Sacerdote Mexicano y Abad de la Basílica de Guadalupe
Fundador de las Religiosas Hijas de María Inmaculada de Guadalupe
Obispo electo de Constancia
1840-1898
Abril 26
José Antonio Plancarte y Labastida, décimo hijo de la familia Plancarte y Labastida, nació en México, D. F., el 23 de diciembre de 1840. Sus padres fueron Francisco Plancarte Arceo y Gertrudis Labastida y Dávalos, originarios y residentes de Zamora, Michoacán. Lo bautizaron al día siguiente en la Parroquia de San Miguel Arcángel.
José Antonio fue el único de los once hijos que nació en México, por razones de salud de su madre, lo cual fue providencial, pues gracias a ello la Santísima Virgen de Guadalupe vio nacer muy cerca de ella a este niño que, con el tiempo, sería gran promotor del guadalupanismo.
Estudió la Primaria en Guadalajara y Morelia, con tanto éxito que a la edad de once años presentó examen público frente a selectos sinodales, obteniendo mención honorífica. Sus estudios los continuó en el Seminario Tridentino de Morelia.
En 1855 ingresó al Seminario de Puebla, donde estuvo por muy breve tiempo, para luego irse a Inglaterra, al Colegio de Santa María de Oscott, en Birmingham, donde estuvo de 1856 a 1862, estudiando la Carrera Comercial, pues su anhelo era regresar a Zamora para administrar los negocios de su familia.
En Oscott se distinguió por su aprovechamiento, su gran sociabilidad, su interés por el teatro y la música, su don de gentes e incluso su capacidad de liderazgo, pues fue "Public Man" (especie de coordinador de la Sociedad de Alumnos); pero sobre todo, se distinguió por su gran amor y piedad filial a María Santísima, para quien arreglaba bellísimos altares y a quien debe el haber clarificado su vocación.
Los caminos de Dios no son nuestros caminos y aquel prometedor hombre de negocios, después de no pocas luchas interiores, como en toda importante decisión, opta finalmente por ser Sacerdote.
Luego se trasladó a Roma y se matriculó en el Colegio Romano; tuvo como residencia la Academia Eclesiástica, donde estuvo hasta 1865. José Antonio aseguraba la unión de su vocación sacerdotal con la devoción a la Virgen Santísima especialmente en la devoción puntual del Rosario.
En 1865, antes de su ordenación, escribía: "Llegó el mes de mayo, el mes de María. El mes de mi vocación al sacerdocio, el mes más lleno de recuerdos para mí".
En la madrugada del 12 de octubre de 1895 miles de peregrinos se dirigían a la Villa de Guadalupe desde todos los rumbos de la ciudad de México, entre ellos no pocos norteamericanos y centroamericanos. Al amanecer la gente se entretenía subiendo y bajando las rampas que llevan a la capilla del Cerrito; las bandas de música tocaban sin cesar, grupos de personas entonaban cantos y otros lanzaban cohetes. En la capilla del Pocito, en la iglesia de Capuchinas y en la parroquia de los Indios muchos devotos oían misa y comulgaban.

Las puertas de la Basílica se abrieron a las 8 de la mañana. Pronto se llenó todo el recinto, profusamente engalanado, la mayor parte de la multitud quedó fuera. Los diplomáticos y los invitados se colocaron en sitios especiales. Una comisión de damas llevó la corona hasta el altar. En éste, cerca el baldaquino, se puso una plataforma, y al lado del evangelio se hallaba el dosel para el Arzobispo oficiante. Estaban presentes 38 Prelados nacionales y extranjeros.

Después del canto de nona, principió la misa pontifical presidida por el Arzobispo Próspero María Alarcón. Actuó el Orfeón de Querétaro dirigido por el Padre José Guadalupe Velázquez. Se ejecutó la misa Ecce ego Joannes de Palestrina. En procesión fueron llevadas al altar las dos coronas: una de oro y otra de plata. El Sr. Arzobispo Alarcón, una vez arriba de la plataforma, besó la mejilla de la imagen y enseguida él y el Arzobispo de Michoacán, Ignacio Arciga, colocaron la corona de oro sobre la cabeza de la Virgen, suspendiéndola de las manos del ángel que se hallaba sobre el marco.

En ese instante los fieles lanzaron gritos de "¡Viva María!", "¡Madre sálvanos!" y "¡Protege nuestra Patria!", clamorosamente coreados dentro y fuera de la Basílica, mientras repicaban las campanas y se hacían estallar cohetes.
El 11 de junio de 1865 recibió el Orden Sacerdotal en Italia, de manos de Monseñor Carlos Cigli, Obispo de Tívoli. Celebró su primera misa el 13 de Junio, fiesta del San Antonio de Padua, frente al altar de San Luis Gonzaga, en la Iglesia de San Ignacio, en Roma.
Una vez ordenado sacerdote, manifestó continuamente su amor y consagración a la Virgen en sus peregrinaciones a los santuarios marianos. Escribía:
"¡Bendita sea María, a cuya devoción debo la sin igual dicha de haber ingresado al sacerdocio!".
Con la bendición del Papa Pío IX, su gran protector, regresa a México en noviembre de 1865, dispuesto a consagrarse en cuerpo y alma al bien de su amada Patria, luchando incansablemente por extender el Reino de Dios.
Muy pronto es nombrado Párroco de Jacona, Michoacán, donde permaneció del 27 de noviembre de 1867 al 24 de abril de 1882.
El Padre Plancarte y Labastida inicia su obra educativa dedicándola a la Santísima Virgen de Guadalupe. Así, el 12 de noviembre de 1867, abría el Colegio de la Purísima para Niñas, en Jacona, Michoacán. En su Diario escribió:
"Este día, consagrado por los mexicanos a Nuestra Señora de Guadalupe, fue el señalado para la apertura del primer establecimiento de instrucción para niñas en el pueblo de Jacona. La maestra y las diecisiete niñas fundadoras se prepararon desde el día anterior con la confesión sacramental; y a las seis de la mañana se cantó la misa de la Santísima Virgen, en la cual todas comulgaron. Luego leí unas reglas provisionales que tenían por objeto la moralización de aquellas jóvenes y el plan de estudios. La mañana quedaba consagrada a los estudios y la tarde a la labor; puse meditación, examen de conciencia y lectura espiritual diariamente... ".
En 1873 fundó el Colegio de San Luis. En 1876, estableció una escuela gratuita para jóvenes y un año después obtuvo de Propaganda FIDE el título y privilegios de un Misionero Apostólico.
Desde años atrás, venía el Padre José Antonio pensando en la necesidad de una nueva congregación religiosa para la atención de sus obras educativas, redactando en 1877 el reglamento para ello. El 2 de febrero de 1878 fundó la Congregación de Religiosas Hijas de María Inmaculada de Guadalupe, cuyo objetivo fue la educación de la niñez, la juventud y la mujer, la asistencia a los enfermos y ancianos, las misiones y la catequesis extra escolar.
Durante su estancia en Jacona, el Padre Plancarte también se dedicó a promover algunas mejoras materiales, como la construcción de la línea de tranvías de Zamora a Jacona, la reparación de la parroquia de Jacona y el cementerio
El 15 de abril de 1879, el Obispo de Zamora, José María Cázares y Martínez, hizo la erección canónica de la Congregación en su Diócesis y fue aprobado el reglamento.
El Padre Plancarte y Labastida permaneció en Jacona hasta 1882, fecha en que, después de grandes sufrimientos, por las persecuciones y calumnias de que fue objeto, se trasladó a la Ciudad de México. Aquí estuvo colaborando con su tío, el Excelentísimo Sr. Arzobispo de México, Don Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos.
La erección canónica de la Congregación, con el nombre de "Hijas de María Inmaculada de Guadalupe", la recibió también en México, D.F., de manos de su tío, el 19 de septiembre de 1885. En la carta del fundador, pone la Congregación bajo el amparo de la Santísima Virgen de Guadalupe.
"Amadísimas hijas en Nuestro Señor Jesucristo: Por mi anterior, fecha 4 del corriente 1885, os comuniqué la fausta noticia de la aprobación y erección canónica de vuestra Congregación en esta Arquidiócesis de México por decreto del Ilmo. Sr. Arzobispo Dr. D. Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, fechado en Tacuba el 19 del próximo pasado septiembre. La aprobación del Primado de la Iglesia Mexicana y el establecimiento de la Congregación en la capital de la República, es a la verdad, un paso demasiado gigantesco para nuestra pequeñez, que debe llenamos de gratitud y reconocimiento, para con Dios y hacia el Ilmo. Sr. Arzobispo. Recordando que la cuna de la Congregación fue puesta baja el amparo de la Sma. Virgen de Guadalupe, el 12 de Noviembre de 1867, día en que abrí el Colegio Parroquial de Guadalupe, que es hoy vuestra casa matriz…"
La consolidación de estas obras tiene importancia social, pero en el trato cotidiano con los fieles también dejó huella; en San Luis Potosí, por ejemplo, dio los primeros ejercicios espirituales, en 1889, a la hoy Venerable Sierva de Dios, Concepción Cabrera de Armida.
CORONACION DE LA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE

El pueblo mexicano había recibido de Dios una gran bendición: la aparición de la Santísima Virgen María y su imagen milagrosamente estampada en la tilma de
Juan Diego. Esta manifestación incomparable del amor de Dios y de la Virgen exigía del pueblo de México un acto que patentizara y perpetuara su agradecimiento sin límites, y esto vino a hacer cumplidamente la coronación de la Imagen del Tepeyac.

La idea de la coronación surgió después de que el Excmo. Sr. Arzobispo Dr. Don Pelagio Antonio Labastida y Dávalos coronó con gran fervor de los feligreses la imagen de Nuestra Señora de la Esperanza, en Jacona, Michoacán.

Una vez conseguida la aprobación de Roma, se fijó para este acto la fecha del 12 de octubre de 1895.

El Arzobispo le encomendó la preparación de esa ceremonia a su sobrino, el Padre José Antonio Plancarte y Labastida, quien siendo párroco de Jacona se había distinguido en la organización de la festividad anterior.
El 8 de septiembre de 1895, el Padre Plancarte y Labastida fue designado el XVI Abad de la Colegiata de Guadalupe en la Ciudad de México, cargo que ocupó hasta su muerte en 1898. El nombramiento oficial de Abad de la Basílica le fue otorgado después por el Papa León XIII.
Al iniciarse los preparativos para la coronación, fue evidente la necesidad de arreglar la Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe. La colocación del nuevo altar que era preciso construir para poner los ángeles que sostuvieran la corona, además de la sillería del coro que impedía las celebraciones más participadas por los fieles, así como la necesidad de más espacio y los nuevos gustos artísticos, hacían, así se pensó, indispensables dichos arreglos.
Encomendada esta labor al Abad José Antonio Plancarte, éste la realizó con el entusiasmo, orden y eficacia con que realizaba todas sus obras, cuidando tanto de recolectar los fondos necesarios por todo el país, como removiendo proyectos, vigilando obras, o eligiendo modelos y joyeros que se encargaran de las dos coronas para la Virgen Santísima, la de ocasiones especiales y la de diario, la primera labrada en París y la segunda en México.
El 12 de noviembre de 1887, el Abad Plancarte y Labastida publicó un folleto explicando el fin de la coronación y presentando su primer plan de colecta, hasta el 12 de octubre de 1895 que ésta se realizó; sufrió el Abad José Antonio, no sólo la dificultad de viajar y suplicar fondos para las obras y el peso enorme que toda la obra significaba, sino además los ataques arteros de los no creyentes y aún de algunos connotados eclesiásticos, y terribles acusaciones y humillaciones, que impidieron su consagración episcopal como Obispo Titular de Constancia.
Pero nada lo detenía, pues lo impulsaba el amor a Dios, Nuestro Señor, a la Virgen María de Guadalupe y la certeza de estar realizando la voluntad de sus Prelados. Por ello, mientras las espinas lo iban coronando, cuidaba seguir recolectando joyas para la corona de Nuestra Señora, como dice la estrofa de un himno al Abad Plancarte:

"Él corona a la Reina de Anáhuac
con diadema de piedras preciosas
y ofreciéndole a Ella las rosas
¡Las espinas las guarda para él!"
Al final se cantó el Te Deum en acción de gracias y los Obispos fueron poniendo sus báculos y mitras a los pies del altar de la Virgen de Guadalupe, consagrándole así sus Diócesis y poniéndolas bajo su protección.
Con estas palabras el Abad José Antonio Plancarte y Labastida se dirigía a María Santísima:
"A mi Madre Santísima de Guadalupe. Ya que me elegiste como otro Juan Diego para la restauración de tu templo en el Tepeyac; restaura, madre mía, este templo vivo de tu castísimo esposo el Espíritu Santo. Yo he ampliado el tuyo, lo he fortificado, lo he restaurado a su primitiva simplicidad y pureza de estilo; lo he enriquecido y adornado con lo mejor que ha producido el arte en este siglo. Nada más justo, que tú ensanches el ánimo y virtudes de tu pobre Antonio; que le restituyas su primitivo fervor fortificándolo en sus propósitos; que le devuelvas su antigua simplicidad y pureza de intención; y que lo enriquezcas y adornes con todas las virtudes que deben tener en este siglo, los elegidos por Dios para las grandes obras que a mí se ha dignado confiar.
¡Madre mía, amorosísima! No desampares a tu indigno hijo Juan Diego cimarrón (cimarrón, en el sentido de silvestre); bendícelo, defiéndelo, perfecciónalo, y a la hora de su muerte llévatelo al cielo para que te vea, te ame y te glorifique por los siglos de los siglos. Amén"..
El Ilustrísimo Sr. José Antonio Plancarte y Labastida permaneció como Abad de la Basílica de Guadalupe hasta el 26 de abril de 1898, día en que fue llamado a la casa del Padre Celestial.
A su sepelio asistió el general Porfirio Díaz, quien le había obsequiado un báculo con motivo de sus Bodas de Oro. La esposa de don Porfirio, Carmen Romero Rubio, había sido la Presidenta del Patronato Pro-Construcción del Templo de San Felipe de Jesús.

El Sr. Arzobispo Alberto Suárez Inda, Arzobispo de Morelia, celebró los 125 años de las Hijas de María Inmaculada de Guadalupe en la Basílica del Tepeyac, con una Misa de Acción de Gracias el sábado 1° de febrero del año 2003. Durante la homilía les dijo a las religiosas:
"Con gozo íntimo y gratitud profunda celebramos hoy los 125 años de la fundación de esta querida Congregación de Hijas de María Inmaculada de Guadalupe, precisamente en este lugar bendito que la Virgen María eligió para manifestarnos su Amor y protección. Estamos reunidos bajo la mirada tierna de esta Madre, a la que un día el Padre José Antonio Plancarte y Labastida, entonces Abad de la Basílica, quiso honrar con la Coronación Pontifica que logró que se hiciera en nombre y con la autoridad del Papa León XIII".
Posteriormente la Congregación abrió las puertas de su Casa Central para departir con amigos y bienhechores el gozo por sus primeros 125 años, motivo por el cual sus ex discípulos develaron una placa de reconocimiento a las Hijas de María Inmaculada de Guadalupe.
Pero... ¿quién ha encendido
ese amor grande y profundo?
¿Quién ha llevado a cabo
la feliz coronación?
¿En dónde está el que ha sabido
encender los corazones?
¿En dónde el que ha formado
esa Corona Imperial?
Nadie sabe... nadie piensa
en el Abad de Guadalupe,
nadie su vista dirige
hacia el grandioso titán
que arrodillado se encuentra
en un rincón de la Iglesia,
silencioso y pensativo,
sereno y lleno de paz.
Helo allí: silencioso e ignorado
y de todos olvidado
se encuentra el grandioso Abad.
Nadie su vista levanta
hacia el hombre que ha sabido
dar su vida y sus riquezas,
su honor y su libertad,
por ver a su Reina amante
coronada aquí en la tierra,
con una corona regia
cual no se ha visto igual.
Nadie se ocupa de ese hombre
que ha poco con fe pedía:
¡Una limosna! E infundía
en todos ardiente amor.
Nadie lo ve...
Y la hermosa morenita
por quien ha dado su vida,
desde su celeste trono,
¿No lo mira compasiva?
¡Oh sí, sólo Ella,
sólo la madre piadosa
ve con ojos amorosos




a su hijo, agradecida;
él le dio aquí en la tierra
rica corona de oro,
Ella le dará en el cielo
rica corona de luz.