verdad?
-Sí -y se abrazaron llorando.


Volvieron a la casa y María, la mayor de las hermanas, entró en el oratorio doméstico donde estaba la mamá.

-¿No alcanzaron el tren? -preguntó ansiosa doña Elvira.
-Sí, mamá lo alcanzamos, pero...
-¿No estaban los muchachos? ¿Los mataron, verdad?
-Sí -contestó María- y rompió a sollozar.
-María no llores -dijo la heroica madre abrazando a su hija-. Ya me lo temía y por eso ya de los he ofrecido a Nuestro Señor. Ellos ya están en el cielo. Vamos a hacer los preparativos para recibirlos como mártires.


La noticia de la muerte de
Anacleto González Flores, Luis Padilla y los hermanos Vargas se extendió como reguero de pólvora por toda la ciudad de Guadalajara y pronto la casa de los Vargas, se vio llena de parientes, amigos, compañeros de escuela de los muchachos y conocidos. A las ocho de la noche fueron entregados los cuerpos de Jorge y Ramón, faltando, para sorpresa de todos, el de Florentino.

-Seguramente lo enterraron ahí donde lo mataron -comentó doña Elvira- ¡Era tan hablador!

Llegaron las tías González, y una de ellas se puso a llorar en forma exagerada. Entonces la madre de los mártires, la calmó diciéndole:

-Cállate, Clara. Acuérdate que nuestra misión de madres es llevar los hijos al cielo, y yo, ¡ya tengo a tres!
Jorge Várgas González
Ramón Várgas González
-No, Maestro, a mí no me gusta eso, yo soy hombre de paz; yo no le entiendo nada a esto, además yo tengo mucha ilusión en mi carrera; mire si se trata de vendar la cabeza a uno, las piernas, los brazos, pero, en un frente a pelear, no, eso sí que no.

La tarde del 31 de marzo de 1927, Ramón manifestó a un amigo y compañero de estudios un cierto presentimiento:

-Realmente no sé que tengo, esta noche no quisiera ir a dormir a mi casa.

-Pues no vayas -le contestó el amigo-, quédate a dormir en el hospital.

-Oye, muy buena idea, ya es tarde, tengo miedo de ir a mi casa.

-Miedo, ¿A qué?

-Pues no más, no sabría qué decirte. Pero mi mamá y mis hermanos estarían pendientes si no fuera.

Y Ramón se fue a su casa cerca de las once de la noche y se metió a dormir.

A las cinco de la mañana tocaron por la ventana de la calle de Herrera y Cairo, y después por la puerta de Mezquitán. Los Vargas tenían una botica y la encargada era Lupe.

-Queremos una medicina, -insistió la voz desde afuera.

Doña Elvira, que ya estaba levantada, llamó a Ramón.

-Diles que no, mamá, ya ves que llegué muy tarde, que vengan más tarde.
Ramón Várgas González
Sin esperar más, los policías, al mando de Atanasio Jerero, habían escalado los muros y estaban en la azotea sitiando completamente la casa de los Vargas, donde se ocultaba Anacleto. Nuevos toques en el zaguán, ahora más fuertes y seguidos, con gritos de:

-¡Abran la puerta, en nombre de la ley!

-Sí, ahora voy a traer la llave, -respondió desde dentro la señora Elvira, y se dirigió a los cuartos de sus hijos diciendo:

-Ya nos descubrieron, nos van a matar a todos.

Salió primero Florentino y, entreabriendo la puerta preguntó:

-A ver, ¿Qué se les ofrece? ¿Dónde está la orden de cateo?

-Esta es -dijo el policía Graciano Ochoa sacando la pistola.
Jorge Várgas González
A las diez de la noche llegó sorpresivamente Florentino.

-Mamá, mamá -le dijo una de las hijas-, está aquí Florentino.
La madre salió de la sala donde estaba velando a sus dos hijos y corrió al encuentro del hijo que pensaba ya muerto; lo abrazó diciéndole hermosas e inolvidables palabras:

-¡Ay, hijo, qué cerca estuvo de ti la corona del martirio! ¡Debes ser más bueno para merecerla!

Durante toda la noche desfilaron centenares y centenares de personas ante los restos mortales de los dos mártires; tocaban piadosamente con medallas y rosarios sus cuerpos.

El día siguiente, 2 de abril, una multitud incalculable de gente acompañó en triunfo a los mártires al panteón de Mezquitán.
Beato José Anacleto González Flores y 7 compañeros
Beatificados, Noviembre 20, 2005
en el Estadio de Jalisco, Guadalajara (México) Cardenal José Saraiva Martins
Beatificados, Noviembre 20, 2005, en el Estadio de Jalisco, Guadalajara (México) Cardenal José Saraiva Martins