Y siguieron adelante con la Cruz en alto. Poco después aquellos indios, desconcertados por la bondad y el valor temerario de aquellos frailes, arrojaban a sus pies sus armas, les ofrecían frutas, y les traían enfermos para que los curaran.
Enseguida, todos sentados en círculo, hicieron los frailes solemnemente el anuncio del Evangelio. Una sacerdotisa "gruesa y corpulenta" parecía ostentar la primacía religiosa. Y Fray Melchor, por el intérprete, le dijo:
"Entiende, hija, que vuestra total ruina consiste en adorar a los ídolos, que siendo hechuras de vuestras manos, los tenéis por dioses".
Ella, dando "un pellizco" al crucifijo, argumentó:
"También éste que adoráis por Dios es hechura de las vuestras".
Así comenzó el diálogo y la predicación, que terminó, después de muchas conversaciones, en la abjuración de la idolatría, y en la destrucción de los ídolos. Fray Margil, con el mayor entusiasmo, iba echando a una hoguera todos los que le entregaban.
Varios meses permanecieron Fray Margil y Fray Melchor predicando y bautizando a aquellos indios, que no mucho antes estuvieron a punto de matarles. Levantaron dos iglesias, en honor de San Buenaventura y de San Andrés. Lograron que aquel pueblo hiciera la paz con los térrabas, sus enemigos de siempre. Y cuando ya hubieron de partir, recibieron grandes muestras de amistad. La que había sido sacerdotisa pagana, les dijo con mucha pena:
"Estábamos como niños pequeños, mamando la leche dulce de vuestra doctrina".
Ellos también se fueron con mucha lástima, aunque un tanto decepcionados por no haber llegado a sufrir el martirio que buscaban.
A la vuelta de estas aventuras, los dos frailes solían quedar destrozados, enfermos de bubas, los pies llagados e infectados por las picaduras de espinos y de mosquitos, y los hábitos rotos, que tapaban con cortezas de máxtate.
El 25 de agosto de 1691, Fray Juan Capistrano le ordenó regresar a Querétaro pero la orden fue revocada poco después.
Según datos ofrecidos por Francisco de Solano (Los mayas 118-121), en la Guatemala de 1689 los franciscanos tenían 22 conventos, que servían unos 70 anejos, -todos ellos llevaban nombres de santos-, en los que vivían unas 55.000 "almas de confesión", es decir, con los niños, unos 100.000 cristianos.
El 13 de agosto de 1683 llegó Fray Margil a Querétaro con tres compañeros al convento de San Francisco, y dos días después, ya con el padre Linaz y los otros asignados, tomaron posesión del Convento de la Santa Cruz.
Todavía este primer Colegio de Misiones franciscano de América no tenía más que un claustro con doce celdas y unos pocos frailes.
Es creyente, sus páginas brillantes ¿No consignan, acaso los gigantes   de santidad: Felipe de Jesús, Las Casas y Zumárraga y Margil, Laurel y Zúñiga y la flor gentil Juana, la enamorada de la Cruz?
San José María Robles Hurtado
De su poesía "Imposible", Octubre de 1926.
Sacerdote español, Misionero
en México y
Países Americanos 1657 - 1726
Agosto 6
Luego se fueron a misionar unos pueblos de choles en la Verapaz, donde había ya franciscanos de Querétaro. Fray Margil quedó en el pueblo de Belén, para aprender la lengua cholti, y después de diez años de andar siempre juntos, Fray Melchor, su fiel compañero y amigo, partió a misionar más al sur.
Se organizó por entonces una expedición de seiscientos soldados, que sería conducida por el mismo Presidente de Guatemala, don Jacinto de Barrios Leal, para abrir camino entre Yucatán y Guatemala. Fray Margil, experto en caminos, asesoró con otros el proyecto. La marcha fue larga y muy penosa, y en los descansos y comidas Fray Margil no se quedaba con el grupo formado por Barrios, su séquito y otros religiosos, sino que se iba a sentar con los indios, a quienes les cedía el vino que le daban, pues él sólo bebía agua, y poca.
Días y semanas continuó la marcha hacia los lacandones, abriéndose muchas veces el camino con machetes. A los tres meses llegaron por fin a los lacandones, y precisamente al pueblo donde hacía más de un año estuvieron a punto de morir Fray Margil y Fray Melchor. Allí, con el nombre de Nuestra Señora de los Dolores, que aún dura, se hizo pueblo, fuerte e iglesia. En Dolores tradujo Fray Margil a la lengua lacandona una síntesis de la doctrina cristiana, en la que fueron instruidos los indios.
Un mercedario de la expedición, Fray Blas Guillén, contó después que Fray Margil oraba de rodillas desde la mitad de la noche hasta el amanecer, y que en la procesión del Corpus de 1695, "sin quitar la vista del Santísimo Sacramento que yo llevaba, caminaba de espaldas tañendo, danzando y cantando, con tanta agilidad y extraordinarios saltos, que se suspendía casi a una vara del suelo, exhalando en el rostro incomparable alegría". Hasta marzo de 1697 estuvo Fray Margil con los lacandones, evangelizándoles y honrando en ellos el nombre de Cristo.
Cantar en los caminos interminables, para hacerlos más llevaderos, era igualmente antigua costumbre de los misioneros de América. Fray Margil, acompañado por el veterano Fray Melchor, cantaba siempre, en los caminos o al entrar en los pueblos, en ayunas o no. Y eso que a veces llegaban a los pueblos tan extenuados, como una vez en Tuxtla, que los daban por moribundos; pero a los pocos días, otra vez estaban de camino.
De tal modo los indios de Chiapas quedaron conmovidos por aquella pareja de frailes, tan miserables y alegres, que cuando después veían llegar un franciscano, salían a recibirle con flores, ya que eran "compañeros de aquellos padres que ellos llamaban santos".
Así fueron misionando hasta llegar a Guatemala, el 21 de septiembre de 1685 y tres años después a Nicaragua. Ni las distancias ni el tiempo eran para ellos propiamente un problema: llevados por el amor de Cristo a los hombres, ellos llegaban a donde fuera preciso.
En 1688 llegaron los Padres Margil y Melchor a la extremidad sureste de Costa Rica, a la Sierra de Talamanca, donde vivían los indios talamancas, distribuidos en varias tribus. Habían sido misionados hacía mucho tiempo por Fray Pedro Alonso de Betanzos y Fray Jacobo de Testera -aquél que fue a Nueva España en 1542 y llegó a conocer doce lenguas-, pero apenas quedaba en ellos huella alguna de cristianismo.
Eran indios bárbaros, cerriles, antropófagos, que ofrecían sacrificios humanos en cada luna, y que concebían la vida como un bandidaje permanente. Tratados por los españoles con dureza, se habían cerrado en sí mismos, con una hostilidad total hacia cuanto les fuera extraño. Entrar a ellos significaba jugarse la vida con grandes probabilidades de perderla.
En efecto, cuando entraron los dos frailes entre los talamancas, hubieron de pasar por peligros y sufrimientos muy grandes. Pero no se arredraron, y consiguieron, en primer lugar, que don Jacinto de Barrios Leal, Presidente de Guatemala, no permitiese que se sacasen más indios del lugar para el trabajo en las haciendas.
Enseguida ellos, con el esfuerzo de los indios, comenzaron a abrir caminos o a rehacer los que se habían cerrado. Levantaron iglesias con jarales y troncos, y fundaron unas 30 misiones desde Cartago, Costa Rica, hasta los límites con Panamá, entidades que pertenecían a la Capitanía de Guatemala; lo que hoy es Panamá estaba incorporado a la Gran Colombia y su zona de influencia era el Virreinato del Perú.
Algunas de ellas fueron: Santo Domingo, San Antonio, El Nombre de Jesús, La Santa Cruz, San Pedro y San Pablo, San José de los Cabécaras, La Santísima Trinidad de los Talamancas, La Concepción de Nuestra Señora, San Andrés, San Buenaventura de los Uracales y Nuestro Padre San Francisco de los Térrebas. Y aún hubo más fundaciones, San Agustín, San Juan Bautista y San Miguel Cabécar, que Fray Margil menciona en cartas.
Así, con estas penetraciones misioneras de vanguardia, Fray Margil y Fray Melchor abrían caminos al Evangelio, iniciando entre los indios la vida en Cristo. Luego otros franciscanos venían a cultivar lo que ellos habían plantado. Al comienzo, concretamente en Talamanca, las dificultades fueron tan grandes, que los dos franciscanos que en 1692 entraron a sustituirles, enfermaron de tal modo por la miseria de los alimentos, que "sino salieran con brevedad, hubieran muerto".
Los Padres Margil y Melchor tenían un aguante increíble para vivir en condiciones durísimas, y así, por ejemplo, en una carta que escribieron en 1690 al Presidente de Guatemala, se les ve contentos y felices en una situación que, como vemos, fue insoportable para otros misioneros:
En el Convento de la Cruz, aún existe un frondoso arbusto que da espinas en forma de cruz en cuyos brazos nacen otras semejando los clavos del Cristo. Cuenta la leyenda que la planta nació del bastón de Fray Margil que un día dejó olvidado en el patio; es única y en lo místico recuerda a la flor Pasionaria.
Los antecedentes de este convento datan de 1531, cuando en la Loma del Sangrenal fue construida una capilla para venerar la Santa Cruz de la Conquista. Luego, en 1666, la Iglesia y el convento fueron destinados a Casa de Recolección con el nombre de San Buenaventura.
Antonio Margil Ros, nació el 18 de agosto de 1657, en Valencia, capital del antiguo reino español, en la humilde familia formada por el matrimonio de Juan Margil y Esperanza Ros, que tuvieron otras dos hijas. A los siete años ayunaba a veces para poder llevar pan a los pobres de su escuela.
Cumplidos los quince años, el 22 de abril de 1673, entra en el Convento de la Corona de Cristo, de la Orden Franciscana, donde profesó en abril de 1674. Estudió tres años de Filosofía en el convento de San Antonio de Denia, en Alicante, donde permaneció hasta 1678. Después regresó a Valencia para estudiar la Teología.
A los veinticinco años es ordenado sacerdote, en 1682. Tuvo algunos ministerios en Onda y Denia, y pronto supo que el padre Linaz, mallorquín, había venido de México, buscando misioneros para los indios de Sierra Gorda, entre Querétaro y San Luis de Potosí. No tuvo que pensarlo Fray Antonio mucho tiempo, y con el mismo padre Linaz, nombrado por la Propaganda FIDE Prefecto de las Misiones en las Indias Occidentales, y con 17 padres más y 4 hermanos, el 4 de marzo de 1683 se embarcaron en Cádiz hacia América, llegando a Veracruz, México, el 6 de junio de 1683.
Poco antes Veracruz había sido arrasada por una docena de navíos piratas, y nuestros frailes, cumplida la caridad con aquella gente afligida, de dos en dos, por caminos distintos, se pusieron en camino hacia la Ciudad de México y Querétaro. Hacían el viaje al estilo franciscano, iniciado en México siglo y medio antes por Fray Martín de Valencia y los Doce: caminaban a pie y descalzos, sin alforja, con traza y realidad de pobres, alimentándose de limosna y pasando las noches en corrales o donde podían, armados sólo de un bastón, un crucifijo y el breviario.
Cuando la pareja de caminantes franciscanos, flacos y pobres, entraba en los pueblos cantando y con la cruz en alto, la gente salía a recibirlos con especial alegría: sentía que allí llegaba el Evangelio, es decir, que allí venía el mismo Cristo.
Esta marcha apostólica fue para Fray Antonio Margil de Jesús no más que un suave entrenamiento, pues en cuarenta y tres años de viajes misioneros él había de caminar decenas y decenas de miles de kilómetros, siempre descalzo y a pie, y a un paso muy ligero, como "fraile de pies alados".
En la expedición del Padre Linaz vino también un padre de edad avanzada, Fray Melchor López de Jesús, que durante muchos años fue el compañero inseparable de Fray Margil en sus correrías apostólicas. En el Proceso de beatificación de éste, se aseguró que Fray Melchor, el de aspecto marchito y hábito roto, había dicho en Valencia, cuando Antonio Margil era sólo un niño: éste "ha de ser mi compañero en las misiones de infieles".
Desde Querétaro, en 1684, se inicia la vida misionera de Fray Margil de Jesús, una carrera que había de durar cuarenta y tres años, y que llevaría la luz del Evangelio a lo largo de itinerarios asombrosamente largos. Desde Natchitoches, en el nordeste, cerca de la bahía del Espíritu Santo, en el Mississippi, hasta Boruca, en el istmo de Panamá, y por todo el centro de México, a través de innumerables pueblos, ciudades y despoblados, también en Yucatán, México, y en Guatemala, Fray Antonio Margil, viajando siempre a pie, predicó a españoles e indios, pero sobre todo, como evangelizador de vanguardia, a los indios de las zonas más lejanas, inhóspitas y peligrosas.
En 1684, a poco de llegar, Fray Margil y Fray Melchor partieron para el sur, con la idea de llegar a Guatemala. Atravesando por los grandiosos paisajes de Tabasco, caminaron con muchos sufrimientos en jornadas interminables, atravesando selvas y montañas. No llevaban consigo alimentos, y dormían normalmente a la intemperie, atormentados a veces por los mosquitos. Predicaban donde podían, comían de lo que les daban, y solamente descansaban media noche, pues la otra media, turnando entre los dos, se mantenían despiertos, en oración, velando el crucifijo. El 1° de abril de 1684 llegaron a Campeche.
En sus viajes misioneros, allí donde les parecía, en el claro de un bosque o en la cima de un cerro, tenían costumbre -como tantos otros misioneros- de plantar cruces de madera, tan altas como podían. Y ante la cruz, con toda devoción y entusiasmo, cantaban los dos frailes letrillas como aquélla:
"Yo te adoro, Santa Cruz / puesta en el Monte Calvario: / en ti murió mi Jesús / para darme eterna luz / y librarme del contrario".
Entonces los indios, hombres y mujeres, les rodearon con palos y lanzas. Ellos, amenazados y zarandeados, resistían firmes y obstinados. Pero los indios, "mostrándoles el Santo Cristo, lo escupieron y volvían los rostros para no verle, tirando muchas veces a hacerle pedazos", y uno de ellos dio un macanazo en la cara del crucifijo. Así, apaleados, empujados y molidos, los echaron fuera del pueblo, y ellos, con mucha pena, se volvieron a Cabec.
Nada de esto desanimaba o atemorizaba a Margil y Melchor, pues "consideraban como algo normal que la evangelización fuera aparejada con el martirio". De allí se fueron a los indios borucas, lograron cristianizar a una tercera parte de ellos, y levantaron en Boruca una iglesia y un Viacrucis.
Pasaron luego a los térrabas, los más peligrosos de la Talamanca, y con ellos alzaron una iglesia a San Francisco de Asís. Estando allí, enviaron un mensaje a los indios montañeses de los palenques, en el que les decían:
"Para que sepáis que no estamos enojados con vosotros y que sólo buscamos vuestras almas... después que hayamos convertido a los térrabas... volveremos a besaros los pies".
Y así lo hicieron. Se fueron a los palenques de la montaña, e hicieron intención de abrazar y besar los pies a los ocho caciques que les salieron al encuentro. Uno de ellos estaba lleno de "furor diabólico", jurando matarles, y los otros siete, que iban en paz, avisaron a los frailes que otros muchos indios estaban con ánimo hostil. Fray Margil les dijo:
"Siendo Dios nuestro Señor servido, con estos hábitos que sacamos del Colegio hemos de volver a él; y en cuanto a la comida, así entre cristianos como gentiles no nos ha faltado lo necesario y tenemos esa fe en el Señor que jamás nos ha de faltar; aunque es verdad que en todas estas naciones no hay más comidas que plátanos, yucas y otras frutas cortas, algún poco de maíz y en la Talamanca un poco de cacao... el afecto con que nos asisten con estas cosas, hartas veces nos ha enternecido el corazón".
Fray Margil escribía también de estos indios al Presidente intercediendo por ellos, para que recibieran buen trato:
"Son docilísimos y muy cariñosos: su modo de vivir entre sí, los que están de paz, muy pacífico y caritativo, pues lo poco que tienen, todo es de todos... después que nos vieron solos y la verdad con que procuramos el bien de sus almas, se vencieron y... nos quisieron poner en su corazón".
En febrero de 1691, la iglesita de San José por ellos levantada, cerca de Cabec, fue quemada por unos indios que vivían en unos palenques en las altas montañas. Los frailes Margil y Melchor, frente a la iglesia derruida y quemada, y ante los indios apenados, se quitaron el hábito, se cubrieron las cabezas con la ceniza, se ataron al cuello el cordón franciscano, y se disciplinaron largamente, mientras rezaban un Viacrucis. Hecho lo cual, anunciaron que se iban a la montaña, a evangelizar a los indios rebeldes de los palenques. El intérprete que iba con ellos, Juan Antonio, no quiso seguirles, pero tuvo la delicadeza de preguntarles en dónde querían que enterrasen sus cuerpos, pues los daba ya por muertos. Ellos respondieron que en San Miguel.
Más tarde, los mismos protagonistas de esta aventura apostólica escribían:
"Nos tiramos al monte... y llegando al primer palenque hallamos sus puertas y no hallamos nadie dentro... Estuvimos todo aquel día y noche en dicha casa".
Como en ella encontraron un tambor, en el silencio de la montaña y del miedo se pusieron con él a cantar alabanzas al Señor. A la mañana siguiente, entraron en el poblado y no vieron sino mujeres, casi ocultas, que les hacían señales para que huyeran. Fray Margil y Fray Melchor siguieron adelante, hasta dar con la casa del cacique, donde desamarraron la puerta para entrar.
Los dominicos atendían pastoralmente un número semejante, y lo mismo los seculares y mercedarios, con lo que el número de indios cristianos en aquella zona era de unos 300.000.
Había, sin embargo, todavía naciones de indios que se resistían tanto al Evangelio, como al dominio hispano, y entre ellos se contaban los de la región de Verapaz. El obispo de Guatemala rogó a los dos frailes misioneros que pasaron a evangelizar y pacificar a aquellos indios del norte de país. Y sin pensarlo dos veces, allí se fueron Fray Margil y Fray Melchor el 13 de diciembre de 1691.
Al entrar en los pueblos, iban con la Cruz alzada, cantando el Alabado, saludaban a todos, ponían la Cruz en manos del cacique y le pedían los ídolos, asegurándoles que no valían para nada. Entregaban los indios, sacándolos de sus escondrijos, figurillas de piedra o madera, hule o copa, y mientras todo ardía en el fuego, Fray Margil y Fray Melchor, para desagraviar al Creador y Redentor, se disciplinaban y castigaban con diversas penitencias.
La acción evangelizadora de estos frailes fue de tal modo recibida, que más tarde, cuando llegaban a otro pueblo, encontraban a veces la hoguera ya preparada para quemar en ella los ídolos.
A mediados de 1692, pasaron los dos misioneros a los choles. Estos indios ya en 1574 habían sido evangelizados por los dominicos de Cobán, que está al centro de la Guatemala actual, y para 1633 había en la nación Chol unos seis mil cristianos, reunidos en numerosas poblaciones. Pero en ese año se rebelaron y quemaron todas las iglesias, volviendo a su género anterior de vida. Todavía en 1671 un hermano dominico, y un decenio después algunos padres llamados por él, intentaron cristianizar los choles.
Con estos precedentes, cuando Fray Margil y Fray Melchor, informados por los dominicos, fueron a los choles, "toleraron hambres, descomodidades y peligros; y hubo veces que los tuvieron desnudos, atados a un palo día y noche, descargando lluvia de azotes sobre sus fatigados miembros". Cuando los dos frailes contaban más tarde esta misión, se limitaban a decir:
"Padecimos lo que el Señor fue servido".
Y tuvieron un éxito no pequeño, pues lograron fundar ocho pueblos, cada uno con su iglesia.
"A ésos buscamos, a ésos nos habéis de llevar primero".
A mediados de 1692, recibieron los frailes unos indios enviados por el alcalde de Cobán, que les rogaron fuesen a evangelizar a los lacandones, etnia emparentada con los mayas, enclavada en la selva de Chiapas, México. Estos indios, radicados en torno al río Usumacinta superior, y extendidos hacia las selvas meridionales, obstruían la relación entre Yucatán y Guatemala. Eran muy feroces, siempre irreductibles, y nadie se atrevía a internarse por su zona.
En 1555, los primeros apóstoles de los lacandones, los dominicos Andrés López y Domingo de Vico, habían muerto en sus manos. Era, pues, ésta una misión perfectamente adecuada para nuestros dos misioneros, que hacía tiempo habían dado ya su vida por perdida.
Fray Margil y Fray Melchor, con algunos guías indios, partieron de la próspera población de Cobán, con algunos bastimentos, hacia la sierra de los lacandones. Tras varias semanas de marcha, en medio de sufrimientos indecibles, y consumidos los víveres, fueron abandonados por los guías, que tenían horror a los lacandones, y después de seis meses de hambres y calamidades extremas, habiendo conseguido nuevos guías, llegaron medio muertos al primer poblado de los lacandones. Estos los molieron a golpes, les destrozaron los hábitos y cuanto llevaban consigo, y los encerraron en una cabaña durante cinco días, con intención de sacrificarlos después.
De todos modos, en ese tiempo los religiosos se las arreglaron para discutir con los indios. Pero ni los indios conseguían que los frailes adorasen sus ídolos, ni los frailes conseguían que los indios venerasen la Cruz.
Un cacique viejo propuso entonces que fuera a Cobán Fray Margil con varios lacandones, y que si les recibían bien, solamente entonces creerían que los frailes venían en son de paz. Fray Melchor quedó como rehén, y Fray Margil partió con doce lacandones tan rápidamente que llegaron a Cobán en quince días.
Permitió Dios, sin embargo, que con el cambio de clima, de los doce indios muriesen diez. Al regreso, los lacandones molieron a golpes a Fray Margil, que con Fray Melchor, hubo de regresar a los dominicos de Cobán. Se ve que no había llegado todavía para los lacandones la hora de Dios.
A finales del siglo XX, apenas quedan 200 personas en tres comunidades.
El 9 de mayo de 1692 le pidieron que volviera a Guatemala para fundar un hospicio para misioneros.
En No gustaba de honores externos, y cuando en un Viacrucis un religioso, en las vueltas, se obstinaba en darle siempre el lado derecho, él le dijo:
"Déjese de eso y vaya por donde le tocare, que en la calle de la Amargura no anduvieron en esas cortesías con Jesucristo".
En aquella zona los indios, ajenos a la autoridad hispana, seguían haciendo sacrificios humanos, realizaban toda clase de brujerías, y según una Relación de religiosos, se comían a los prisioneros de guerra, bien sazonados "en chile o pimiento". El primer biógrafo de Fray Margil, el Padre Isidro Félix de Espinoza, basado en informes realizados por aquél, dice que los indios de la región de Sébaco sacrificaban en una cueva cada semana "ocho personas grandes y pequeñas, degollándolas y ofreciendo la sangre a sus infames ídolos", y que la carne de las víctimas sacrificadas "era horroroso pasto de su brutalidad".
A finales de julio de 1703, volvió Fray Margil a Guatemala, al Colegio de Cristo Crucificado una temporada, a consolidar la construcción material y espiritual de aquel nuevo Colegio de Misiones, y a vivir en la comunidad el régimen claustral, según la norma que él mismo se había dado:
"Sueño, tres horas de noche y una de siesta; alimentos, nada por la mañana; al mediodía el caldo y las yerbas... "
De nuevo partió a misionar, esta vez a la vecina provincia de Suchiltepequez, donde todavía existía un numero muy grande de "papas", brujos y sacerdotes de los antiguos cultos.
Ayudado por Fray Tomás Delgado, consiguió Fray Margil entre aquellos pobres indios, oprimidos por maleficios, temores y supersticiones, grandes victorias para Cristo. Cuatro "papas", voluntariamente, se fueron al Colegio de Cristo, donde fueron catequizados y permanecieron hasta su muerte.
Las cartas-informes escritas por Fray Margil en esos años solían ser firmadas humildemente:
"La misma nada, Fr. Antonio Margil de Jesús".
En ellas se dan noticias y opiniones de sumo interés. En una de ellas, del 2 de marzo de 1705, se toca el tema de la conquista espiritual hecha con la Cruz y la espada. Dice así:
"Como es notorio y consta de tradición y de varios libros historiales, en ningún reino, provincia ni distrito de esta dilatada América se ha logrado reducción de indios sin que a la predicación evangélica y trato suave de los ministros, acompañe el miedo y respeto que ellos tienen a los españoles".
Guiado por esta convicción, a lo largo de su vida misionera, en muchas ocasiones vemos cómo Fray Margil, lo mismo que otros misioneros anteriores y posteriores de América, propuso y asesoró a los gobernadores las entradas de soldados entre los indios. En realidad, en la inmensa mayoría de las entradas pacificadoras y evangelizadoras realizadas en América, solía haber muy poca espada, y mucha Cruz.
Concretamente, Fray Margil, que ya había concluido su guardianía y que era entonces Vice-comisario de Misiones, propuso que una expedición de cincuenta hombres entrara a los indios de Talamanca, donde el bendito Fray Pablo de Rebullida, que ya hablaba siete lenguas indígenas, venía trabajando con grandes dificultades hacía años. El mismo Fray Margil se integró en la expedición, y así llegó de nuevo entre los indios de Talamanca.
Pero estaba de Dios que terminara ya su acción misionera en el sur. En efecto, por esas fechas fue llamado para fundar en Zacatecas, México, otro Colegio de Misiones. Para entonces, muchos lugares, entre Chiapas y Panamá, habían recibido para siempre el sello de Cristo que en ellos había marcado Fray Margil con otros misioneros. Muchos pueblos habían sido testigos de su caminar alado, de sus oraciones y penitencias, de sus predicaciones y milagros. En cien lugares diversos se guardaría memoria de él durante siglos: "Aquí estuvo Fray Margil de Jesús".
Milagros, en efecto, hizo muchos Fray Margil. En un cierto lugar, se acercó a una niña muerta, y con decirle: "Ya María, ya basta, ven de donde estás", la había devuelto a la vida. En otra ocasión, un ladrón le detuvo en la mitad de un bosque, pero terminó de rodillas, confesándole sus pecados. Y Fray Margil, después de haberle reconciliado con Dios, lo remitió al Guardián de un convento próximo, seguro de que iba a morir: en una carta suya que llevaba el ladrón arrepentido decía:
"Dará V. P. sepultura al portador".
De nuevo en 1706 el paso rápido de Fray Margil recorre los senderos de la Nueva España: México, Querétaro, y finalmente -por el camino que, según se dice, abrió aquel antiguo carretero, el franciscano Beato Sebastián de Aparicio-, Zacatecas, donde había de fundar, el 12 de enero de 1707, el tercer Colegio de Misiones de Propaganda FIDE, y fue su primer Superior.
De Zacatecas partió hacia el norte del país la cruzada evangélica del Siglo XVIII para crear una frontera ante la expansión protestante de los Estados Unidos. Hubo 28 Misiones en Nuevo México; 18 en el Obispado de Monterrey, México, en manos de franciscanos de los Colegios de Zacatecas y Pachuca. En el Obispado de Sonora hubo 24 misiones a cargo de franciscanos de Querétaro y de dominicos de México que tenían la Baja California.
En la Alta California había 37 a cargo de los franciscanos de San Fernando. Entre las distintas órdenes religiosas existieron en total 157 misiones.
Fray Margil era infatigable... En 1707 salió a predicar a muchas ciudades y pueblos de la región: Guadalajara, y otras zonas de Jalisco; Durango, Querétaro, San Juan del Río, Santa María de los Lagos -que luego cambió su nombre a Lagos de Moreno-, siempre llevado por sus rápidos pies descalzos, sin conocer nunca vacaciones ni más descansos que los indispensables. Solía decir:
"Para gozar de Dios nos queda una eternidad; pero para hacer algo en servicio de Dios y bien de nuestros hermanos, es muy corto [el tiempo] hasta el fin del mundo".
En Guadalajara conoció a las Carmelitas de Santa Teresa de Jesús, especialmente a Sor Leonor de San José, con quien tuvo una preciosa relación epistolar durante años.
En 1709 presidió el Capítulo Provincial intermedio de la Provincia de Zacatecas; en marzo regresó a Querétaro para intentar evangelizar a los nayaritas. En efecto, en ese mismo año de 1709 el Rey había autorizado al Gobierno de Guadalajara para que organizase una entrada a los indios de la Sierra del Nayarit, en la Sierra Madre Occidental, resistentes a todo gobierno hispano y a toda luz evangélica.
Ocho años antes, los nayaritas habían flechado y muerto en sus montañas a Francisco Bracamonte, a un clérigo y a diez soldados. Ahora, en la cédula real se indicaba que la parte evangelizadora de la empresa fuera conducida por Fray Margil, "diestro y experimentado en apostólicas correrías".
A comienzos de 1711, ejerciendo esa función asesora, Fray Margil escribe a la autoridad de Guadalajara, y solicita para todos los indios cora y nayaritas que en la próxima expedición fueran pacificados, un indulto general, de modo que no fueran castigados por los delitos cometidos en sus tiempos de rebeldía. Al mismo tiempo indicaba:
"También convendrá ofrecerles a los indios que se redujeren y estuvieren como buenos cristianos que no se les pondrá Alcalde Mayor ni otra justicia española, sino que el pueblo que se formare con su iglesia tendrá su Alcalde indio, de ellos mismos".
Y otra cosa más:
"Que no se permitirá entren a sus pueblos negros, mulatos, mestizos, sino los que los misioneros les pareciere ser conveniente".
La víspera de partir a esta acción misional, el 15 de abril de 1711, Fray Margil le escribía a Sor Leonor:
"Ya de aquí [de San Luis de Colotlán] iremos acercándonos al Nayarit, y así, ahora, apretar con nuestro buen Jesús... para que aquellos pobres reciban la fe... Acompañemos todos a Jesús. El solo sea el misionero y nosotros... sus jumentillos".
La expedición fue un fracaso. En mayo, desde Guazamota, fue enviada al jefe de los nayaritas una embajada de dos indios, uno de los cuales, Pablo Felipe, hablaba la lengua cora. Ellos leyeron solemnemente a los nayaritas la Cédula Real, en la que se proponían medios pacíficos de conquista, y el ofrecimiento de amistad. Pero la respuesta del rey de Nayarit fue tajante:
"No se cansen los padres misioneros. Sin los padres y los alcaldes mayores estamos en quietud, y si quieren matarnos que nos maten, que no nos hemos de dar para que nos hagan cristianos".
Fray Margil y Fray Luis decidieron insistir, y el 21 de mayo se entraron en la sierra, armados solamente con unas cruces de madera. Al fin llegaron a un lugar donde treinta arqueros les atajaron el paso. Fray Margil les habló con la mayor bondad, y luego él con Fray Luis se pusieron de rodillas, con los brazos en cruz, para que los flecharan. Los indios bajaron sus arcos, pero siguieron en su obstinada negativa, respondiendo por Pablo Felipe la misma palabra: "Que no quieren ser cristianos". No los flecharon, pero les echaron en burla un zorro lleno de paja: "¡Tomad eso para comer!".
Años después, cuando los Jesuitas lograron penetrar en la sierra nayarita, veneraban el árbol donde una noche Fray Margil lloró, al ver que los indios del Gran Nayar rechazaban a Jesucristo. Entonces, tanto nayares como Jesuitas, se quitaban el sombrero ante aquel árbol, en recuerdo devoto del bienaventurado Margil de Jesús.
El Colegio de Guadalupe, de Zacatecas, no había fundado todavía ninguna misión, y como Fray Margil tenía licencia del Comisario franciscano para predicar en cualquier lugar de la Nueva España, eligió el norte.
"Ya que este Colegio hasta ahora no ha podido tratar de infieles -escribía a comienzos de 1714-, será bueno que yo, como indigno negrito de mi ama de Guadalupe, pruebe la mano y Dios nuestro Señor obre".
Acercándose ya a los sesenta años, Fray Margil estaba flaco y encorvado, sus pies eran feos y negros como los de los indios, y ya no caminaba ligero, como antes, pero conservaba entera su alegría y su afán misionero era cada vez mayor. Había fundado por ese tiempo en el Real de Boca de Leones un hospital para misioneros de Zacatecas, y allí se estuvo, esperando irse a misionar a Texas, al norte.
Desde finales del siglo XVII, veinte años antes, misioneros de Querétaro y de Zacatecas habían misionado en el Nuevo Reino de León, en Coahuila, en Texas y Nuevo México. Pero aquellas misiones, tan costosamente plantadas, no acababan de prender, unas veces por lo despoblado de aquellos parajes, otras por los ataques de los indios, y también porque apenas llegaba allí el influjo de la autoridad civil española. Años hubo en que Fray Francisco Hidalgo quedó solo, a la buena de Dios, e hizo varios viajes más allá del río de la Trinidad, cerca del actual Houston, para asegurar a los indios de las antiguas misiones de San Francisco y Jesús María, que ya pronto regresarían los padres.
En 1714, ciertas intromisiones del francés Luis de Saint Denis con veinticinco hombres armados, que se acercó hasta el presidio de San Juan Bautista, junto a río Grande, alarmaron a las autoridades virreinales de México, que por primera vez comprendieron el peligro de que se perdieran para la Corona española las provincias del norte y Texas. Se dispuso, pues, a comienzos de 1716, una expedición de veinticinco soldados con sus familias, al mando del capitán Domingo Ramón, que con la ayuda de misioneros de Querétaro y de Zacatecas, habrían de asentarse en cuatro misiones.
Los cinco frailes de la Santa Cruz -entre ellos el Padre Hidalgo, aquél que se había quedado solo para asegurar a los indios el regreso de los frailes-, fueron conducidos por Fray Isidro Félix de Espinoza, biógrafo de Fray Margil. Y otros cinco religiosos del Colegio de Guadalupe partieron bajo la autoridad de Fray Margil de Jesús. Formaban entre todos una gran caravana de setenta y cinco personas, frailes y soldados con sus mujeres y niños. En una larga hilera de carretas, y arreando más de mil cabezas de ganado, partieron todos hacia el norte, para fundar poblaciones misionales en Texas.
En 1683 pasaron a manos de los Padres Apostólicos del Colegio de Misioneros de Propaganda FIDE, y de este lugar salieron Fran Antonio Margil de Jesús, Antonio Linaz y Melchor López para evangelizar. El edificio tiene una importancia adicional: Maximiliano de Habsburgo, Emperador de México, antes de ser fusilado en el Cerro de las Campanas, estuvo recluido en una de sus celdas.
El 11 de marzo de 1697 le llegó el nombramiento de rector del Colegio Misionero de la Santa Cruz, en Querétaro, México. La Orden franciscana no había elegido para ese importante cargo a un fraile lleno de diplomas y erudiciones, sino a un misionero que llevaba trece años "gastándose y desgastándose" por los indios.
Todos lloraron en la despedida, Fray Margil, Fray Blas y los indios. En dos semanas, no se sabe cómo, con su paso acelerado, llegó Fray Margil a Santo Domingo de Chiapas, a unos 600 kilómetros. Y en diez días hizo a pie el camino de Oaxaca a Querétaro, que son unos 950 kilómetros...  Por esta razón fue llamado: "el misionero de los pies alados".
Este fraile iba tan rápidamente por los caminos del Evangelio -"la caridad de Cristo nos urge" (2Cor 5,14)-, que con frecuencia llegaba a los lugares antes que sus compañeros de a caballo. Se cuenta que, en una ocasión, estando en Zacatecas, para llegar al canto de la Salve, un día corrió en unos pocos minutos una legua, algo menos de 6 kilómetros. Esa vez llevaba agarrado a su hábito a un compañero fraile, que al llegar estaba tan mareado, que tuvo que ser atendido en la enfermería. Cuando le preguntaban cómo podía volar así por los caminos, él respondía:
"Tengo mis atajos y Dios también me ayuda".
A este paso suyo, el 22 de abril de 1697 llegó a Querétaro. En el camino real le esperaba su comunidad, que había salido a recibir al famoso padre, que había partido a misionar hacía trece años. Los frailes le vieron llegar "tostado de soles, con un hábito muy remendado, el sombrero colgado a la espalda, y en la cuerda, pendiente, una calavera".
El Colegio de la Santa Cruz, durante esos trece años, había crecido mucho, relanzando con fuerza las acciones misioneras. Fray Margil, como Guardián, reinició su vida comunitaria claustral, después de tantos años de vida nómada y azarosa. Con los religiosos era tan solícito como exigente. A un novicio que andaba pensando en dejar los hábitos le dijo:
"Al cielo no se va comiendo buñuelos".
Estando al frente de la comunidad, él daba ejemplo en todo, yendo siempre el primero en la vida santa, orante y penitente. Su celda era muy pobre, y en ella tenía dos argollas en donde, cuando no le veían, se ponía a orar en cruz. Dormía de ocho a once, se levantaba entonces, y con el portero Fray Antonio de los Ángeles leía un capítulo de la Mística Ciudad de Dios, de Sor María de Agreda. Después, escribe Fray Margil:
"Se sentaba él como mi maestro y yo decía mis culpas postrado a sus pies, y en penitencia me tendía yo en el suelo, boca arriba, y me pisaba la boca diciendo tres credos... luego me asentaba yo y él hacía lo mismo".
Seguía en oración toda la noche, y por la mañana, sin desayunar, decía misa y confesaba hasta la hora de comer, en que solamente tomaba un caldo y verduras. Por la tarde asistía a la conferencia moral y visitaba a los enfermos.
Fray Margil unió siempre a la vida conventual otros ministerios externos. Hizo diversas predicaciones en Valladolid, Michoacán y en la Ciudad de México. Y en el mismo Querétaro predicaba los domingos en el mercado. Su encendida palabra -a veces tan dura que fue denunciado al Santo Oficio- logró terminar con las casas de juego y las comedias inmorales.
Un día le llegó noticia de que en octubre de 1698, Fray Melchor había fallecido misionando en Honduras. Las campanas del convento elevaron su voz al cielo, y Fray Margil comentó:
"Si estuviera en mi mano, no mandara doblar [a difuntos], sino soltar un repique muy alegre, porque ya ese ángel está con Dios".
Terminado su trienio de Guardián, Fray Margil fue enviado por el Comisario General de nuevo a Guatemala. Llevaba consigo una cédula que le hacía muy feliz, pues en ella la Propaganda FIDE autorizaba, el 16 de julio de 1700, a fundar  un Colegio de Misiones en Guatemala, el segundo en la Nueva España.
El 8 de mayo de 1701 se echaron los cordeles para iniciar el templo y el convento del Colegio de Cristo Crucificado, en Guatemala. Fue elegido Fray Margil como su primer Guardián, pero una vez ordenadas allí las cosas espirituales y materiales, no tardó mucho en irse a misionar a los indios. Partió, el 16 de febrero de 1703, con Fray Rodrigo de Betancourt hacia Nicaragua, predicando y misionando en León, Granada, Sébaco, y en la Tologalpa nicaragüense, en el país de los brujos.
Fray Margil, que tuvo siempre una profunda devoción a Nuestra Señora de Guadalupe, y que extendió su culto por toda la América Central, tuvo ahora la alegría de poner el Colegio Misionero de Zacatecas bajo el dulce nombre de la Virgen Guadalupana.
Hoy, es uno de los tres museos de arte sacro más importantes de México y su capilla de Nápoles es una joya artística.
Cuando Fray Margil, que salió más tarde, se reunión con ellos en julio de 1716, ya cuatro misiones habían sido fundadas en Texas, más allá del río de la Trinidad: San Francisco de Asís, la Purísima Concepción, Nuestra Señora de Guadalupe y San José, en las tierras de los indios nacoches, asinais, nacogdochis y nazonis.
Fray Margil, con seis religiosos más, quedó todo el año 1716 en Guadalupe de los Nacogdochis. Y en 1717, durante el invierno, muy frío por aquellas zonas, salió Fray Margil con otro religioso y el Capitán Domingo Ramón hacia el fuerte francés de Natchitoches, a orillas del río Rojo, y allí fundaron dos misiones, San Miguel de Linares y Nuestra Señora de los Dolores.
Mientras que Ramón y el antes mencionado Saint Denis hacían negocios de contrabando y comerciaban con caballos texanos, los misioneros quedaron solos y hambrientos. Concretamente Fray Margil, en 1717, cuando murió el hermano lego que le acompañaba, llegó a estar solo con los indios en la misión de Los Dolores, solo y con hambre. Desayunaba, cuenta Espinoza, "un poco de maíz tostado y remolido. Al mediodía y por la noche volvía a comer maíz y tal vez algunos granos de frijol sazonados con saltierra, pues sal limpia pocas veces alcanzaba a las comidas".
Un día llegó en el que faltándole estos groseros alimentos, comió carne de cuervo. Y decía:
"Como el oro en la hornilla prueba Dios a sus siervos. Si está con nosotros en la tribulación, ya no es tribulación, sino gloria".
La verdad es que Fray Margil tenía allí mucho tiempo para orar, y después de tantos años de viajes y trabajos, vivía en la más completa paz, en el silencio de aquellos paisajes grandiosos. Así pasó dos años con ánimo excelente, que le llevaba a escribir:
"Perseveremos hasta dar la vida en esta demanda como los Apóstoles... ¿Hay algo mejor?".
En 1719, las misiones de Zacatecas en Texas -Guadalupe, Los Dolores y San Miguel- y las que dependían de Querétaro -La Purísima, San Francisco y San José-, apenas podían subsistir, pues el Virrey no mandaba españoles que fundaran villas en la región. La guerra entre España y Francia había empeorado la situación, y el comandante francés de Natchitoches, Saint Denis, saqueó la misión de San Miguel.
Tuvieron, pues, que ser abandonadas las misiones, a pesar de que "los indios se ofrecían a poner espías por los caminos y avisar luego que supiesen venían marchando los franceses". Enterraron en el monte las campanas y todo lo más pesado, y se replegaron a la misión de San Antonio, hoy gran ciudad. Allí Fray Margil no se estuvo ocioso, pues en 1720 fundó la misión de San José, junto al río San Antonio, que fue la más prospera de Texas.
Por fin en 1721 llegó una fuerte expedición española enviada por el gobernador de Coahuila y Texas, y los frailes pudieron hacer renacer todas sus misiones, una tras otra. Pero Fray Margil, elegido Guardián del Colegio misional de Zacatecas para el trienio 1722-1725, hubo de abandonar para siempre aquellas tierras lejanas, silenciosas y frías, en las que durante seis años había vivido con el Señor, sirviendo a los indios.
Vuelto Fray Margil a Zacatecas en 1722, hizo con el Padre Espinoza, Guardián de Querétaro, una visita al Virrey de México, para exponerle la situación de Texas y pedir ayudas más estables y consistentes. La ayuda de la Corona española a las misiones no era ya entonces lo que había sido en los siglos XVI y XVII, durante el gobierno de la Casa de Austria.
Ahora, se quejaba Espinoza, diciendo: "como el principal asunto de los gobernadores y capitanes no es tomar con empeño la conversión de los indios, quieren que los padres lo carguen todo y que las misiones vayan en aumento sin que les cueste a ellos el menor trabajo". La visita al Virrey, que les acogió con gran cortesía, apenas valió para nada.
Fray Margil, aprovechando el viaje, predicó en México y en Querétaro. A mediados de 1725, con otro fraile, se retiró unos meses a la hacienda que unos amigos tenían cerca de Zacatecas. A sus sesenta y ocho años, estaba ya muy agotado y consumido, pero de todas partes le llamaban invitándole a predicar. Aún pudo predicar misiones en Guadalajara, en varios pueblos de Michoacán, en Valladolid.
A veces tuvo que viajar de noche y a caballo, pues los indios de día le salían al paso, con flores, música y Cruz alzada, y no le dejaban ir adelante. En Querétaro tuvo un ataque y quedó inconsciente una hora. Cuando volvió en sí, un amigo le preguntó si sentía lástima de dejar la actividad misionera. A lo que Fray Margil contestó:
"Si Dios quiere, sacará un borrico a la plaza y hará de él un predicador que convierta al mundo".
Ya muy enfermo, le llevaron al convento de México, para que allí recibiera mejores cuidados médicos. Fray Manuel de las Heras recibió su última confesión, y él mismo cuenta que, al quedar perplejo, viendo tan tenues faltas en tantos años de vida, Fray Margil le dijo:
"Si Vuestra Reverencia viera en el aire una bola de oro, que es un metal tan pesado, ¿pudiera persuadirse a que por sí sola se mantenía? No, sino que alguna mano invisible la sustentaba. Pues así yo, he sido un bruto, que si Dios no me hubiera tenido de su mano, no sé que hubiera sido de mí".
El Padre de las Heras, impresionado, siguió explorando delicadamente aquella conciencia tan santa, y pudo lograr alguna preciosa confidencia, como aquélla en la que Fray Margil le dijo con toda humildad:
"Acabando de consagrar, parece que el mismo Cristo le respondía desde la Hostia consagrada con las mismas palabras de la consagración, haciendo alusión al cuerpo del Venerable Padre: <Hoc est Corpus Meum>, favor que dicho Padre atribuía a que siempre había estado, o procurado estar, vestido de Jesucristo".
El 3 de agosto decía Fray Margil:
"¡Dispuesto está, Señor, mi corazón, dispuesto está!".
Y el día 6 de agosto de 1726, día de su muerte y de su nacimiento definitivo, dijo:
"Ya es hora de ir a ver a Dios".
Fray Antonio Margil de Jesús falleció en el Convento de San Francisco en la Ciudad de México, a la edad de 69 años.
La asistencia de la gente, que se acercaba a venerar en la sacristía de San Francisco los restos de Fray Margil, fue tan cuantiosa que "hacía olas", y hubo de hacerse presente la guardia del palacio. Todos querían venerar aquellos pies sagrados de Fray Margil, que -como escribió el Arzobispo de Manila, en unas exequias celebradas en México días más tarde- habían quedado "tan dóciles, tan tratables, tan hermosos sin ruga ni nota alguna. Pies que anduvieron tantos millares de leguas tan descalzos y fatigados en los caminos, tan endurecidos en los pedregales, tan quebrantados en las montañas, tan ensangrentados en los espinos... ¡Qué mucho que se conservasen hermosos pies que pisaron cuanto aprecia el mundo!".
La Causa de beatificación de Fray Antonio Margil de Jesús fue promovida por el Procurador en Guatemala y Zacatecas, Buenaventura Antonio Ruiz de Esparza. Sus restos fueron exhumados el 10 de febrero de 1778 y fueron depositados en la capilla de Nuestra Señora de la Macana.
El 31 de julio de 1836, el Papa Gregorio XVI declaró heroicas las virtudes del Venerable Siervo de Dios Fray Antonio Margil de Jesús, cuyos restos reposaron durante algún tiempo en la iglesia de La Purísima, en la Ciudad de México.
El 2 de abril de 1861 sus restos fueron trasladados a la Catedral de México. Entre las reliquias que conservan los franciscanos está un báculo de metal que tiene una Cruz en la parte superior, un par de sandalias, y parte del cordón de sus hábitos con los 3 nudos.
Aquellas palabras de Isaías 52, 7 podrían ser su epitafio:
"¡Qué hermosos son sobre los montes
los pies del heraldo que anuncia la paz,
que trae la Buena Noticia!"