Décimo Quinta Estación: Jesús Resucita
Cuarta Estación: Jesús se encuentra con su madre
Décimo Cuarta Estación: Jesús es llevado al sepulcro
Décimo Tercera Estación: Jesús es bajado de la cruz
Primera Estación: Jesús es condenado a muerte
Segunda Estación: Jesús carga la cruz
Tercera Estación: Jesús cae por primera vez
Quinta Estación: Simón de Cirene ayuda a Jesús
Sexta Estación: Verónica limpia el sudor del rostro de Jesús
Séptima Estación: Jesús cae por segunda vez
Octava Estación: Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén
Novena Estación: Jesús cae por tercera vez
Décima Estación: Jesús es despojado de sus vestiduras
Undécima Estación: Jesús es crucificado
Duodécima Estación: Jesús muere en la cruz
Jesús está en el más humano de los lugares. Ya ha experimentado una profunda solidaridad con tantas personas de este mundo, al ser golpeado y torturado. Ahora es injustamente condenado a la pena de muerte. Su compromiso de entrar completamente en nuestras vidas inicia su etapa final. Ha dicho “sí” a Dios y ha puesto su vida en manos de Dios. Le seguimos durante esta entrega final, y contemplamos reverentes cada lugar del camino, mientras es destrozado y entregado por nosotros.

Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, ya que por tu santa cruz has redimido al mundo.

Mientras observo la escena, me conmuevo de ultraje y gratitud. Veo a Jesús. Su rostro. La corona de espinas. Su ropa está adherida a las llagas de su espalda. Pilatos se lava las manos de todo el asunto. Las manos de Jesús están atadas a su espalda.

Esto es por mí. Para que yo pueda ser libre. Para que yo pueda alcanzar la vida eterna. Al comenzar el recorrido pido estar con Jesús. Seguirle en su camino. Expreso mi amor y mi gratitud.
Jesús es obligado a cargar la cruz en la que va a morir. La cruz representa el peso de todas nuestras cruces. ¡Lo que Jesús debe haber experimentado al sentir ese peso sobre sus hombros! Con cada paso penetra más profundamente en nuestra experiencia humana. Va recorriendo el camino de la miseria y el sufrimiento humanos, agobiado por ese peso tremendo.

Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, ya que por tu santa cruz has redimido al mundo.

Contemplo el madero de la cruz. Me imagino cuán pesado debe ser. Reflexiono sobre lo que significa la carga que lleva Jesús. Veo sus ojos. Lo dicen todo.

Todo esto es por mí. Para que pueda acompañarle en su camino. En su angustia. En su libertad y entrega. En el amor que llena su corazón.

Con dolor y gratitud, prosigo el recorrido. Conmovido por el poder de su amor, me acerco más a él y expreso mi amor con mis propias palabras.
El peso es insoportable. Jesús cae agobiado. ¿Cómo hubiera podido entrar tan completamente en nuestras vidas sin entregarse al opresivo peso de la vida de tantas personas de este mundo? Postrado sobre el camino, conoce la experiencia de la debilidad que se siente bajo el peso de las cargas injustas. Siente la impotencia de preguntarse si podrá continuar. Lo levantan y es obligado a seguir adelante.

Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, ya que por tu santa cruz has redimido al mundo.

Acepto su amor
y expreso mi gratitud

Observo la debilidad que hay en sus ojos. Puedo ver todo su cuerpo y observar el agotamiento. Cuando le observo derribado, rudamente levantado, comprendo de una vez por todas que Jesús conoce mi cansancio y mis derrotas.

Esto es por mí. Con dolor y gratitud quiero dejarle quedarse allí. Cuando le veo levantarse una y otra vez, recuperándose interiormente, acepto su amor y expreso mi gratitud.
El sendero de Jesús le lleva a una poderosa fuente de su propio vigor para continuar. Toda su vida, su madre le había enseñado el significado de las palabras: “Yo soy la servidora del Señor.” Ahora ambos se miran a los ojos. ¡Una espada atraviesa el corazón de la Madre! ¡Cuánto dolor debe ver Jesús en las lágrimas de María! Ahora, su sonrisa llena de gracia bendice la misión del Hijo y conmueve las más profundas fibras de su corazón. Les unen el amor y la confianza en Dios.

Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, ya que por tu santa cruz has redimido al mundo.

Esto es por mí.
Tan increíble libertad.
La disponibilidad de un siervo.
Busco palabras para expresar lo
que hay en mi corazón.
Cuando les observo en este lugar del camino, puedo contemplar el misterio del poder del amor como fuente de fuerza. María conoce las penas que hay en el corazón de toda madre que ha perdido un hijo a la tragedia o la violencia. Les observo muy cuidadosamente, y anhelo ese amor, esa paz.
Esto es por mí. Tan increíble libertad. La disponibilidad de un siervo. Busco palabras para expresar lo que hay en mi corazón.
Jesús llega hasta a experimentar nuestra lucha por recibir ayuda. Tiene que experimentar la pobreza de no poder llevar su carga por sí mismo. Pasa por la experiencia de todos aquellos que deben depender de otros para sobrevivir. Se ve privado de la satisfacción de llevar esta carga por sí solo.

Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, ya que por tu cruz has redimido al mundo.

Observo su rostro y contemplo su lucha interna. Su agotamiento y su fragilidad. Su impotencia. Observo como mira a Simón, con tanta humildad y gratitud.

Digo lo que hay en mi corazón,
Con sentimiento profundo.
Esto es por mí. Por eso siento angustia y gratitud. Expreso mi agradecimiento porque él haya podido continuar su jornada. Porque recibe ayuda. Porque sabe que yo solo no puedo llevar mi carga.
Digo lo que hay en mi corazón, con sentimiento profundo.
La jornada de Jesús es a veces brutal. Está pasando por las terribles experiencias de rechazo e injusticia. Ha sido azotado y golpeado. Su rostro muestra las señales de su solidaridad con todos los que han sufrido injusticia y trato abusivo, vil. Se encuentra con una discípula compasiva y amorosa quien limpia el vulgar escupitajo y la triste sangre de su rostro. En su velo, ella descubre la imagen de su rostro – es su regalo. Para que nosotros lo contemplemos por siempre.

Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, ya que por tu santa cruz has redimido al mundo.

Veo la profundidad
de su sufrimiento
en solidaridad con la carne.

¿Qué me dice el rostro de Jesús? ¿Qué es lo que veo, cuando observo detenidamente su rostro? ¿Acaso puedo tratar de consolar la agonía y el dolor? ¿Acaso puedo abrazarle, con su rostro cubierto por su Pasión?

El velo que contemplo es el verdadero icono del regalo de sí. Esto es para mí. Maravillado y atónito, observo su rostro ahora limpio, y veo la profundidad de su sufrimiento en solidaridad con la carne.
A pesar de la ayuda, Jesús tropieza y cae nuevamente. Con profundo agotamiento observa la tierra en que se apoya. “Recuerda que eres polvo y al polvo retornarás.” Jesús ha visto la muerte anteriormente. Ahora puede sentir la profunda debilidad de la invalidez, la enfermedad y la vejez, allí, de rodillas, bajo el peso de su cruz.

Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, ya que por tu santa cruz has redimido al mundo.

Contemplo a Jesús en medio de su profunda humillación. Le observo tumbado sobre la tierra, con los estragos de la agonía, y mi corazón sale a su encuentro. Guardo su imagen en mi corazón, sabiendo que nunca más me sentiré solo o desamparado en mi sufrimiento y en cualquier humillación, por esta imagen de Jesús postrado sobre la tierra ante mí. Esto es para mí, por eso expreso los sentimientos de mi corazón.
Las mujeres de Jerusalén, y sus niños y niñas, vienen a consolarle y a darle gracias. Han visto su compasión y han aceptado sus palabras de curación y libertad. Jesús había roto los convencionalismos sociales y religiosos para establecer contacto con ellos. Ahora están aquí para apoyarle. Jesús siente la pena de ellos. Sufre, sabiendo que ya no puede ayudarles más en esta vida. Conoce el misterio de enfrentar la separación de la muerte.

Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, ya que por tu santa cruz has redimido al mundo.

Observo sus rostros, tan llenos de amor y gratitud, confusión y temor. Contemplo las palabras que deben haber intercambiado. Recuerdo el amor, la ternura, la compasión y la misericordia de Jesús hacia mí. Me coloco junto a estas mujeres y niños para darle mi apoyo.

Esto es por mí. Por eso dejo que esta escena me conmueva a una profunda gratitud.
Esta última caída es devastadora. Jesús apenas puede seguir hasta el final. Haciendo acopio de las fuerzas que le quedan, apoyado por su confianza en Dios, Jesús se desploma bajo el peso de la cruz. Sus verdugos lo miran como un hombre destrozado, patético, y sin embargo pagando un precio que merece. Le ayudan a levantarse para que pueda llegar a la colina de la crucifixión.

Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, ya que por tu santa cruz has redimido al mundo.

Hago una pausa para contemplarle postrado sobre la tierra. Su destrucción me sana. Su entrega me da vida. Hago una pausa para sentir y recibir cuán completamente me ama. Verdaderamente se ha vaciado por mí.

Mientras atesoro esta experiencia gratuita, expreso lo que siente mi corazón.
Parte de toda esta indignidad es ser crucificado desnudo. Jesús es despojado completamente de cualquier tipo de orgullo. Las heridas de su espalda se abren de nuevo. Experimenta la última vulnerabilidad de los indefensos. Ningún escudo le protege. Bajo las miradas que le escrutan, sus ojos se vuelven al cielo.

Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, ya que por tu santa cruz has redimido al mundo.

Hago una pausa para ver como le despojan de sus vestiduras. Contemplo todo lo que le quitan. Y cómo enfrenta la muerte en su desnudez. Reflexiono sobre todo lo que me ha revelado sobre sí. Sin reservas.

Cuando le observo en su humildad, sé que esto es por mí, y comparto mis sentimientos de gratitud.
Enormes clavos perforan sus pies y manos para fijarle a la cruz. Está sangrando mucho más. Cuando levantan la cruz, el peso de su vida cuelga de esos clavos. Cada vez que trata de erguirse para respirar, se le escapa un poco más de vida.

Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, ya que por tu santa cruz has redimido al mundo.

Me obligo a observar cómo los clavos perforan su carne. Y observo su rostro. Contemplo la totalidad de su entrada en nuestras vidas. ¿Acaso habrá algún dolor o agonía que él no pueda entender?

Esto es por mí. Jesús clavado en la cruz proclamando eternamente la libertad a los cautivos. ¡Cuánto dolor y gratitud llenan mi corazón!
Entre dos criminales, con un título burlón sobre su cabeza, con solamente María, Juan y María Magdalena para apoyarle, Jesús exhala su último suspiro: “En tus manos encomiendo mi espíritu.”

Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, ya que por tu santa cruz has redimido al mundo.

Aquí estoy, al pie de la cruz, junto a toda la humanidad, contemplando nuestra salvación. Observo y escucho cuidadosamente todo lo que se dice.

Esto es por mí.

Clavado en la cruz para proclamar
eternamente la libertad a los cautivos.

¡Cuánto dolor y gratitud llenan mi corazón!

Y luego, veo pasar de la vida a la muerte a aquél que me da vida. Trato de consolar a María, Juan y María Magdalena. Y dejo que me consuelen.
Ha llegado la hora de expresar mis sentimientos más profundos.
¡Qué ternura en el dolor! El cuerpo exánime de Jesús yace en brazos de su madre. Verdaderamente ha muerto. Un sacrificio profundo, completo.

Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, ya que por tu santa cruz has redimido al mundo.

Observo esta escena al pie de la cruz. Contemplo como María toca su cuerpo, acariciándolo. Recuerdo a todos los que Jesús tocó con sus manos, a todos los que bendijo con su cálido abrazo. Hago una pausa para asimilar todo esto. Jesús conoce el misterio de la muerte. Ha caído en las manos de Dios.

Por mí. Para que yo pueda amar como he sido amado. Entrego mi corazón al Dios de toda misericordia.
Llevan el cuerpo de Jesús al lugar de su descanso. La enorme piedra que sella la tumba es el signo final de la permanencia de la muerte. En este acto final de entrega, ¿quién se hubiera imaginado que esta tumba pronto estaría vacía o que Jesús se mostraría vivo a sus discípulos, o que le reconocerían al partir el pan? Oh, que nuestros corazones ardan dentro de nosotros, al comprender que tenía que sufrir y morir para entrar en su gloria, por nosotros.

Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, ya que por tu santa cruz has redimido al mundo.

Me detengo un instante a la entrada de la tumba. Este viaje final de su vida me ha enseñado el significado de este regalo suyo para mí. Esta tumba representa todas las tumbas que veo con temor, derrotado, luchando por creer que llegue a estar vacía.

En la plenitud de la fe en el Resucitado, concedida por su propio Espíritu Santo, expreso mi gratitud por este vía crucis. Le pido a Jesús, cuyas manos, pies y costado todavía llevan las señales de su viaje, que me conceda las gracias que necesito para tomar mi cruz y ser un sirviente de su misión.
"Vía Crucis" latín de "Camino de la Cruz".
También conocido como
"Estaciones de la Cruz" y "Vía Dolorosa".
Se trata de un camino de oración que busca adentrarnos en la meditación de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo en su camino al Calvario. El camino se representa con una serie de imágenes de la Pasión o "Estaciones" correspondientes a incidentes particulares que Jesús sufrió por nuestra salvación.
A las etapas del viacrucis se le denominan estaciones y tradicionalmente se cuentan 14, aunque algunos añaden la Resurrección en último lugar.
Oraciones del Via Crucis
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